Una respuesta anticaspa

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Una respuesta anticaspa

Comentario al artículo: Ugidos, Gonzalo: “Alma Schindler, la mujer que cautivó a Gustav Mahler, Walter Gropius y Oskar Kokoschka”. El Mundo, Yo donna, 13 de julio de 2019

A veces me pregunto si hemos perdido el norte o si, simplemente, estamos un poco despistados. Antes, prefería pensar que era lo segundo ‒quizá con el ánimo de encontrar cierto consuelo‒ pero ahora, cada día más, me inclino por creer que, muy probablemente, haya quien nunca llegue siquiera a atisbar dónde está. Estoy casi segura de que muchos no saben ni lo que son los puntos cardinales.

Ayer leí el artículo publicado en el El Mundo respecto a Alma Schindler y tuve la necesidad imperiosa de levantarme e ir a buscar una brújula: ¿era posible estar leyendo aquello en pleno siglo XXI? O, mejor dicho, ¿era aquello una muestra de lo que algunos humanos somos en el siglo XXI?

Para aquellos que no lo hayan leído aún, el artículo relata básicamente los affaires amorosos de Alma Schindler. Esa es la sinopsis del artículo: un inventario de amantes. Me pregunto qué finalidad tiene el texto, qué objetivo persigue, qué quiere provocar en el lector, qué reflexiones suscita, qué mente crítica estimula…Efectivamente: no aporta nada; nada más allá de una perspectiva morbosa e infantiloide de la vida sexual de una persona que, por cierto, era libre de hacer lo que quisiera cuando y como le viniera en gana.

Me cuestiono seriamente qué tipo de escritura perseguimos si, tras las grafías, el contenido se reduce a una perspectiva misógina y retrógrada. Es decir, dónde vamos a parar si no se activa nada en la mente de los lectores; si simplemente se levanta el resorte de lo vacuo, del pan y circo. En caso de que la intención fuera llamar la atención y crear revuelo, entonces, peor aún: se ha tocado fondo.

Son palabras muy crudas, lo sé, pero más crudas son las que se usan en este texto para referirse a Alma Schindler. Para muestra, un botón ‒o varios‒:

  1. “Me cuesta creer que le bastara con su carrocería para convertirse en devoragenios”. Ahora resulta que una mujer es un coche, es decir, un mero objeto y que, encima, devora a los genios del heteropatriarcado: esas grandes figuras masculinas que han salvado la historia ‒nótese la ironía‒.
  2. “Alma, de 17 años, empezó a mirar al pintor [Gustav Klimt], que le doblaba la edad, como si fuera el plato siguiente. Se lo acabó masticando”. Alma es la nueva Jezabel bíblica, culpable de haber seducido a Klimt que seguro que no pudo hacer nada por resistirse, pobre angelito. Algo me dice que allí masticaron en plural, no en singular…
  3. “[Gustav Mahler] Enfermo del corazón, aquella terrible experiencia [descubrió que W. Gropious y Alma Schindler tenían una relación a sus espaldas] mermó su voluntad de vivir y murió 10 meses más tarde”. Estupendo, esto va a mejor: también era una asesina. No es que Mahler fuera un histérico (esa palabra cuya raíz y uso está tan asociado a la mujer) con problemas cardíacos, sino que ella tuvo la culpa por tener una aventura. Por favor, ¿hay algún médico en la sala?
  4. “Lo curioso es cómo una mujer no tan macizorra pudo acopiar ese palmarés y poner el coco del revés a tantos hombres inteligentes”. Estas líneas hablan por sí solas, no necesitan muchos comentarios adicionales. No obstante, recurro a Berto Romero y a aquella brillante contestación [minuto 2:04] que dio a unos cenutrios que llamaron hablando de un jueguecito denigrante: el «Megratroll». Bien podría haber llamado Gonzalo Ugidos a Berto Romero hablándole de mujeres, a su juicio, “no tan macizorras” como Alma Schindler. Otro gallo hubiera cantado.

Podría seguir citando ejemplos del artículo, pero sinceramente, no merece la pena promocionar unas líneas tan bochornosas. Sin embargo, ruego me permitan responder a todos estos improperios y barbaridades que no solo atañen al colectivo femenino, sino que nos afectan a todos como humanos.

En primer lugar, me pregunto qué es más vergonzoso, si haber disfrutado de una vida sexual activa y libre o haber sometido a orquestas enteras a tu despótica, megalómana y detestable conducta tiránica como hizo Mahler (les remito al libro de Constantin Floros Gustav Mahler. Visionary and Despot, 2012), algo de lo que no se habla demasiado. Creo que la respuesta está clara.

Por más que lo intento, no veo qué hay de malo en que una persona haga lo que desee hacer y tenga en su dormitorio a quien quiera tener. No creo que por ello nadie sea menos religioso o menos bueno, o se convierta en un devorador. Esto último presupone que una de las dos personas que yacen en el lecho lo hace bajo sometimiento. En este caso, Ugidos señala a la mujer como culpable de conducir al hombre a esa terrible situación… ¡Oh! ¡Pobre hombre, conducido al deseo y al disfrute por la seducción femenina! ¡Compadezcámonos de él!

Además, si así fuera, ¿qué hay de malo en que Alma Schindler llevara las riendas? ¿Es que no las llevaban los hombres en prácticamente todos los ámbitos en aquella época? Y segundo: ¿es que los hombres con los que estuvo eran marionetas? O, en otras palabras, ¿no es el sexo cosa de dos personas? ¿No es la seducción cosa de dos? ¡Venga ya! No hemos nacido ayer.

Si se observa de modo opuesto, se podría decir que los hombres que pasaron por la vida de Alma Schindler demostraron ser posesivos, maniacos, obsesivos, egocéntricos y depresivos[1]. Sin embargo, ¿para qué reparar en sus venenosas taras ‒mucho más tóxicas que disfrutar de noches de sexo extraconyugal‒ si podemos retozarnos en lo morboso del relato de las intimidades de una mujer? Sirva este párrafo como un breve paréntesis que damos por concluido: no incurriremos en el modus operandi del que pretendemos huir…

Ugidos se ha equivocado rotundamente con su carcunda perspectiva. El relato de Alma Schindler no nos resulta moralizante sino emancipador y revelador. Nos habla de una mujer moderna y libre que, si bien tenía sus luces y sus sombras ‒como cualquier humano‒, no merece ser estigmatizada y tratada de modo tan irrespetuoso, insensible y sobre todo, retrógrado, por haber gozado de su vida sexual en plenitud; por haber ejercido su libertad en uno de los pocos espacios en que podía hacerlo.

Alma Schindler nos recuerda a Madame Bovary, otra cara de Emma que nos demuestra, en palabras de Vargas Llosa que:

Las ambiciones por las que Emma peca y muere son aquellas que la religión y la moral occidentales han combatido más bárbaramente a lo largo de la historia. Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir en sí esa profunda exigencia sensual que Charles no puede satisfacer porque ni sabe que existe […] Emma quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la aventura y el riesgo, los gestos teatrales y magníficos de la generosidad y el sacrificio. La rebeldía de Emma nace de esta convicción, raíz de todos sus actos: no me resigno a mi suerte, la dudosa compensación del más allá no me importa, quiero que mi vida se realice plena y total aquí y ahora. […] Pero Emma representa y defiende de modo ejemplar un lado de lo humano brutalmente negado por casi todas las religiones, filosofías e ideologías, y presentado por ellas como motivo de vergüenza para la especie. Su represión ha sido una causa de infelicidad tan extendida como la explotación económica, el sectarismo religioso o la sed de conquista entre los hombres. Al cabo del tiempo, sectores cada vez más amplios —ahora hasta la Iglesia— han llegado a admitir que el hombre tenía derecho a comer, a pensar y expresar sus ideas libremente, a la salud, a una vejez segura. Pero todavía, como en los tiempos de Emma Bovary, se mantienen los mismos tabúes —y en esto la derecha y la izquierda se dan la mano— que universalmente niegan a los hombres el derecho al placer, a la realización de sus deseos. La historia de Emma es una ciega, tenaz, desesperada rebelión contra la violencia social que sofoca ese derecho[2].

Emma y Alma todavía hoy nos hablan de rebelión; de ansias de aventura y libertad, y de su derecho a gozar de ellas. Por desgracia, aún hoy tenemos que sentarnos a escribir para contener los sibilinos relatos de las mantis religiosas reales, las que de verdad hacen tanto o más daño que las cucarachas. En otras palabras, sacamos la pluma para responder y frenar a los chupópteros de la libertad individual de la mujer y de las personas en su amplio espectro que, aunque van siendo minoría, todavía hacen demasiado ruido…

Zoila Martínez Beltrán

 

BIBLIOGRAFÍA

Floros, Constantin. Gustav Mahler. Visionary and Despot. Peter Lang Internationaler Verlag der Wissenschaften, 2012.

Vargas Llosa, Mario. La orgía perpetua. Madrid: Debolsillo, 2015.

MacCarthy, Fiona. Gropius. The Man Who Built the Bauhaus. Belknap University Press y Harvard University Press, Massachusetts, 2019.

Martínez-Herrera, Manuel. «La construcción de la feminidad: la mujer como sujeto de la historia y como sujeto de deseo». Actualidades en Psicología, 21(2007), pp. 79-95.

Aresti Esteban, Nuria. «La mujer moderna, el tercer sexo y la Bohemia en los años veinte», Dossiers Ferninistes 10, 2007, pp. 173-185.

Cruz-Cámara, Nuria. «Matando al «ángel del hogar» a principios del siglo XX: Las mujeres revolucionarias de Margarita Nelken y Federica Montseny». Letras Femeninas, 30, 2 (2004), pp. 7-28.

 

[1] Sirva como breve ejemplo el caso de Walter Gropius. MacCarthy se refiere al comportamiento obsesivo de Gropius que estuvo varios días alrededor de casa de los Mahler para instar a Alma a dejar a Gustav. Alma relata cómo vio a Gropius mientras ella iba conduciendo. Al parecer, este llevaba días en el barrio, al acecho, y la observó pasar desde debajo de un puente. MacCarthy, Fiona. Gropius. The Man Who Built the Bauhaus. Belknap University Press y Harvard University Press, Massachusetts, 2019, p. 56.

[2] Vargas Llosa, Mario. La orgía perpetua. Madrid: Debolsillo, 2015, p. 7.

Zoila Martínez Beltrán

Fotografía tomada de Kaos en la red.

Publicado en julio 2019

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