Una sonrisa exterminadora

De la ira

ENTRE EL PIANISSIMO Y EL FORTISSIMO
Reapariciones y evocaciones de...

Héctor Quintela

APERTURA A LO ABSOLUTO
El oído, inductor o no de felicidad

Nuria Ruiz de Viñaspre

LA FORMA DE LA BOCA
Perder canciones

Hugo Milhanas Machado

Séneca es mediador de épocas. Y perpetuamente nos atrae. La pensadora María Zambrano así lo asiente en El pensamiento vivo de Séneca. Si Séneca nos atrae es porque pertenece a una rara especie de hombres, a esos que no han sido enteramente una cosa sino para ser otra, a esos de naturaleza mediadora que a manera de puente se tienden entre nuestra debilidad y algo lejano a ella, algo invulnerable de lo que se sienta necesitada. Séneca continúa Zambrano no es pensador, es mediador entre vida y pensamiento. Y siempre estamos viviendo en una hora semejante, sin duda.

Séneca sentencia mientras Cioran se confiesa.

La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte. (Séneca)

La música remueve todo lo que de impuro hay en mí, y cuanto más noble, más aviva mis rencores dormidos y esos odios que habitualmente me avergüenza confesarme incluso a mí mismo. Gracias especialmente a Bach puedo conocer el alcance y la profundidad de mis pestilencias. (E. M. Cioran)

El término médico ATM significa Alteración Temporomandibular, aunque yo desarrollaría ese periplo de acrónima ira como A toda música.

La ira, dicen, es una locura de corta duración. Y hoy más que nunca vivimos en un mundo en el que, junto a esa otra locura bien conocida que se estira y se estira en pasillos de psiquiátricos, las alteraciones mandibulares por masticar esas dos lobas de ciudad, la rabia y la ira, se han convertido en uno de los trastornos del mundo nuevo –si fuera nuevo algo en este ya envejecido planeta–. La sonrisa es exterminadora, tal y como vaticinó el filósofo. Muerden cuantas injusticias entran en sus bocas y la bisagra que fija el hueso temporal del cráneo con la mandíbula inferior sencillamente no encaja bien las injusticias. Todo es temporomandibular. Toda iniquidad que queda dentro es temporomandibular. Es mordaza. Caminamos por la vida a regaña-dientes. Nos relacionamos a regaña-dientes. Dientes superiores regañando a dientes inferiores. Como el general regaña a sus soldados subordinados. De arriba abajo. Ese es el orden caótico, pirámide del mundo. A partir de ahí, de ese desnortado norte, el dolor. El daño. El ácido, tal y como lo concibe Séneca. Todo revierte en todo. Y es un todo disfuncional. Articulada articulación sin artículos. ¿Cuándo decidiste no abrirte ni moverte con la función exacta con la que fuiste creada?

Músculos, mordeduras, verticales cervicales, ligamentos que desligan venas, huesos desencajonados, dolor de oídos, sobre todo dolor de oídos, en ese punto exacto en el que desemboca la estéril bisagra que no permite que la música entre. El egoísmo del viento entrando en la boca. Todo el contaminado viento sobre la tierra. La ira de todo esto. Donde esto es un todo detonado originado por una ínfima “alteración” temporomandibular.

Pero existe además otra ira y otra y otra ira y otra más allá de esta ira que siempre será penúltima. Es la ira concebida como deseo y la furia de devolver un daño. Semilla aristotélica, es cierto, pero bien trasladable a este siglo. El que la hace la paga.

Presión en la boca de riesgo

Cuando la cólera y su plaga se acumula en el interior del inferior, se forma una costra que acaba montando espesos aires dentro de otro aire. Aire en una olla a presión. Depresión que explotaría si no abriéramos la boca para que escampe el vapor depresivo. Y si la temperatura de esa boca fuera demasiado alta, necesitaríamos una válvula para liberar los tensionados aires. Quizá por ello dicen de la ira que es el sentimiento más nefasto que existe, porque cuando se escapa se manifiesta agresiva e irracionalmente.

Séneca erradica mientras Aristóteles perpetúa.

Actuar según la razón, no la ira. La ira es fugaz, la razón perdura. (Séneca)

Parece que oye en parte a la razón, aunque la escucha mal. Debido al acaloramiento y la precipitación, oye, sí, a la razón, pero no se entera de lo que ésta le ordena y se lanza a la venganza. (Aristóteles)

A pesar de ese axioma, la razón perdura, según Zambrano Séneca jamás pretendió el poder para la razón, sino el poco de razón necesaria para que la vida pudiera sostenerse. Para Zambrano Séneca no era creyente, ni en la razón. La razón en él tenía, mejor, tiene, un aire como de viuda que pide lo justo para no morirse de hambre.

Y ahora, preguntemos a los racionales que creen en la no-razón de los animales, si hay ira en ellos. Quizá la tensión que concentran nuestras mandíbulas, ese muro de contención que son las bocas de ciudad, ellos la descargan mordiendo a su presa.

Entonces llega el hierro. El frío. El hierro forjado. Nos diseñan civilizaciones de férulas de descarga para contener palabras más que para descargarlas. Para sujetarlas más que para defenderlas. Para contenerlas más que para expandirlas. Para atar bisagras. Para ensamblarlas y no dejar que entre la música con el único fin de destilar costillas en partículas de emoción. Pero no, de emoción, no. La emoción no tiene interés porque no cotiza en bolsa. Hierro, metal, plancha, latón y clavo, son menú diario para la boca de la boca y la boca de su estómago. Férula es sujeción. Contención ensimismada. El dictador dentro de la boca. Implantar es infinito infinitivo. Implantan eternos regímenes, políticas extremas del sacrificio, forjarlo todo y todo dentro de la boca. Y pesar de todo esto, salvavidas.

Mi animal regurgitado

El oído humano es preterrestre y preatmosférico. Antes del aliento mismo y antes del grito que lo desencadena. (Pascal Quignard)

Ejercicio temporobachiano contra la ira. Apretar los dientes para que no se nos escape el grito.

Tras hacer continuos juegos de mandíbula a solas, me dice el terapeuta que tengo la mandíbula tensa. Para entablillar. Que ha visto dos lobas sujetando el norte de mi cabeza. A la derecha de la quijada –sigue diciendo–, está la rabia y a la izquierda, la ira. Y al sur, soportando sobrepesos, desgastes de mandíbula envejecida. Me miro hacia dentro e imagino mi rostro como un triángulo isósceles. Dos lobas de idéntica fuerza apoyadas sobre una llanura de encías. Esa es la brújula. Corrijo: –No son lobas, doctor, son teclas. Usted no debería extrañarse, siempre está escuchando música –prosigo–. Cuando en el bosque escucho las Variaciones Goldberg de J. S. Bach pierdo un rastro de lobas y su chillido de dientes. Son mis dientes los que ahora se convierten en caninas teclas de un piano. Y todo lo canino es deseo de posesión, no de devolver daños. Mapa mío, bitácora de mi oído donde los dientes superiores son mis lobas negras y mis inferiores mis lobas blancas. Partida de ajedrez donde nadie gana a nadie. Si acaso suenan entre ellas. Caballos negros lanzándose desde las blancas torres. Blanco sobre negro. Negro sobre blanco. Tecla blanca tecla negra. Roer la música. Rechinarla. Desgastarla. Repetirla. Regurgitarla. Hacer un salteado con los dientes. Tensar el metal exterior. La música es un meteoro en mi boca. Y la boca, campo de batalla. Las variaciones son 30 más una uvas para calmar la ira. Son las uvas de la ira. Y son temporomandibulares porque se fijan al hueso desobediente. Quizá por eso Glenn Gould, que tanto obedecía a Bach, canturreaba una y otra vez dejando así escampar el grito. Soltar al caballo malhablado que llevaba dentro. Desbocado aullido el de Gould que ejercitaba la mandíbula de su piano. Y en esos canturreos engrasaba la bisagra de su boca y de esta descendiendo nota a nota, la fijación al hueso de una silla.

El temporoterapeuta me confirma:–¿Sabe usted que existe el diente en tecla de piano? En él las anchuras mesiodistales a nivel cervical e incisal son similares, dando lugar a un diente con forma cuadrangular. Todo lo cual me lleva a pensar que por eso se limpiaban con un cepillo de teclas, quise decir, de dientes, las amarillentas piezas de un piano. Pasta de dientes. Pasta de teclas. Le contesto: –Lo desconocía por completo, pero lo que sí sé es que Los dientes eran del piano y además fueron título de un libro de Hugo Hiriart. Sonreímos. Sonreímos esquizofrénicamente bajo una música reconocible. Des-tensionando mandíbulas.

Aquí queda demostrado cómo lo uno lleva a otro y ese otro devuelve al uno su origen. Y el origen es la música. La música es la controladora de la ira. La ira desde dentro. Es mi presa y de ella estoy presa. Tengo la boca llena de música. De su olor esquizofrénico. Mastico uvas velada o desvelada. Las mastica mi derecha y las mastica mi izquierda. Muerdoigo. Muerdeuvas. Soy un globo lleno de música y uva a punto de explotar. Pero si lo piensan, sería hermoso explotar así y fertilizar los estériles campos de uvas musicales. Como dijo Cioran, a veces soy presa de una pasión repentina y mórbida por la música.

Cioran apresado mientras Séneca perpetúa lo que Aristóteles erradicó en el pasado.

Séneca mantenía:

Para que sepas cómo nacen las pasiones, crecen y se desarrollan, te diré que el primer impulso es involuntario, siendo como preparación de la pasión y a manera de empuje: el segundo se realiza con voluntad fácil de corregir, como cuando pienso que necesito vengarme porque he sido ofendido, o que debe castigarse a alguno porque ha cometido un crimen: el tercero es tiránico ya; quiere vengarse, no porque sea necesario, sino aunque no lo sea, y éste vence a la razón. No podemos evitar por medio de la razón la primera impresión del ánimo, ni más ni menos que esas impresiones del cuerpo de que ya hemos hablado, como bostezar cuando se ve bostezar a los demás, y cerrar los ojos cuando bruscamente nos acercan a ellos la mano. Estos movimientos no puede impedirlos la razón; tal vez el hábito y constante vigilancia atenuarán los efectos. El segundo movimiento, que nace de la reflexión, por la reflexión se domina... (Séneca, De la Ira)

Cioran mantenía:

Nada como la música para crear una complicidad indestructible entre dos seres. Una pasión es perecedera, se degrada como todo lo que participa de la vida, mientras que la música es de una esencia superior a la vida y, por supuesto, a la muerte. (E. M. Cioran, 1982)

Aludiendo a la razón, aquella razón que según Zambrano, Séneca jamás pretendió poseer, si acaso el poco de razón necesaria para que la vida pudiera sostenerse, este nos explica cómo nacen las pasiones. Las alarga en el tiempo, las da vida y movimiento, pero Cioran piensa en su pronta mortalidad, para él, toda pasión más allá de la música es perecedera, quizá con ella haríamos desaparecer la ira.

Hoy sé que moriría en un campo de batalla. Y las ciudades son modernos campos de batalla. Mañana fue la guerra y mi cuerpo yacerá en alguna pradera menospreciada. Esa es la ira del sur de mi cabeza. La ira de la no-música. Porque sin música seríamos terribles seres llenos de esa otra ira que gana batallas sin más música que un ruido de metales.

Mientras, la otra música. La otra ira. La heroica mano del hoy. El hoy Tomas Tranströmer.

Annie dijo:

“Esta música es tan heroica” y es verdad.
Pero los que miran de reojo y con envidia a los hombres de acción,
  los que se desprecian en lo más íntimo porque no son asesinos
no se reconocen aquí.
Y los muchos que compran y venden seres humanos y creen que
  se puede comprar a todo el mundo, no se reconocen aquí.
No su música. La larga melodía que sigue siendo ella misma
   a través de todas las transformaciones, a veces brillante y débil,
   a veces áspera y fuerte, rastro de caracol y alambre de acero.
El tozudo canturreo que nos sigue justo ahora hacia arriba
las profundidades.

Nuria Ruiz de Viñaspre

http://www.nruizvinaspre.com/

Ilustración: Héctor Quintela

     
     
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