Una tarde única con Andrew Bird

o de cómo reinventarse entre luces moradas en un edificio histórico

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Are You Serious?. Andrew Bird. Teatro Nuevo Apolo, 1 de noviembre de 2016.

El 1 de abril los fans del prolífico Andrew Bird, que desde que comenzó en 1996 su carrera como solista no ha estado más de dos años inactivo, nos deleitamos con su último lanzamiento, Are You Serious?. Con él volvía a desprenderse de cualquier género musical al que le hayamos previamente relacionado, si bien siempre osciló entre el folk, el indie y el rock. Se trata de un álbum marcado por los últimos acontecimientos de su vida: el nacimiento de su hijo, su boda y el mazazo del diagnóstico de cáncer a su mujer. Las letras, cargadas de simbolismo, rozan lo críptico, acompañadas de una instrumentación mucho más dulce que en sus trabajos anteriores pero igual de elaborada.

A priori la elección del Teatro Nuevo Apolo para la presentación de Are You Serious? el 1 de noviembre en Madrid sorprendería a cualquiera que conozca su trayectoria. ¿Un teatro con aforo reducido, con el público sentado y un escenario donde difícilmente cabrían todos los instrumentos que ha empleado para grabar sus canciones? Pero sí, él siempre va en serio. No en vano bautizó al formato de esta gira “An Evening with Andrew Bird” que, con el pretexto de ser una “velada personal”, fascinó a todo seguidor.

Basta con entrar al teatro, con más de 80 años de historia, para entender el propósito del artista: paredes doradas, casi barrocas; asientos forrados en terciopelo rojo y un austero escenario con apenas tres amplificadores, un violín, una guitarra y un metalófono. A sus 43 años comienza una etapa más madura a la que da el pistoletazo de salida con este álbum que quiere compartir con un público atento, íntimo, que saboree y aprecie cada nota; un público que sabe a quién va a escuchar, pues como de costumbre el marketing de su función ha sido casi nulo porque no lo necesita: sus fans lo conocen, lo siguen y saben detectar la mínima oportunidad para presenciar su arte.

Es imposible no sentirse desconcertado al tomar asiento y esperar la salida del músico con algunos acompañantes que le ayuden a tocar el resto de instrumentos a un escenario tan reducido. Una tímida luz violeta ilumina el teatro completamente lleno hasta que aparece el artista y… Y nadie más. Esa es la primera sorpresa de su show: es él y su público, su público y su música, su música y él. ¿Cómo va a ser capaz de recrear el sonido de su disco con tan pocos recursos? No necesita recrear nada. Lo construye de nuevo, le da una vuelta de tuerca, y vaya vuelta de tuerca. No se ha limitado a memorizar su repertorio y vomitarlo al público para que conozcan el trabajo que ha realizado, no. Para eso tienen el LP esperándolos a la salida. Nuestro hombre ha reinterpretado sus canciones en un alarde de virtuosismo y dominio de todos los aspectos musicales e incluso extramusicales, empleando esa intimista iluminación en fríos tonos púrpuras y un espacio diáfano que centra la atención del espectador en su música y en cada uno de sus gestos.

Comienza el concierto arrancándole las primeras notas a su siempre fiel violín. Marca un ritmo irreconocible, crea un patrón melódico que despierta la ilusión de su público y, de pronto, pisa un pedal y crea otra melodía completamente distinta. Ese es uno de los secretos de “An Evening with Andrew Bird”, el uso de numerosos pedales para crear loops de manera hipnótica, creando capas de sonido que encajan a la perfección con los que puede hacer versiones de sus temas de cero, como un arquitecto musical. Los construye como la mejor catedral gótica, pieza a pieza, riff por riff, melodía por melodía. Y nosotros, su público, asistimos a un segundo nacimiento de sus canciones.

El empleo de pedales no es nuevo en su trayectoria musical, pero sí que sorprende verlo al desnudo con ellos. Comenzó a visibilizar su uso con la serie de vídeos que bautizó en su canal de YouTube como “Live from the Great Room”, donde en cada uno colabora con otro artista y ambos, de una manera muy natural y directa, interpretan canciones de Are You Serious? y del invitado. En ellos la pedalera de Bird ocupa el primer plano y lo vemos manipularla con su pie descalzo creando los sucesivos loops que conforman la performance. Y esto lo ha transportado al escenario con un resultado más que satisfactorio.

Al cabo de unos minutos la primera canción empieza a tomar forma y surge “Capsized”, el single que precedió la salida del LP, quizás su tema más vigorizante, con el que levantó a toda la sala rodeado de aplausos. Pero si algo es Andrew Bird es un artista cercano, humano y humilde, y se presenta educadamente deseando una agradable velada. Viste un sobrio traje negro siguiendo la estética de su actuación. Las luces continúan siendo tenues y moradas, y cabe destacar la disposición de los instrumentos y los amplificadores: justo en el medio del escenario. Se limita a usar el tercio central del mismo: no necesita más, no necesita crear una imagen rimbombante que ya modela con su voz y su arte.

Su figura delgada va dando paso a las siguientes canciones, en las que alterna el pizzicato con el uso del arco, incluso llega a rasgar el violín como lo hace en ocasiones su guitarra, y en otras introduce el metalófono que se encuentra en la esquina del cuadrilátero imaginario. Canta, silba, susurra; hace lo que desea y lo mejor es que nosotros, sus seguidores, no imaginamos qué viene a continuación, pues inventa nuevos solos, nuevos pasajes, nuevas introducciones. Nadie mantiene su espalda pegada al respaldo, estamos inclinados con los brazos llevados hacia adelante, los ojos a punto de desprenderse de nuestras órbitas porque no damos crédito a cómo alterna los instrumentos y cómo nos descubre nuevas sonoridades. Incluso se atreve a realizar un cover de “Oh, Sister” del recientemente galardonado Dylan.

Frecuentemente entre pieza y pieza nos cuenta alguna pequeña historia que arranca la sonrisa del público, como el anuncio de que iba a “interpretar una canción concebida como una conversación a dúo con el artista invitado: yo mismo” antes de comenzar su “Left Handed Kisses”, canción compuesta e interpretada con Fiona Apple, una de sus colaboradoras favoritas, de la que dice estar especialmente orgulloso. Y con evidente cariño nos la tocó representando los dos papeles, prescindiendo en esta ocasión de cualquier artefacto, y es que su actuación no se limitó al uso de loops. A mitad del espectáculo se desplazó hacia uno de los laterales del escenario donde aguardaba un aislado micrófono, y con tan solo su violín nos deleitó con versiones acústicas y desnudas, puras, de algunas de sus canciones como “Sick of Elephants”, sin más efectos que el que su característica voz produce sobre el oyente encandilado.

No faltó “Pulaski at Night”, uno de los temas que más fama le granjearon en 2013. Puso fin a la velada con un desgarrador “Weathing Systems”, regalándonos un larguísimo solo de violín rodeado de la onírica aura morada que caracterizó las casi dos horas que duró su actuación en el Nuevo Apolo. Y acabó como empezó, con todo el público aplaudiendo fervientemente, con pasión, con asombro, con una sonrisa en sus caras que no iba a desaparecer con rapidez. No hizo ningún alarde, no se paseó con orgullo por el escenario, no reclamó los gritos del público. Una reverencia, una reverencia fue todo lo que hizo para marcar el final de su impecable concierto, y no pudo ser una elección mejor. Fue como el sobrio punto y final de la mejor novela de tu autor favorito, directo y seco, no necesitas más, has tenido todo lo que podías desear antes de acabar.

Una vez más Andrew Bird se ha reinventado con un disco que ha recibido el aplauso de la crítica internacional en un show en el que su música y su público son los protagonistas; una actuación sin rodeos, personal e impecable. La muestra de ello es la masa de fans que a la salida se amontonaba en torno a la pequeña mesa de merchandising para reclamar (y agotar) su álbum. Era lógico, nadie podría volver a casa y no reproducir en bucle sus canciones para rememorar la tarde que habíamos disfrutado con él. Y al salir a la calle, la plaza de Tirso de Molina se llenaba de personas extáticas a las que podías escuchar comentar y llenar de alabanzas al artista de Chicago que ha superado con creces las expectativas de su público madrileño.

Gonzalo Hormigo Fraire

Fotografía: Gonzalo Hormigo Fraire.

     
     
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