Una tonadilla de antología

(crítica en forma de memoria)

FONDO DE ARMARIO
Los diamantes de la corona en la Zarzuela

Javier Suárez Pajares

LUCES, Y LUCES
El trust de los tenorios y El puñao...

Cristina Aguilar

NOCHE CON RITMO Y SIN LUNA
Lady Be Good y Luna de miel...

Javier Suárez Pajares

La cantada vida y muerte del general Malbrú, Jacinto Valledor. Auditorio de la Universidad Carlos III de Madrid. Miguel Borrallo, Manuel Rodríguez, Irene Palazón, Cristina Segura, […]. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Carlos Garcés, dir. Musical; César Diéguez, dir. Escena. Programa pedagógico: ópera y zarzuela para niños. Programación Educación Primaria. 22-24 y 25 (abierto al público) de abril de 2015.

Se lo han perdido. Dentro del proyecto pedagógico del Teatro de La Zarzuela, del 22 al 24 de abril (en funciones para escolares) y el 25 abierto al público “para familias”, se puso en escena la tonadilla compuesta en 1785 por Jacinto Valledor La cantada vida y muerte del general Malbrú. Así que si no están en la franja de edad de los 6 a los 11 años o son unos abnegados progenitores con suficientes arrestos para meter la tarde de un sábado a su prole en el Auditorio de la Universidad Carlos III (campus de Leganés) para ver una cosa rara, es casi seguro que se lo perdieron. Yo les entiendo y les disculpo porque casi me lo pierdo también. En mi caso, por pereza, desconfianza y una especie radical de rechazo al riesgo de ver otra vez tripas fuera algo en lo que su día puse mucha ilusión. Les cuento, porque no quiero que se me olvide:

En 1996, dentro de los fastos del 250 aniversario del nacimiento de Francisco de Goya coordinados por la Sociedad Estatal-Goya 96, el Centro de Documentación Musical del Ministerio de Cultura me encargó la selección de un conjunto de tonadillas del siglo XVIII con el fin de proponer su producción en la temporada siguiente del Teatro de La Zarzuela e iniciar una serie de publicaciones de este género en las ediciones del Instituto Complutense de Ciencias Musicales. El trabajo, que en principio parecía fácil, se complicó ante el desconcierto que produce al investigador un acervo tan grande y, en principio, tan homogéneo en el que resulta difícil encontrar algo verdaderamente especial. Con más de mil dudas –una por tonadilla vista– y pocas razones, seleccioné cuatro piezas que me parecieron interesantes o representativas de distintos momentos y formatos del género: Los zagales (1761) de Pablo Esteve, obra temprana y maestra de un compositor que para mí es un genio por la frescura y espontaneidad de su música; La cantada vida y muerte del general Malbrú (1785) de Jacinto Valledor, como pieza poco común, de un violinista de orquesta más que de un compositor profesional; El presidiario (1791) de Pablo del Moral, que fue una de las tonadillas que se mantuvieron más en la cartelera teatral de principios del XIX, y la casi operística Lección de música y bolero (1803) de Blas de Laserna. Emilio Sagi, que dirigía entonces el Teatro de La Zarzuela, eligió para su puesta en escena las obras de Valledor y Laserna, él mismo se ocupó de la dirección escénica y encargó a Pedro Halffter la dirección musical. Estas obras se representaron una docena de veces entre febrero y junio de 1998. Si se perdieron aquellas representaciones, no se preocupen porque yo no he visto nunca nada más desangelado que el Teatro de La Zarzuela semivacío con aquellas pobres piezas del teatro popular dieciochesco crudamente interpretadas como teatro infantil. ¡Qué disparate! Brillaron el día del estreno a pleno aforo y con unas expectativas bien subidas, pero ese mismo día murieron y murió también la serie tonadillesca del ICCMU con su primer y único número.

El tiempo trajo el olvido del desastre y en 2007 Pilar Tomás quiso incluir en su XIII Ciclo “Los Siglos de Oro” un par de tonadillas bajo la dirección musical del clavecinista Kenneth Weiss y escénica de Vincent Boussard. Buscaron entre cientos de tonadillas y al final decidieron elegir dos de mi edición: Los zagales de Esteve, gran elección, y la Lección de música y bolero de Laserna que se vieron con éxito y con una producción cuidadosa, seria y limpísima –opuesta en todo a la de Sagi-Halffter– en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro de 2008. Un año después, Emilio Moreno grabó su propia versión de La cantada vida y muerte del general Malbrú y, con El Concierto Español bajo su dirección y un elenco extraordinario (Raquel Andueza, Marta Infante, Juan Sancho y Jordi Ricart), se pudo ver que la música –que era lo que a mí siempre me pareció más flojo de esta obra con argumento tan llamativo– podía funcionar; sin embargo, ponerla en pie otra vez más sobre las tablas, después del descalabro inicial, a mí me parecía imposible. Pero lo cierto es que la obra de Valledor, con su producción en el Teatro de La Zarzuela, su edición en el ICCMU y su grabación en el sello Glossa, se había aupado al flaco repertorio tonadillesco. Y ya se sabe que, en esto de los repertorios, es tan difícil desalojar obras como introducir otras nuevas. Así que, prendida en el repertorio y borrada casi toda memoria de su primera producción moderna, el Teatro de La Zarzuela eligió la que podríamos denominar célebre tonadilla de Valledor para revivirla dentro de su proyecto pedagógico de esta temporada.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando allá por el mes de noviembre de 2014, contactó conmigo Carlos Garcés, el director musical del proyecto, para consultar distintas cuestiones sobre la edición de La cantada vida y muerte del general Malbrú. Su trabajo con la partitura fue concienzudo: detectó erratas con las que se había tocado en 1998; tomó decisiones importantes y meditadas con respecto a la instrumentación, con una interesante mezcla de pragmatismo y autoridad, y preparó con buen criterio los materiales orquestales, sacados inicialmente de una edición tipo Urtext, como fue la que yo preparé para el ICCMU, para que fuesen materiales prácticos con los que agilizar los escasos ensayos de los que iba a disponer en Madrid, unificando sobre todo las articulaciones y las dinámicas. Pese a la labor esmerada por parte del Carlos Garcés de la que me hizo partícipe, mi ilusión por volver a ver una tonadilla del siglo XVIII montada como teatro infantil seguía bajo mínimos. Tanto es así que llegaron los días de los ensayos y no hice caso, llegó el estreno y no fui, y solo cuando llegó la última mañana de las representaciones infantiles se me ocurrió mirar la página web de La Zarzuela para ver qué estaba pasando con la tonadilla. Puse el vídeo y me quedé atónito: ¡qué buena pinta el montaje y qué bien sonaba la música!

Serían las diez, la representación empezaba a las once y no sabía ni a quién pedir entradas, así que llamé a Garcés que me dijo que había una fila reservada para el equipo de producción y que podía acercarme si es que llegaba a tiempo, cosa prácticamente imposible con el tráfico de Madrid a esas horas. Rió la fortuna y poco pasadas las once estaba aparcando en la puerta de la Carlos III: no había apenas movimiento en el campus y en el teatro parecía que no había nadie… pero era allí. Me dieron el programa en la puerta, subí las escaleras sin prisa –nadie por ninguna parte–, me abrieron entonces la puerta de la sala y aquello fue la imagen más cierta y más positiva que he tenido jamás de lo que sería el Paraíso: una algarabía fenomenal de ángeles traviesos que eran pura vida, pura humanidad, puro entusiasmo, llenaba el teatro de una estruendosa expectación. En realidad, expectación todavía no, sólo el alboroto sólido y compacto de un público divertido consigo mismo más que pendiente de lo que podía pasar en un escenario vacío y muy oscurecido. La fila 11 era la única reserva de la gente de mi especie entre aquella turbamulta que hacía que ese espacio sonará más a estadio de la NBA que a auditorio. Yo no daba crédito, mudo y con una sensación de ser precisamente la mona del garaje, miraba todo aquello con incredulidad o con ganas de tirarme al foso y esconderme detrás del contrabajo. A los tres minutos de estar allí, las criaturas ya sabían desmontar los respaldos de las butacas…y solo su piedad dejaba las cosas más o menos en su sitio. Ocurrió entonces algo que siempre pasa desapercibido en el viejo y noble teatro de la calle Jovellanos: se encendió la pantalla de sobretítulos para proyectar los créditos de la representación y aquello fue como si en el Bernabéu hubiera entrado, en una cuadriga tirada por ocho pegasos blancos, Di Stéfano redivivo de la mano de Cristiano Ronaldo porque, entonces sí, el alboroto cambió su registro caótico por el de una concentrada y animadísima expectación. Si las butacas aguantaban, allí iba a ocurrir algo memorable.

Ante la inminencia del inicio de la función, los profesores –uno por cada millar aparente de infantes– tomaron cartas en el asunto y consiguieron sin esfuerzo alguno el escaso minuto de silencio necesario para comenzar la representación. Pero no hubiera hecho ni falta porque ahí comenzaba el trabajo del director de escena, César Diéguez, que subía y bajaba escaleras nervioso para controlar todos los detalles de su representación sabiendo lo que venía: el bosque gris, indiferente, que dormía en el escenario a telón abierto desde el principio y que apenas había conseguido llamar la atención de la concurrencia, se iluminó con una batería de truenos y centellas que se prolongaron minutos sin compasión dejando las indomables y numerosísimas bocas tan abiertas como calladas. La tormenta condujo la atención a un escenario que, con sus árboles negros y pelados, hacía clara referencia al universo mágico y sombrío de Tim Burton, y empastó el bullicio del público con lo que iba a pasar en las tablas donde, con el desmayo de los truenos, apareció un personaje con un vestidito rojo, de una especie intermedia entre lo que predominaba en el auditorio y la reserva de la fila 11 –eso que llaman técnicamente adolescente para referir una persona en la que los humores predominan sobre cualquier capacidad o voluntad de raciocinio–, armado con una espada de madera y fantaseando con una batalla contra un invisible ejército de cobardes bravucones. Una voltereta lateral –que convirtió en niña de verdad lo que en las tablas bien podría haber sido cualquier impostura– bastó para que el público entrara todo en el bolsillo de este personaje, “La Niña”, interpretado fenomenalmente por Carla Fernández una cantatriz curtida ya en musicales infantiles y nacida con ese magnetismo de gran actriz y técnica para tener relieve en todo momento. A medio camino entre una caperucita y una caprichosa, pero simpática, Chilindrina con dejes del Kiko del Chavo del 8, la Niña estaba abandonada ante el abismo del aburrimiento. Para salvarla aparece en escena La Imaginación, un auténtico, inquietante, divertido y tierno personaje absolutamente burtoniano encarnado con maestría por Jacobo Muñoz. La Imaginación está harta de que se repita una y otra vez el mismo juego y, para combatir el fantasma innombrable del aburrimiento, descubre a la Niña su mundo de fantasía y su principal fuente de alimentación: los libros, que la Imaginación defiende con una efectiva y sensible evocación sinestésica de su peso sobre la mano y el olor de sus páginas…

Con este prólogo, la Niña va a imaginar una nueva historia: la tonadilla de Valledor con la que se sale del bosque del aburrimiento y entra en escena un teatrillo, dorado y barroco, de cartón piedra en el que la Imaginación, ante su niña –o la Niña ante su imaginación– conducen el escasísimo desarrollo dramático de la tonadilla de Valledor, que no es más que una escenificación de la canción popular de “Mambrú se fue a la guerra / qué dolor, qué dolor, qué pena”, y una vuelta más a la tuerca de la mofa que los borbónicos franceses y españoles hicieron del militar inglés John Churchill, primer duque de Marlborough. Con estas mimbres, el libreto original, cuyas parolas son la mínima expresión de lo posible, se reconduce por una vereda teatral clara, actual y brillante en sus planteamientos, y al mismo tiempo respetuosa con el original porque, salvo una escena hablada de juego de cartas, se respeta todo. Así, los personajes de la tonadilla entran y salen del teatrillo, rompiendo esa ficticia cuarta pared sin tener conciencia de la Niña ni de la Imaginación que interaccionan con ellos como fantasmas, pero también rompen la verdadera cuarta pared, implicando en un momento dado al director y a los músicos de la orquesta. Como vemos, todo son puentes y gestos directos y altamente efectivos en una ejecución teatral tan imaginativa como potente y tan válida para niños como para adultos. Y tanto la resolución de la parte teatral como la dirección de los personajes sobre la escena –la/s muerte/s de Malbrú son desternillantes por su imaginación, en especial la del balazo/balonazo– son haberes de un espectáculo bien hecho en el que se percibía la sintonía total entre director e intérpretes. Además, los diseños de Pepe Corzo para la escenografía y sus preciosos figurines, con los que se ilustra el excelente programa de esta representación –herramienta estupenda para sacar partido pedagógico a esta iniciativa del Teatro de La Zarzuela–, así como su realización final, dan a la pieza una dimensión estética elegante y coherente.

Si a todo esto se suma un grupo de voces bien escogido, sin la fatal idea de que por ser una tonadilla y un espectáculo didáctico lo pueda cantar cualquier buen corista, es inevitable que el resultado alcanzara un nivel alto de excelencia. Irene Palazón dio a su personaje de Madama unas fuertes dosis de afectación con sentido y voz grande y ágil, Miguel Borrallo interpretó un Malbrú grotesco en su justa medida con una dicción particularmente cuidada, y estuvieron también muy por encima de la altura de sus papeles Cristina Segura como Paje, con intervenciones abundantes y comprometidas en su concertación con los violines, y Manuel Rodríguez como Sargento. Porque no es nada fácil lucirse en unos registros tan centrales como los empleados por Valledor y aun así los cantantes lo consiguieron, y los seis soldados coristas también estuvieron acertados y divertidos. Toda esta parte, con una orquesta reducida a su mínima expresión, fue el dominio de un Carlos Garcés implicado en su dirección como si su carrera dependiera ello. Eso se notó, había sintonía y complicidad en todos los niveles y la orquesta sonó bien, no tuvo problemas de dinámica ni de balance con las voces, en el fraseo se notó el cuidadoso trabajo de preparación de la partitura y los ensayos, y los tempi fueron elegidos con gracia y tomados con la ductilidad necesaria, de manera que el nivel musical realzó el altísimo nivel del teatral en lo que para mí fue una experiencia absolutamente inesperada y conmovedora. Y, por si fuera poco, el último día de las representaciones para colegios era el cumpleaños de Garcés y orquesta y cantantes le felicitaron con un Cumpleaños feliz al que se unieron espontáneamente todos los churumbeles del público como si fuera cosa suya. Ahí se me acabaron de escapar un puñado de lágrimas de emoción que se me habían apostado en los ojos desde que llegué al teatro.

Volví al día siguiente a la función vespertina familiar y la magia no fue la misma, porque no hubo sorpresa, ni tantos niños y niñas, ni se portaban tan bien con los padres como con sus heroicos profesores –nunca suficientemente reconocidos en su labor–, porque había algún nervio más en la escena y porque seguramente uno no tuviera el cuerpo tan sensible como la mañana anterior, pero aun así, revalidé la opinión de que se trataba de una representación absolutamente sobresaliente, y sentí que se la perdiera el público habitual del Teatro de La Zarzuela. Pero si son asiduos al Festival Internacional de Teatro de Almagro estuvieron de suerte, porque los días 10 y 11 de julio formó parte de su programación. Y es que, cuando las cosas se hacen bien…

Javier Suárez Pajares

     
     
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