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Johannes Brahms: Sinfonía nº 3 en Fa Mayor Op. 90., Sinfonía nº 1 en Do menor Op. 68. Wiener Philharmoniker, dir.: Daniele Gatti. Ibermúsica. Ciclo Barbieri.

No hace demasiado, el compositor Tomás Marco declaraba sin empacho que “todas las orquestas son iguales”, asumiendo como lugar común que con la llegada de los años cincuenta del pasado siglo las agrupaciones habían dejado de tener un estilo y un sonido propios. Esto era así, y así lo ha proclamado Marco, que, además de la progresiva formación internacional de los músicos, lo achaca a la desaparición de los “viejos titulares de labor continuada” en el podio. Y es cierto que no le falta un difuso punto de razón en su aseveración, pero a la salida del concierto del pasado día 27 las cosas parecían muy diferentes.

En un año lamentable en todos los sentidos para la cultura en España, casi hay que restregarse los ojos para creer la temporada que Ibermúsica ha montado: la orquesta del Concertgebouw, las Filarmónicas de Berlín, Viena, y Múnich, la orquesta de la Radio de Baviera, la London Philarmonic, Pittbsburgh y muchas otras están presentes. El tosiente respetable (que nunca lo fue tan poco como en el concierto del jueves) parece que va a responder en taquilla, o eso parece indicar el lleno absoluto que se percibió en las butacas; tras los sucesos del 98, y tras varias visitas posteriores, parece ya claro que la Filarmónica se ha reconciliado con Madrid, y viceversa.

Comenzó la tercera sinfonía. A los plumillas se les caía el bolígrafo, se acallaban las cremalleras y conversaciones, porque esto era algo poco acostumbrado: era una ola que arrastraba irremisiblemente. Era la robustez permanente, la seguridad, el despliegue técnico. Barrieron con los límites. Gatti, contagiado de la flexibilidad en la articulación de la obra, estuvo muy alejado de la fría perfección en una versión rebosante de fortes. Señaló cada detalle, (algo subrayón en los momentos de mayor sensualidad). Siempre sonriente con las cuerdas, que son un cuerpo que respira al unísono, no quiso, pese a esa perdonabilísima tendencia al drama y al calor, ni una sola extravagancia, ni una nota de más. Su peculiaridad gestual, y su carnal profundidad evoca, se quiera o no, el acto de comer o cocinar. Se embadurna el delantal, se lleva la música a la boca, la paladea, corta pedazos para los demás. Y pese a toda esa meridionalidad el binomio Viena-Brahms no se resintió en ningún momento. Para el recuerdo en Madrid queda el clarinete del segundo movimiento, que se asoma con su frase desde la maleza orquestal con suavidad y picardía de fauno.

Y qué forma de tan incisiva de delinear en la primera sinfonía, de separar materiales temáticos desde el inicio en pizzicato. Qué sutileza de porcelana la del primer violín liberando de las tremendas tensiones del primer movimiento. Qué heroicidad tan noble la de los vientos en el tercero. Con qué feroz e implacable decisión se fue montando el cuarto, bajo un palio de resonante metal, hasta lograr una total unidad de concepto. Así las cosas, las desarmantes intervenciones solistas fueron como arrojar una tea en una Troya ardiente.

Unos dijeron que la tercera. Otros, que la primera había sido más vibrante. Y no hubo más donde escoger; no hubo propina, aunque la apropiada hubieran sido la segunda, la cuarta sinfonía, la obertura festiva. Lo que fuese, pero que no acabase nunca. No era justo que se acabase.

Daniel Muñoz de Julián

Fotografía procedente de Silvia Lelli

     
     
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