Brahms y el resto es maleza

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Y punto

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Mario Muñoz Carrasco

Brahms: Sinfonías nº 2 y nº 4. Wiener Philharmoniker. Director: Daniele Gatti. Madrid, Auditorio Nacional. 28-10-2012. Ibermúsica, Ciclo Barbieri.

Recuerdo una noche, apenas cumplidos los veinte años, en la que me embarqué con un amigo en una de esas discusiones estériles pero divertidas y algo pedantes sobre los inventos más importantes de la humanidad. Yo, en una meditadísima y pretenciosa respuesta, defendí que la fecha reseñable era el 4 de junio de 1783, día en el que los hermanos Montgolfier realizaron su famosa demostración de un ascenso en globo aerostático. Envalentonado por aquella sangría dulce que servían en las Cuevas del Sésamo argumenté que el primer vuelo tripulado, realizado pocos meses después de la demostración, había de ser considerado como un momento trascendente donde el ser humano pudo observar el mundo desde otro punto de vista, cambiar su horizonte de eventos, revisar su capacidad de empatía para ponerse las gafas de ver de otro. Era el equivalenteilustrado al descubrimiento de la perspectiva en el Renacimiento. Continuaba mi discurso con alusiones a la imposibilidad de la revolución francesa sin el globito de marras o, en general, de cualquier tipo de movimiento social que dependiera de un cambio de perspectiva, de un ponerse en el lugar del “contrario de uno”, que decía Erri de Luca. Algo así argüí.

Mi amigo caviló un tiempo su respuesta y dijo: “Creo que el invento más importante de la humanidad es la orquesta sinfónica”. La verdad es que me amargó la noche. Primero, porque su respuesta era mucho mejor que la mía y uno tenía por aquella época que pedir una silla de más en los restaurantes para sentar a su ego en alguna parte, que ya estaba bastante crecidito. Pero lo segundo y más importante es que me encantó la idea. Ya sé que la orquesta fue una evolución y no un invento en sí mismo, pero la idea de trascender lo estético, de que (con todos los matices que ustedes quieran) un grupo de personas pretenda mediante la música conmover a otro grupo de personas me parece un principio que, por infantil que resulte, se debería pregonar como síntoma de civilización. Algo así como aquel disco con música de Bach que enviaron a las estrellas con la sonda Voyager I para que tuvieran buen concepto de nosotros los hombrecitos verdes si lo encontraban.

De todo esto, que ya tenía completamente olvidado, me acordé durante la pausa del concierto de la Filarmónica de Viena. Porque la verdad es que tras tantos conciertos a veces la emoción se desaliña yse queda descansando en los alrededores, es algo inevitable. Y cuando se va a ver una orquesta de este calibre setiene siempre el miedo de caer en una cierta abulia o el extremo contrario, la más absoluta de las mitomanías. Pueden creerme si les digo que no hubo nada de lo primero ni de lo segundo. Sencillamente, comenzó a sonar Brahms y el resto fue maleza.

La primera parte de esta segunda sesión vienesa estuvo ocupada por la Sinfonía nº2 en re mayor, op. 73, esa sobre la que el propio Brahms ironizaba diciendo que los músicos la interpretaban con un crespón negro alrededor del brazo por lo melancólico de su sonido.La angustia que confesara el compositor a Hermann Levi por sentir los pasos del gigante beethoveniano tras de sí ya se había diluido,y la atmósfera que se respira esmás amable, casi con un sentido pastoral y espartano de la ternura. Daniele Gatti fue, por encima de cualquier otra cosa, un director inteligente. Jugó sin prisas al juego de homenajes que plantea Brahms en el Allegro non troppo que da inicio a la sinfonía (al Beethoven de la Sexta, al Haydn de las Londres o al Mendelssohn de Las Hébridas), con sutileza en los paseos entre las secciones del tema principal y largos crescendi marca de la casa. Usó las trompas sin estridencias, buscando controlar el volumen del metal para no restar equilibrios y se aprovechó de unas cuerdas de empaste inverosímil para construir toda la lírica de la pieza. El precioso Adagio non troppo consiguió desvanecerse, con Gatti aplicando una perfecta planificación de las dinámicas que hizo de la siciliana sincopada una especie de camino perdido del que costaba apartarse. Pero nunca hay Brahms sin brindis a la negrura, y la Filarmónica supocolorear y acompañar la sombría evocación al Réquiem alemán de los timbales sin patetismo alguno. Con continuas llamadas a una mayor intensidad por parte del director, el tutti en fortissimo del último movimiento fue espectacular, evitando caer en desvaríos decibélicos huecos tan comunes a este finale.

A pesar de todo lo escuchado hasta entonces lo cierto es que la expectación se guardaba para la segunda parte, con la sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98, monumento polisémico, misterioso, que celebra lo bello y lo triste y se desmarca de sus predecesoras con un desarrollo estructural extraordinario. En ella se mezclan las alusiones a la muerte con las variaciones en desarrollo perpetuo, la carga elegíaca de las tragedias de Sófocles (que tanto obsesionaron a Brahms durante su vida) con el “potencial épico y fúnebre” de sus frases motívicas, usando palabras de Trías. El primer movimiento comienza con una serie de notas que han despertado la imaginación de un buen número de musicólogos y biógrafos. Esa sucesión de terceras descendentes, denominada con cierto espíritu siniestro como “la cadena de la muerte”, es una de las constantes retóricas de Brahms más utilizadas en su madurez creativa. Repite ese dibujo melódico en la mayor parte de las ocasiones en las que utiliza la palabra “muerte”, como puede verse de forma clara en el lied O Tod, wiebitter bist du, op. 121, donde no sólo repite las notas sino hasta la tonalidad. Media docena más de casos pueden rastrearse, y no parece descabellado, dada la compleja personalidad del compositor bohemio, pensar que su utilización sea buscada tanto en fondo como en forma. La interpretación de la Wiener Philharmoniker abundaba en esta idea, privando de cualquier tipo de sentido evocador a las cuerdas. Una sobresaliente sección de viento-madera acentuó la sucesión de terceras y su reelaboración con una mezcla de pulcritud técnica y rabia contenida.

Hay una especie de tradición interpretativa en lo referente al segundo y tercer movimientos, considerados casi como un intermezzo, leve y humorístico a su manera. Esta tradición viene animada por alguno de los biógrafos más notables de Brahms, como es el caso de Karl Geiringer, que sostiene la influencia de los cuadros bucólicos y campestres de Pieter Brueghel “el joven” en el desarrollo del paisaje melódico de la sección central de la sinfonía. La Filarmónica de Viena, en un gran acierto, dejó el sentido del humor y desterró la levedad, con unos contrabajos de sonido agreste en el centro del Allegro giocoso. Pero lo cierto es que pasaron un poco de puntillas sobre estos previos al increíble último movimiento. El Allegro energico e passionato está basado en el coral final de la cantata BWV150 de J. S. Bach, prácticamente irreconocible y sobre el que Brahms aplica una variación progresiva (que Schönberg dio en llamar apropiadamente entwickelnde Variation) para completar una serie de 30 variaciones más la coda final. Caracterizar cada una de estas variaciones es una tarea ímproba para cualquier director. Gatti lo pasó con nota. El más denso lenguaje brahmsiano fue desmadejado con naturalidad en poco más de diez minutos, con su dolce, su desesperación volcada en los metales, su enigma en la flauta. Una coda llameante puso fin a la versión de la cuarta más redonda y feroz que ha presenciado quien esto suscribe.

Se aplaudió mucho, como no podía ser de otra forma, y se jaleó moderadamente, pero es que todos estábamos cansados entre tantas intensidades. Bueno, en realidad casi todos. Supongo que el espectador que estaba jugando a la PSPen mitad del patio de butacas pocos segundos antes de comenzar la representación y que hizo retrasarse el inicio del concierto hasta que desconectó la musiquita salió en mejor forma. Y algo parecido ocurrió con las personalidades invitadas, cuya ausencia masiva (ya se sabe, en tiempos de crisis la cultura no es más que entretenimiento y no estamos ahora para distraernos) dejó tres docenas de butacas libres en plena fila cinco y seis del patio de butacas. Una pena, no tanto por ellos, que no dudo que tuvieran razones muy legítimas para ausentarse, sino por el inolvidable concierto que se perdieron el medio centenar de personas que deambulaba a las puertas del Auditorio preguntando a todo el que se dejaba si, por lo más sagrado, les sobraba alguna entrada. En fin, detalles.

Mario Muñoz Carrasco

Imagen: Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez, de Antonio Carnicero, en el Museo del Prado.

     
     
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