Vitalidad y veteranía

Bernard Haitkin dirige a la London Symphony Orchestra y al pianista Emanuel Ax

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Ciclo Ibermúsica. Sinfonía nº 3 op. 90, Johannes Brahms; Concierto para piano y orquesta nº 5 op. 73, Ludwig van Beethoven. Emanuel Ax, piano. London Symphony Orchestra. Bernard Haitkin, (dir.). Auditorio Nacional de Música 23 de octubre de 2017

Si se analiza, resulta sorprendente la manera en que el paso del tiempo afecta a la experiencia artística. Tanto intérprete como oyente maduran, cambia su forma de entender la música y lo que ayer era incomprensible, hoy comienza a adquirir una nueva dimensión estética. Ibermúsica decidió inaugurar su temporada 2017-2018 con la presencia del veterano director de orquesta Bernard Haitkin y, por si no fuera suficiente, añadió al cartel otro gran nombre de la música, el del pianista polaco-estadounidense Emanuel Ax. Ambos maestros se encuentran en un momento de su vida en la que el camino recorrido es, tristemente, mucho más largo que aquel que queda por recorrer, y es razonable sospechar que, en este equilibrio vital, llega un momento en que la maleta de la experiencia es cada vez más pesada y que, a pesar de su incalculablemente valioso contenido, el cuerpo ya no puede hacerse cargo de la responsabilidad de cargar con ella. Me vienen a la mente un par de críticas –nacidas de distinto autor y publicadas en medios diferentes– en las que se recomendaba a dos artistas de la talla de Lupu y Pollini que pensaran seriamente en su jubilación. No es mi intención sugerirles a Haitkin y Ax nada semejante pero no puedo negar que acudí a la sala de concierto con el temor de que ambos estuvieran sobre el escenario más por quienes fueron que por quienes son. Sin embargo, los acontecimientos se sucedieron de forma bien distinta.

Con paso lento y apariencia frágil, Haitkin hizo su entrada en el escenario de un Auditorio Nacional prácticamente lleno. El público acogió con un cálido aplauso de bienvenida al octogenario director que, en esta ocasión y después de tantos conciertos memorables, ofreció una visión contenida –excesivamente para mi gusto– de la Tercera brahmsiana. Primer y segundo movimientos resultaron algo planos y llamativamente poco enérgicos. Faltó pasión en una música cuya escritura deja un amplio margen para la vehemencia y el arrebato romántico. Tampoco debe creerse que defiendo el exceso, pero creo que Haitkin interpretó estos dos movimientos volando muy por debajo de las cotas a las que su trayectoria nos tiene habituados. Fraseo, articulación y claridad sobresalientes; expresividad limitada. Tercer y cuarto movimientos, sin embargo, cambiaron radicalmente el conjunto de la sinfonía. Los chelistas de la LSO hicieron un excelente trabajo con el tercero –una de las páginas más célebres del sinfonismo de Brahms–, desgranando la expresiva melodía con emoción y claridad. El cuarto, por su parte, fue todo lo que los dos primeros no alcanzaron a ser: se diría que director y orquesta guardaron sus fuerzas para el movimiento final, demostrando a lo largo de su sinuoso recorrido que había mucho más empuje del que se pudo apreciar en un principio. Así supo verlo el público, que recompensó por ello a Haitkin y al conjunto británico con una calurosa ovación.

Con paso igual de lento y frágil que Haitkin salió al escenario Emanuel Ax después del intermedio. Pero esa fragilidad quedó rápidamente a un lado cuando, tras el acorde inicial de la orquesta, el pianista recorrió con brío los arpegios iniciales del Emperador. Esta introducción, que más bien es una cadenza aparecida antes de tiempo, dejó claro para todos que Ax sigue siendo un pianista con recursos y que mantiene merecidamente su puesto entre los mejores intérpretes activos del momento. En su quinto y último concierto para piano y orquesta Beethoven pone a prueba los medios técnicos, la expresividad y la resistencia del solista, y en todos estos aspectos la participación de Ax fue impecable. Desde nuestra posición en el patio de butacas fue posible observar su gesto en todo momento y podemos decir que, al menos en apariencia, no hubo un compás en el que el pianista no exhibiera sin reparo su disfrute. Se permitió compartir algún gesto amistoso con los miembros de la orquesta e incluso en los más complejos pasajes del tercer movimiento, donde de verdad el solista debe superar las pruebas más duras, su rostro estuvo siempre distendido y su actitud fue amable con la música. Para quien firma estas líneas poca cosa hay más satisfactoria que ver a un gran intérprete en tales circunstancias. En esta ocasión la orquesta, que ni por asomo se limita a ser un mero acompañante, estuvo a la altura y supo corresponder con igual energía y vitalismo al tirón de Emanuel Ax en una suerte de sinergia musical. Los contrastes dinámicos y el empaste entre solista y masa instrumental estuvieron perfectamente controlados, de forma que la orquesta nunca impidió que el piano se escuchara de forma nítida y clara. Debo agradecer a la organización que tuviese el buen criterio de reservar el concierto con solista para la segunda parte. Se trata de una práctica poco frecuente, pero cuando se tiene a dos artistas del nivel de Haitkin y Ax lo lógico era terminar con ambos sobre el escenario.

En definitiva, un concierto que empezó algo frío pero que fue poco a poco ganando calidez y calidad, gracias a la participación intachable del pianista y una London Symphony en plena forma que, pese a la lectura distante y aséptica que Haitkin hizo de Brahms, supo transmitir al público toda la fuerza y el heroísmo del arquitecto de Bonn. Los casi noventa años de Haitkin hacen que, razonablemente, no se encuentre en su mejor momento. En cambio, la edad no parece –al menos en lo musical– causar estragos en Emanuel Ax. Un encuentro del que podemos extraer, a modo de moraleja, la enseñanza de que la veteranía y la vitalidad no son excluyentes, y que el paso del tiempo no tiene por qué debilitar la fuerza con la que un intérprete se enfrenta a una obra, aunque ésta sea una de las grandes cumbres de su género.

Álvaro Menéndez Granda

Fotografía: London Symphony Orchestra.

     
     
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