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Y el premio NO es para… Escúchalo en Spotify

Los grandes olvidados en las entregas de premios

“Ludovic
Bource. The Artist”.
Estas han sido las cuatro palabras más repetidas en los
apartados musicales de la recientemente terminada temporada de
premios. El Oscar, el Bafta, el Globo de Oro, el premio de la
Academia de Cine Europeo… uno tras otro han ido cayendo en las
redes de este compositor francés. No vamos a descubrir aquí
los criterios de los premios cinematográficos (al final todo
se reduce a tendencias, modas, y mucho, mucho dinero para la
distribución de copias y regalos entre los académicos
con derecho a voto). Es justo señalar los méritos de
una cinta valiente, que apuesta por recuperar técnicas
pasadas, devolviéndonos al cine silente (que no mudo) con sus
pequeñas trampas: todo aquel que haya visto la película
sabrá que no carece de sonido directo al 100%, y, de hecho,
una de las escenas más interesantes de la película es
en la que el protagonista se introduce en un mundo de ruidos
ambientales.

El
mérito de Bource al componer la gran cantidad de música
original necesaria para una película de cien minutos
–con momentos de una calidad e inspiración muy notables–
se ve empañado por la introducción del tema de amor de
Psicosis
(Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), compuesto por
Bernard Herrmann. Además de ser utilizado en el clímax
de la cinta –restando importancia a la labor de Bource–
saca por completo de la película al cinéfilo, que se
encuentra con un bofetón musical que, o bien le remite
directamente a la película original, o peor, le hace pensar
“¿dónde he escuchado yo esto antes?” y
comenzar una interminable búsqueda entre recuerdos musicales,
descuidando su atención.

Pero
aquí nos hemos propuesto reivindicar
a los olvidados, a aquellos que injustamente no han tenido el
reconocimiento merecido. En cuanto a calidad musical, está
claro que es justo hablar de la escritura melódica y amplia de
dos maestros expertos en estas lides como Howard Shore con su música
para La invención de Hugo
(Hugo,
Martin Scorsese, 2011) y John Williams con su Caballo
de batalla
(War
Horse
,Steven Spielberg, 2011) o Tintin
(The adventures of Tintin,
Steven Spielberg, 2011). Ambos autores, aunque siempre han aparecido
entre la lista de nominados, no han sido galardonados.

Pero,
en el apartado internacional, si existe un título olvidado,
ese es Los hombres que no amaban a las
mujeres
(The
girl with the dragon tatoo
, David
Fincher, 2011), una película para la que el director vuelve a
contar con la pareja de compositores formada por Trent Reznor y
Atticus Ross. Todo en esta producción es atípico y
arriesgado, y el diseño de sonido no es una excepción.
La conjunción de sonidos ambientales, ruidos artificiales,
diálogos y música alcanza unos niveles de virtuosismo
ya vislumbrados en la anterior colaboración entre realizador y
músicos para La red social
(The social network,
David Fincher, 2010). Sin embargo, aquí se da un paso más:
si entendemos la banda sonora musical como un elemento más que
convive con una gran cantidad de sonidos externos con la intención
de crear el marco necesario para el desarrollo de una historia, la
sinergia de elementos sonoros presentada en esta película es
de admirar. Todo da la sensación de estar pensado
milimétricamente, ningún ruido o nota musical es
accesorio, y el sentido dramático con el que se ha
realizado el montaje de sonido –obra de Ren Klyce, Michael
Semanick David Parker y Bo Persson– sí le valió,
al menos, una nominación en los Oscars dentro de la categoría
‘Mezcla de sonido’.

Ciñéndonos
únicamente a territorio patrio está claro que un nombre
ha destacado por encima de los demás: Alberto Iglesias,
nominado por tercera vez a los Oscars por su partitura para El
topo
(Tinker, Taylor, Soldier, Spy, Tomas Alfredson, 2011)
y ganador de su décimo premio Goya por una nueva colaboración
con Almodóvar en La piel que habito (Pedro Almodóvar,
2011). Iglesias demuestra una vez más su eclecticismo, su
conocimiento del lenguaje musical y su sentido cinematográfico
en ambas partituras. Para los dos trabajos demuestra una envidiable
facilidad para la inmersión en la cinematografía de sus
directores que le hace amoldarse a la manera de rodar de cada uno.
Para Alfredson se sitúa en el plano frío, distante y
sin concesiones de este director sueco que ya había
sorprendido con su anterior película, Déjame entrar
(Låt den rätte komma in, 2008). El compositor nos
introduce en un mundo de espías descarnado, miserable,
valiéndose de un estilo jazzístico a la hora de
situarnos en plena guerra fría. Un trabajo poco lucido de cara
al espectador pero con una calidad muy notable.

Su
segundo trabajo laureado este año, La piel que habito,
se sitúa a las antípodas del anteriormente comentado.
Más inspirado en la música de Herrmann y en la
electrónica, Iglesias realiza un trabajo musical basado en un
discurso paralelo, no tan pegado a la sincronía musical, sino
más preocupado por la independencia como método válido
a la hora de complementar discursos. Siete veces han unido fuerzas
Almodóvar e Iglesias, todo un mérito, ya no sólo
por el conocimiento mutuo que hace que cada nuevo trabajo implique
una superación, sino porque Iglesias tiene el honor de haber
conseguido controlar el desbocado temperamento de un director que se
considera
‘músico’
por su pasado en la movida madrileña, aspecto que le ha
costado más de un encontronazo con sus compositores (Bernardo
Bonezzi tiene mucho que decir al respecto).

Como
hemos dicho, La piel que habito supuso el reconocimiento de la
academia española por décima vez. Existe dentro de la
institución una serie de comportamientos patrón que
llevan a nominar –y casi siempre premiar– a los nombres
de artistas consagrados que han demostrado ser grandísimos
profesionales en su terreno, lo que les ha situado dentro de la
limitada órbita de conocimiento de muchos académicos,
que a menudo votan a ciegas. Pasa con José Luis Alcaine en el
apartado fotográfico, con Reyes Abades en los efectos
especiales… y con Alberto Iglesias en la música. La
sola irrupción de su nombre nos ha privado de conocer otros
trabajos de altísima calidad que han pasado totalmente
desapercibidos.

Merece
mención especial Mario de Benito, que por su trabajo para No
habrá paz para los malvados
(Enrique Urbizu, 2011) ha
conseguido hacerse con el segundo premio más importante de
este país, el concedido por el Círculo de Escritores
Cinematográficos. Estamos ante una composición tan
directa y a la vez sutil como la película de Urbizu,
imprescindible para construir el thriller sin concesiones al
espectador que, por otra parte, ha arrasado en el resto de categorías
de premios.

Muchos
más títulos interesantes se han quedado en el tintero y
merece la pena destacar. Lucio Godoy, autor de la nostálgica y
decadente partitura de Blackthorn (Mateo Gil, 2011), ha pasado
sin pena ni gloria con un trabajo que de nuevo no ha sido valorado lo
suficiente, igual que la mágica música de los hermanos
Galperine para Eva (Kike Maíllo, 2011). Al menos estas
dos películas fueron nominadas al Goya. Otros autores de
calidad incuestionable y trayectoria probada han sido directamente
ninguneados. Pascal Gaigne ha sabido reinventarse en dos géneros
totalmente opuestos como la ciencia ficción de Verbo
(Eduardo Chapero-Jackson, 2011) y el drama Katmandú
(Icíar Bollaín, 2011), demostrando en ambos por qué
sigue siendo uno de los nombres a tener en cuenta. Incluso Roque
Baños, en un año no tan fructífero, merecería
ser mencionado aquí por su música para Torrente:
Lethal crisis
(Santiago Segura, 2011), fantástica parodia
de la saga James Bond, o su incursión en el terror con
Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, 2011).

Nombres,
nombres y nombres. Tan injustos son los premios como estos artículos,
que arbitrariamente eligen unos y desechan otros. Hemos intentado
ofrecer el mayor muestreo posible sin caer en la simple enumeración.
Probablemente no lo hayamos conseguido. Tocará hacer otro
texto reivindicando “los grandes olvidados de los artículos
sobre los grandes olvidados”. Nos ponemos a ello.

Alejandro
G. Villalibre

Fotografía procedente de Wikimedia Commons

Publicado en abril 2012

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