Crítica
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Y pim, pam, puf

La gran duquesa de Gérolstein en el Teatro de la Zarzuela

Jacques Offenbach: La gran duquesa de Gérolstein. Teatro de La Zarzuela. Nicola Beller Carbone, Andeka Gorrotxategi, Elena de la Merced, César San Martín, Manuel de Diego, Gustavo Peña, […]. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro del Teatro de la Zarzuela. Cristóbal Soler, dirección musical. Pier Luigi Pizzi, dirección de escena y escenografía. Jueves, 20 de marzo de 2015.

Fue el viernes 20 de marzo, ya en el ecuador de sus representaciones, cuando escuchamos el primer reparto de la última producción del Teatro de La Zarzuela: La gran duquesa de Gerolstein de Offenbach. Hasta ahí lo claro, porque el resto de los créditos de esta obra han generado no poca confusión y necesitan algunas explicaciones.

Una es la que atañe al libro original de Meilhac y Halévy, La Grande-Duchesse de Gérolstein, que se presentó en castellano con una versión preparada por Enrique Mejías basándose en dos traducciones precedentes –ya se sabe que en el siglo XIX eran habituales estas prácticas– que seleccionó, revisó, y a las que tuvo que sumar bastantes traducciones nuevas porque, entre otras cosas, la versión de esta obra que se representó en Madrid era sustancialmente distinta de la denominada “versión de París” que preparó el propio Offenbach tras el estreno de 1867 y las primeras representaciones. La restitución de la versión original fue llevada a cabo por el musicólogo Jean-Christophe Keck y luego reestrenada y registrada en 2004 en el Châtelet con dirección musical de Marc Minkowski y escénica de Laurent Pelly. Esta versión extendida es la que se tradujo en el Teatro de La Zarzuela para su representación y por ello fue preciso también adaptar la escenografía, porque la que vimos fue la que creó en 1996 Pier Luigi Pizzi para el Festival della Valle d’Itria de Martina Franca, donde cantó el papel de Duquesa la inolvidable mezzo Lucia Valentini Terrani (1946-1998) dejando un impresionante registro del peso carnal que dio a su personaje. Como la creación de Pizzi tuvo como texto la “versión de París” y como, por cuestiones de salud, no pudo ocuparse él mismo del montaje de La Zarzuela, este corrió a cargo de Massimo Gasparon.

Siendo esto lo que se vio en La Zarzuela y no siendo la primera vez que se hace en esta temporada –tras la infortunada Carmen en español– lo primero que cabría preguntarse es qué sentido tienen hoy estas traducciones más allá del de vestir el santo de poner en el teatro lírico nacional cosas notables de la lírica extranjera. Hoy, los cantables, sean en el idioma que sean, se siguen en castellano en los sobretítulos del teatro, y las traducciones, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XIX, no tienen nada que aportar a la escena patria más allá de la curiosidad de presentar difusos reflejos de un tiempo pasado que no fue mejor y un regusto amargo a las fiebres traductoras, que todavía padecemos, de la no tan pasada posguerra. Ante estas cosas, uno no deja de pensar en la obsesión del Teatro de La Zarzuela –con Pinamonti o sin él– por salirse de su género, y en sus nostalgias enquistadas del tiempo en que fue teatro de ópera. Y si lo que se pretende es arrimar el público de la ópera a La Zarzuela, el camino no es este que, más bien, invita al público de la zarzuela a la ópera, cosa de la que no hay necesidad. Dicho lo cual, quien esto escribe aprecia muchísimo la oportunidad de ver la suerte de metamorfosis (¿inversa?) mediante la que una opereta francesa se convierte en zarzuela pero, puestos a pedir, la coherencia y la justificación completa de esta opción pasaría, con una dirección de escena en la línea de la de Pizzi, por una asimilación clara de la Duquesa con nuestra Isabel II –no se olvide que el estreno español de La gran duquesa…llegó en 1868, con el Sexenio Revolucionario– y sus generales y ministros –personajes atontados en el más puro sentido de la opereta– con los “espadones” isabelinos. Esto no se hizo ni por asomo. Pim.

La segunda cuestión que nos plantearíamos es el sentido de restituir lo que en su día cortó Offenbach en colaboración con sus libretistas, otra tendencia que también hemos advertido recientemente en La Zarzuela con la inclusión de célebres cortes de los Gershwin para su Lady, Be Good! Sin los cortes, en el que fue su efímero estado original y en castellano, la obra queda con un formato no ya de zarzuela grande, sino de zarzuela gigante. Pero esto trae un problema añadido. Si entendemos, como explica Enrique Mejías en sus notas, que la versión cortada es una opereta bufa de costumbres militares mientras que la versión extendida lleva el asunto a “una especie de thriller erótico-castrense de tintes siniestros”, tal y como la representaron en el Châtelet Minkowski y Pelly, ¿qué pinta en ese argumento la lectura bufa de depurada y fina estética circense que concibió Pizzi para la otra versión? Así las cosas no cuadran. Pam.

Y lo demás es lo de menos: salvo la Duquesa de Nicola Beller Carbone que encarnó un personaje sólido pero con difícil solución entre lo erótico y lo bufo, sin caer en lo uno ni en lo otro, el resto del reparto lidió, cada cual como pudo, con una dirección de escena náufraga desde el primer momento, pero no menos que la dirección musical de Cristóbal Soler, discontinua y enfadosamente desarticulada en las escenas concertantes. Esta vez, ni la abundancia de coros salvó la situación. Puf.

Javier Suárez Pajares

Publicado en abril 2015″ id=»mes» border=»none»/>

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