Breve anatomía de un ensayo

Reflexiones en torno a las bandas de música valencianas

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PROSCRIPTIO MUSICAE
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Andrea P. Envid

Las diez de la noche, ya llego tarde. Es la hora y yo aún en casa. Con cierta prisa, cojo mi trompeta y me dirijo al local de ensayos de la banda del pueblo. Por suerte, la impuntualidad generalizada de la mayoría de mis compañeros me permite llegar antes del primer golpe de batuta. Saludos y risas se suceden mientras el director, impaciente por la espera, repasa con cierta resignación pasajes de la partitura al azar. Ya por fin, y ante tenues muestras de un silencio anhelado, el director marca el inicio de la música con un enérgico golpe de muñeca. Las notas se entrelazan por un breve espacio de tiempo con el sonido chirriante de la puerta que anuncia a los rezagados.

El fenómeno de las bandas de música en el País Valenciano supone una suerte de paradigma socio-musical, aunque alberga diversas paradojas que le otorgan su singularidad. A lo largo de su territorio encontramos tantas bandas de música como campanarios de iglesias, o incluso diría que más. De hecho, me atrevería a resaltar, por qué no, distintas analogías que me vienen a la mente y que, a mi modo de ver, se suceden entre el tipo de ritual que estructura una celebración eucarística y el que se genera en un local de ensayos. Algunas de estas similitudes, a veces cercanas, en ocasiones forzadas, las podríamos encontrar igualmente en otros ámbitos de la cotidianidad. En ambos escenarios, la atención de todos se centra en una figura hegemónica concreta, dominante y dominadora. Ésta, situada desde una posición privilegiada por la altura (ya sea desde el altar o el podio) pontifica sus verdades mientras lee las sagradas escrituras (bíblicas o musicales), al tiempo que reafirma su supremacía dibujando en el aire diversas figuras con la ayuda de su simbólico báculo (metáfora fálica de dominación bastante evidente). Altar, biblia, báculo; podio, partitura, batuta. Objetos simbólicos que reafirman el poder ya sea del sacerdote o del director. Del hombre, al fin y al cabo.

Me despisto y no entro a tiempo. Por suerte, mis compañeros prestan atención al ensayo y mi error pasa prácticamente inadvertido. Entre miradas picaronas y algún que otro codazo en tono simpático consigo unirme al resto. Unos compases de espera, vuelvo a mis pensamientos. En las últimas décadas, el mundo bandístico se ha abierto notoriamente hacia la inserción progresiva, imparable e imprescindible de la mujer, y ya no solo en el terreno meramente interpretativo. El empoderamiento de la misma se manifiesta al ocupar cargos de responsabilidad, ya sea como presidenta de una agrupación musical o como directora de una banda. Sin embargo, determinados estereotipos rancios o, por qué no decirlo claramente, ¡machistas!, aún siguen enquistados a la espera de ser extirpados definitivamente. Aunque podamos afirmar que las bandas funcionan como espacios de sociabilidad mixta, esto no siempre ha sido así. El fenómeno bandístico surgió dentro del movimiento asociacionista de finales del siglo XIX. Esto supuso un nuevo paradigma de sociabilidad basado en relaciones asociativas que, sin embargo, seguían reflejando mecanismos de articulación social propios de las relaciones comunitarias más tradicionales: entre otros, una clara diferenciación entre espacios reservados a los hombres o a las mujeres. En este contexto socio-histórico, las bandas se erigieron como espacios de relaciones interpersonales exclusivamente masculinas, al igual que lo eran las agrupaciones cinegéticas, los casinos, etc. Las mujeres, por su parte, encontraron espacios de sociabilidad femenina en torno a talleres de costura, almacenes de procesamiento alimentario o la iglesia, una vez más. La iglesia, curiosamente un lugar de interacción femenina cuya hegemonía ostenta una figura física masculina (el cura) y una figura simbólica idealizada masculina (Dios, Cristo, el Espíritu Santo…). Sí, es cierto, también está la Virgen María, pero ¿no es más cierto que se la recuerda por ser la madre de Cristo? O qué decir de María Magdalena, la compañera de Jesús, tildada de prostituta hasta la extenuación. La madre y la puta, este arquetipo dual tan explotado por el patriarcado aparece también por aquí.

El tutti en fortissimo parece querer anunciar el principio del fin de la obra que se interpreta. En una esquina del salón de ensayos, y ya impacientes tras pasarse largo tiempo manteniendo un silencio expectante, madres y padres de los jóvenes músicos recién llegados a la banda empiezan a recoger con sutiles muestras de evidente cansancio. No necesariamente músicos, no necesariamente amantes de la música, acompañan a sus hijos en los primeros meses, en los primeros años. Con miradas de incredulidad, no son capaces de entender cómo su hija puede descifrar aquella suerte de palitos y bolitas que inunda la partitura, y tampoco conocen muy bien el código ritual propio de un ensayo, aunque ya formen parte de él. Algunos de ellos, con el tiempo, tal vez se animen a tocar un instrumento y se unan a sus hijos ya sea por curiosidad, por una asunción melómana repentina o por tratar de construir vínculos comunes con ellos más allá de los puramente afectivos antes de que entren en la plena adolescencia y opte por marcar y remarcar una fría distancia generacional. Lo que se observa, sin embargo, es que los modelos tradicionales de transmisión axiológica y de enculturación que se producían en línea genealógica descendente, de padres a hijos, pueden invertirse con total normalidad, de hijos a padres. De hecho, se trata de una característica más del modelo de sociabilización en torno a relaciones asociativas que comentaba hace un momento. Aún así, el núcleo duro de la banda siempre verá a aquellos miembros de familias con holgada tradición musical con mayor benevolencia y afecto que a los huérfanos de antepasado musical.

Un grandilocuente ¡¡chim pum!! da fin a la preparación de la obra con vistas a un concierto no muy lejano. El director agradece la asistencia mientras los músicos limpian y guardan sus instrumentos hasta una próxima cita. Mientras salgo me despido de los compañeros. Ahora ya, en la soledad del camino, me dirijo en busca de mi ansiada cama sin pensar que dentro de una semana se repetirá, inexorable, el mismo ritual.

Juanma Ferrando

Fotografía: Raimundo Sieso

     
     
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