Al cajón

La villana en el Teatro de la Zarzuela

FONDO DE ARMARIO
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Javier Suárez Pajares

LUCES, Y LUCES
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Javier Suárez Pajares

La villana, A. Vives (música), Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw (libreto). Orquesta de la Comunidad de Madrid, Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, Miguel Ángel Gómez Martínez (dir. musical), Natalia Menéndez (dir. de escena). Teatro de la Zarzuela, Madrid, 2 de febrero de 2017.

Vaya delante de esta crítica al peor espectáculo que recuerdo haber visto en el Teatro de La Zarzuela desde el infausto día en que se programó El trust de los tenorios que La villana no es la mejor obra de Vives. Quizá sea la que más notas tenga (un disparate), pero esa cantidad de sonidos acumulados en la orquesta está en proporción inversa a cualquier otra gracia. Siendo así, La villana es un partitura de esas que necesariamente deslumbran a los músicos que se acercan a ella y que querrían sí o sí verla montada, pero el responsable de ponerla en pie no lo tiene nada fácil. Menos aún si no se trata de alguien con experiencia acreditada en el teatro musical.

Que los mejores libretistas de la última época de la zarzuela –Romero y Fernández-Shaw– hablaran de ópera cuando se referían a La villana solo quiere decir que apuraron al máximo los límites de la zarzuela grande; pero su esencia sigue siendo la de una zarzuela bien inscrita dentro de un género que ellos prácticamente habían reinventado. Que, a diferencia de otras “actualizaciones” del teatro lopesco realizadas con éxito por los mismos libretistas, esta se sujete al tiempo del original no la aproxima para nada al teatro áureo. Que un director que conoce la zarzuela y ahora tiene una importante responsabilidad con ella como director de su teatro nacional fiche a una directora de teatro que tiene a mano para que se invente algo nuevo en un género complejo que sólo conoce de oídas, lejos de garantizar un éxito, es un experimento caro y arriesgado, que hubiera necesitado una supervisión de la que careció absolutamente.

Así, los “toques” de la dirección de escena que pretendieron acercar esta zarzuela a la ópera por un lado y al teatro clásico por otro –los cortes de la parte hablada y el desarrollo del Lazarillo de Olmedo– lo único que consiguieron fue desbaratar la frágil teatralidad de una obra que, a diferencia de lo que pasa con una Doña Francisquita que aguanta lo que le echen mientras suene su música, no se sustenta solo con la parte de Vives. Una música con derroche de oficio sí, un par y hasta tres romanzas aceptables, unos concertantes bien tejidos y buenos coros, pero todo con falta de relevancia y subsumido en una enfadosa mediocridad en la que lo único que parece destacar es una orquestación exagerada: como si Vives, consciente de la poca enjundia del resto, hubiera querido salvar la obra con ese alarde… y con la exigencia legítima, o la confianza, de que todo el conjunto funcionara a la perfección y las partes vocales se defendieran como si les fuera la vida en ello. La idea quizá fuese buena, pero era mucho pedir.

Y así, con una materia endeble y un par de decisiones muy poco acertadas a la hora de montar la obra, La villana que músicos y musicólogos soñábamos con ver en escena se cayó como un castillo de naipes. No había solución. Ni siquiera la orquesta, con el director que mejor la ha hecho sonar en los últimos tiempos, estuvo bien: un esfuerzo tan grande como el de tocar una sinfonía de Mahler ¿para qué? Para nada. Ni el coro, ni en cuerpo de baile, ni los solistas: ellos serían los primeros en darse cuenta de lo inevitable del naufragio. Dieron la cara como buenamente pudieron. Yo no les pediría más entusiasmo; Vives seguro que sí, pero no estaba y su representante en la superintendencia se lavó las manos y se las debe seguir lavando porque, pese al consenso en la certificación del descalabro, nadie ha dado ninguna explicación, como si todo fuera un síntoma más de la decadencia del género o rarezas de críticos puntillosos, imprudentes y con poco afecto por la zarzuela. Pues no es verdad: todavía hay gente que quiere ver zarzuelas –las del repertorio y otras nuevas– y calentarse la manos aplaudiéndolas. Aquí se ha perdido una buena ocasión y se han desperdiciado muchos recursos. Alguien debería decir algo al respecto.

Para mí y para mucha gente La villana será ya, sin más, una zarzuela fallida, pretenciosa, rancia y requeté: “Por dios, por la patria y el Rey… lucharon nuestros padres” (hace más de treinta años y con Enrique García Asensio en el foso, volvieron a subir a las tablas esta zarzuela recurrentemente olvidada). Por dios, por la patria y el Rey, devolved La villana al cajón… y que acaso los nietos, o mejor los bisnietos, de aquellos padres (y así nosotros, con un poco de suerte, nos libramos ya de presenciarlo) vean si se puede hacer algo con ella.

Daguerre

Fotografía: Libertad digital

     
     
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