Bomarzo: el ducado en el Teatro Real

No hay oscuridad sin luz

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Bomarzo. Alberto Ginastera. Coro y orquesta titulares del Teatro Real. John Daszak, Hilary Summers, Milijana Nikolic, Nicola Beller Carbone, Germán Olvera, Damián del Castillo. David Afkham, (dir.). Teatro Real de Madrid, 5 de mayo del 2017.

Entras por la boca del monstruo hasta una sala circular y comprendes que estás ingresando en las entrañas de Bomarzo, es decir, en el vientre de la tierra, el lugar donde el polvo y el agua se condensan, y donde la muerte se convierte en morada definitiva.

Pedro Jesús Fernández

Entras por el pórtico hasta una antesala ovalada y sientes que estás ingresando en las entrañas de la ópera. En principio no hay mucho riesgo y te sientas confiada en la butaca. Sólo caes en cuenta que la embocadura son las fauces de ese monstruo cuando el dueño de ese ducado contrahecho aparece entreabriendo el telón y nos ofrece una extraña invitación a observar las tripas de Bomarzo…

Da comienzo la ópera sin aplausos del público. La repentina iluminación al director, ya preparado para contarnos la historia de Pier Francesco Orsini, no nos dejó tiempo para reaccionar. Y así arrancó Bomarzo, segunda ópera del compositor argentino Alberto Ginastera. Más que una secuencia narrativa, la ópera, basada en la novela homónima de Manuel Mujica, nos hace un recorrido psicológico del duque de Bomarzo. Nos hace ver sus fieras, y ni siquiera en su afecto por Abul se atisba alguna luz o esperanza. El maltrato de sus hermanos, que lo humillan desde la infancia; su padre autoritario y despreciativo; su homosexualidad no confesa y, por tanto, su impotencia frente a las mujeres que se le presentan… todo forma un amasijo putrefacto materializado en la joroba de este miembro de la familia Orsini. El final no podía ser más desastroso: el esparcimiento de la destrucción irrumpe estrepitosamente y la ópera finaliza con un reguero de muerte. Pero al final no es tanto una historia sobre el poder, la memoria o la inmortalidad, sino de la desgracia de quien no se aguanta a sí mismo.

La escenografía, a cargo de Urs Schönebaum, era escueta pero muy maleable, siguiendo el ritmo de las quince escenas y sus respectivos interludios. Las proyecciones suplían en cierta forma la permanencia del negro y nos acompañaban de forma ambiental. En cuanto a la puesta en escena de Pierre Audi tengo ciertas dudas, no me ando con rodeos. Hay signos, ritmo, formaciones, grupos de gente que vienen y van… algo se está mostrando expresamente pero, o era tan evidente y poco sutil que molestaba, o era tan opaco que su misterioso significado se quedaba en el escenario con los cantantes, flotando en la estética creada sin llegar plenamente a la comprensión del espectador. Se intuye una intención pero se queda en eso, en una intención que no termina de fraguar. El elenco de bailarines entraba y salía a menudo pero nos ofrecía casi siempre lo mismo. La ejecución era buena pero fallaba el contenido. También puede ser que me falten los códigos… o que tanto negro me haga ver peor. En cualquier caso, hubo algunas imágenes interesantes, como la alegoría de las siete edades del hombre. Una vez más, los actores aparecen y salen de escena demasiadas veces, perdiendo así su efecto, pero no dejó de ser una de las estampas más bellas e impactantes de toda la ópera. También es importante hacer mención a la escena del nombramiento de Pier Francesco como duque de Bomarzo tras el asesinato de su hermano, momento álgido de la ópera, y, por supuesto, al escalofriante final donde, una vez cerrada la boca del monstruo, un niño vestido de negro se despide para siempre de nosotros… Sin duda, ha tenido que ser un reto para Pierre Audi abarcar este libreto que el propio Mujica adaptó de su novela pues, si bien la narrativa fuera su fuerte, quizás en el drama le faltase mayor sensibilidad teatral.

El reparto nos dejó con ganas de más en cuanto a lo puramente vocal, si bien la parte actoral fue en todos inmejorable. Milijana Nikoli fue quizás la más desenvuelta, aunque tuviera un papel secundario como Pantasilea. Tenía una voz con cuerpo y proyección, con unos graves algo abiertos pero que podían cuadrar con su personaje, la cortesana que intenta enseñar a Orsini el arte del amor. Por otro lado, encontramos a Hilary Summers en el importante papel de Diana Orsini, la abuela del duque de Bomarzo. Una pena que muchos de sus graves de tesitura de contralto no sobrepasaran a la orquesta, aunque esta fue una dinámica general en los cantantes de esta producción. Algo parecido le sucedió a Nicola Beller en el papel de Julia Farnese, la mujer del duque, si bien el color de su voz era más compacto y empastaba más con la orquesta. Y por supuesto, hay que nombrar a John Daszak, siempre presente en el escenario como Pier Francesco Orsini, que se sobrepuso al papel y a la especial dificultad vocal que representaba.

Nos hemos reservado la partitura de Alberto Ginastera porque, como hacen los niños en la comida, el mejor bocado se reserva para el final. Prohibida en Argentina, Bomarzo se estrenó finalmente en Washington DC en el año 1967. Parece que sería la partitura, de lenguaje atonal, y no el libreto lo que causó la censura de esta ópera, según comentarían entre ellos Mujica y Ginastera, dado que la novela no tuvo problema en editarse, tal como narra Jorge Fernández en las notas al programa. Si bien el tratamiento vocal es algo árido, quizás por el constante estilo de recitativo, la orquestación es vistosa y muy colorida gracias a los juegos tímbricos. David Afkham, que debuta en el Teatro Real con esta producción, hiló fino la compleja partitura de Ginastera con una orquesta dio mucho y demostró una asombrosa maleabilidad.

Se ve que la estética del chiaroscuro, o del oscuro a secas, insiste y persiste en las producciones de repertorio más reciente o contemporáneo. En este sentido resulta un poco repetitivo. Pienso en el Hamlet de Kenneth Branagh, muy claro en cuanto a luz se refiere, y no por ello perdía fuerza el drama. Creo que el público es lo suficientemente listo como para entender el texto y los personajes, y no hace falta que nos lleven tanto de la mano. Si el drama está bien construido no debería haber problema alguno. Aunque es una idea manida me temo que no puedo evitar acudir a ella: no hay oscuridad sin luz. ¿O era no hay luz sin oscuridad? Da igual. La cuestión es que la oscuridad, no como sombra sino como estado, puede ser presentada de muchas maneras. En cualquier caso, ésta ha sido una interesante propuesta en muchos aspectos y un enorme redescubrimiento musical, que esperemos que se nos siga mostrando en el teatro.

Raquel López Fernández

Fotografía: Mario Muñoz

     
     
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