Ensayo
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Completismo

La incurable enfermedad del coleccionista de música

Nota preliminar: las situaciones aquí relatadas son absolutamente reales, descritas con una mínima licencia dramática.

Me he comprado la edición discográfica de la banda sonora de Hannah Montana: la película. La tengo al lado del ordenador ahora mismo, todavía con el plástico puesto. Me debato entre abrirla y perder mi última oportunidad de remendar esta acción devolviéndola a la tienda, o disfrutar de la maravillosa e inevitable pelea con el celofán que protege su caja de plástico. Todo tiene una explicación: es uno de los títulos que me faltan para completar mi discografía de John Debney. Porque sí: este compositor, autor de partituras tan dispares como La isla de las cabezas cortadas, Iron Man 2, La pasión de Cristo o Un canguro superduro es el autor de la música incidental del citado festival de buenos deseos, sueños cumplidos, canciones infantiles, maquillaje desmesurado y mucho color rosa y oro. Y lo que tengo aquí conmigo es una Promo Edition, una edición limitadísima, en teoría no comercial, que contiene toda la música, una rareza dentro de este mundo. Y si me deshago de ella sé que me arrepentiré. Es todo un must.

Con esto quiero ejemplificar lo que hoy vengo a denunciar: la falta de reconocimiento del completismo como enfermedad real, como un problema que (nos) afecta cada vez a más personas. Como una tragedia que aumenta con la proliferación de las tiendas digitales y la venta por internet. Porque antes, al menos, se exigía un cierto esfuerzo para completar colecciones: ir hasta la tienda, sumergirse en el mar de cajas, seleccionar lo que nos interesa, pagar físicamente (que siempre duele más que hacer click en un botón). Y eso implicaba menor cantidad de títulos a nuestro alcance, dificultaba nuestra búsqueda y, ante todo, otorgaba más valor a las nuevas adquisiciones. Hoy, todo se reduce a escribir en un buscador y esperar al mensajero.

Y que no me vengan ahora con las cajas de obras completas de un compositor, tan de moda últimamente en los catálogos de ciertos sellos brillantes. Eso es hacer trampa. Hay que buscar cada versión, seleccionar cada obra con cuidado, hacer nuestra colección a medida. Hasta tal punto puede llegar la obsesión de un completista que se dan situaciones ridículas. Permitidme relataros lo que viví hace un par de años como espectador en el espacio de música de unos grandes almacenes. Estaba yo atareado, como siempre rebuscando entre nombres y títulos, contando el dinero disponible y devanándome los sesos para decidir entre uno u otro disco, cuando se pone a mi lado una pareja de avanzada edad. Y se pegan a mí para buscar un disco exactamente en el mismo punto en el que me encuentro yo, con lo agradable que es esa situación. Eso sí, me colocaba en una posición privilegiada para disfrutar de un momento irrepetible. No encuentran lo que buscan. Comienza la discusión: Te dije que lo vi aquí. Pues no está. Pues yo lo vi. Tú ya no ves nada. Voy a preguntarle a la chica.

Y, diligente, la empleada se acerca a resolver sus dudas. Perdona, guapa, a ver si nos puedes ayudar con un disco que nos interesa mucho. Con mucho gusto, señora. Mira, estamos buscando el concierto para violín de Chopin.

En ese momento el corazón me da un vuelco ¡estoy ante dos popes de la musicología! La pareja que acaba de hacer el descubrimiento más importante del siglo XXI, una partitura inédita del genio polaco… o quizá no. Sigo observando incrédulo el momento, la dependienta se acerca: ¿Han buscado por la C? ¡Claro! Bien, permítanme a mí. Ay, hija, a ver si tú lo encuentras, que de verdad nos interesa. Pues no, lo siento, no está, pero podemos mirar en estas series económicas que tienen más variedad de títulos. No, no, yo si pago dinero es por una grabación buena, no de esa Nexos, o como se llame, que son orquestas de segunda.

Bravo por la señora. Ejemplo de completista extrema. Guía y gurú de nosotros, pobres aficionados. Aferrada hasta el final a sus ideales, sean o no acertados, que cuida su discografía al máximo, hasta el punto de querer convertirla en única mediante la adquisición de obras fantasma.

Quizá el mayor problema de querer abarcarlo todo, de querer poseer a toda costa un número ilimitado de grabaciones es el poco valor que hoy en día se otorga al producto en sí. Si miramos en nuestras estanterías seguro que encontramos algún ejemplar todavía por abrir, o alguna grabación escuchada una sola vez y depositada, en el mejor de los casos, en un almacenamiento ordenado (este último punto es difícil de encontrar en el mundo del completismo). La insatisfacción que rodea a cualquier coleccionista acompaña también al completista. La sensación de nunca estar completo, de que falta algo, de que un disco es imprescindible. Y aunque somos conscientes de la necesidad de parar, de reflexionar, de poner en valor nuestra discoteca, otras fuerzas más poderosas nos impulsan a seguir comprando. Por cierto, nótese que no he querido tratar el tema de las descargas ilegales porque todo lo hasta ahora relatado se multiplica por mil.

¡Ah! he abierto el CD de Hannah Montana. ¿Sabéis qué es lo mejor? Que la música de Debney me gusta. Se queda en mi estantería.

Alejandro
G. Villalibre

Fotografía procedente de
Guy Phenix, en ‘Oh Yeah Vinyl’

Publicado en mayo 2012

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