El mundo encerrado en una servilleta

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El mundo encerrado en una servilleta

Llevábamos seis horas de viaje en coche. Por supuesto, habíamos hecho varias paradas en el camino. Confieso que me encantan los bares de carretera. Es un placer llegar agotado y que te sirvan un refresco o un café acompañado de un pincho de tortilla o de un bizcocho. Todo ello siempre queda aderezado con unos casetes de coleccionista, de museo: los mejores éxitos del Fary cuando era joven; los primeros hits de Camela antes de que camelaran al público; canciones infantiles de la posguerra…

Un sinfín de sorpresas aguardaban en aquellas estaciones petroleras. Sin embargo, para mí la más especial de todas eran las servilletas. ¡Aaaah! Ese ignorado elemento, pero imprescindible en toda gasolinera. Siempre me han parecido auténticos haikus del agradecimiento y la persuasión. “Gracias por su visita”; “Vuelva pronto”; “Gracias por elegirnos” ¡Qué maravilla! Así uno sentía que estaba contribuyendo, que el hecho de estar en ese lugar y no en otro tenía sentido y valor.

Quizá piensen que esos mensajes son monótonos o protocolarios, pero nada más lejos de la realidad. Dejen que les cite el más especial que he encontrado en todos los viajes que he hecho en coche (les aseguro que han sido muchos). La servilleta rezaba así: “Si hablamos de casualidades, conocerte fue la más bonita”.

¡Toma ya! De todas las horteradas que he visto, esta se llevaba la palma. Esta frase estaba, por lo menos, al nivel de las tarjetas de San Valentín que venden en esas mismas gasolineras. Sí, esas que están para los enamorados olvidadizos que van apresurados a comprar algo a última hora el 14 de febrero… Pero, al mismo tiempo, admito que lo que decía la servilleta me hacía tremenda gracia.

Había encontrado la primera servilleta con sentimientos de la historia y, no solo eso, sino que además estaba encantada de conocerme. La suerte estaba de mi lado y más teniendo en cuenta que las servilletas siempre han tenido fama de insensibles, de impertérritas ante la adversidad, de impermeables. ¿Recuerdan el monólogo de Luis Piedrahita en que hablaba precisamente de eso, de su impermeabilidad inexplicable?

Ahora yo podía demostrar que no, que se equivocaba. Esto quizá cambiaría el mundo y la historia de la humanidad. La cuestión es ¿qué importaba mi hallazgo si ya hacía casi once años que Piedrahíta había enunciado ese discurso?

Once años… En mi mente aparecía tan fresco, tan nítido que podría haber asegurado que era ayer mismo. A veces pienso que el tiempo es como la mantequilla, parece sólido, consistente, en bloque, pero luego, se derrite rápidamente y se desliza entre tus dedos dejándote la sensación de que no puedes asir ni una cuchara. Todo parece fuera de control. Además, cuando pones una lámina en una sartén, comienza a burbujear y se acaba volatilizando. ¿Lo ven? El tiempo es pura mantequilla.

Aprovecho la ocasión para hacer un inciso sobre la mantequilla. A los ingleses les encanta. Los scones llevan mantequilla, los pancakes, los hot crossed buns, los tea biscuits… Decía un locutor en la BBC que no había nada más triste que una tostada sin mantequilla y pensaba yo, ¡madre mía, el estado de ánimo de una tostada no puede depender de eso!

Precisamente, el otro día vi una película que entrelazaba todos estos temas: la mantequilla, el tiempo y los ingleses. This Beautiful Fantastic era su título. Uno de los personajes más entrañables afirmaba que “evertything that matters, takes time” (todo lo que importa lleva tiempo) y ¡cuánta razón tenía! Las cosas importantes nos hacen detenernos, echar el freno (como se le dijo a un tal Macareno). Supongo que necesitamos degustar la mantequilla, es decir, el tiempo, antes de que deje de parecernos un mazacote insalvable y se convierta en algo intangible y efímero. La cuestión está, supongo, en cómo percibimos la butter.

Sin casi darme cuenta me había terminado ya el café y el bizcocho estilo gasolinera. Había que seguir el viaje, aún quedaban otras dos horas. Mi mente se había disparado de nuevo. En apenas quince minutos de gasolinera había viajado acaso más lejos gracias a una aparente simple servilleta, un bloque de mantequilla y una película…

Fotografía: Raimundo Sieso Ortiz

Publicado en abril 2019

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