La Galimatias Baroque Ensemble revive la esencia del Barroco

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Divino contraste. XXVIII Festival Internacional de Arte Sacro. Galimatias Baroque Ensemble. Intérpretes: Lucía Martín Cartón y Cristina Segura (sopranos), Jérôme Vavasseur (contratenor), Marcos García (barítono), Amandine Solano y Vanessa Monteventi (violines), Pedro Bartolomé (flauta y percusión), Henrikke G. Rynning (viola da gamba), Guilherme Barroso (guitarra barroca y tiorba), Iván Rodríguez Expósito (clave, órgano y dirección). Iglesia de San Millán y San Cayetano, 22 de febrero de 2018.

Aún se estaba oficiando misa en la iglesia de San Millán y San Cayetano cuando los más impacientes comenzamos a llegar. La afluencia de gente fue constante desde la media hora anterior al inicio del concierto, una media hora casi mística en la que se fundía la devoción católica con la musical. Como si fueran objetos de culto, descansaban en el crucero varios atriles, un clave, un pequeño órgano, un conjunto de instrumentos de percusión y una viola da gamba. La escena resultaba un tanto pintoresca: un sacerdote que parecía no haber reparado en lo que se encontraba a sus pies mientras que su rebaño ojeaba el libro informativo sin prestarle mucha atención. Lo cierto es que la solemnidad del culto se mantuvo cuando el anciano se resguardó en su sacristía, y a pesar de que aún debíamos esperar para el inicio, todos mantuvimos un silencio ritual. Tal aura ecléctica se había generado que, probablemente, cuando los músicos ocuparon sus puestos, muchos pensaron que se trataba de una aparición divina. Eso explicaría la extraña expectación que se generó mientras afinaban sus instrumentos (por supuesto, en un barroco la a 415 Hz fácilmente distinguible). Les costó unos minutos alcanzar el unísono perfecto hasta que, con una inspiración general y unas rápidas miradas al director, la música nació de los instrumentos.

“Despertad, mortales”, de Juan Hidalgo, fue una buena opción para dar inicio, ya que presentaba las cuatro voces (dos sopranos, un contratenor y un barítono) pero reservaba recursos como el uso del clave o de la percusión para más adelante. No tardó el público en percibir que la acústica de la iglesia no era la mejor del programa del Festival de Arte Sacro en el que se enmarcaba el concierto. Los sonidos formaban una amalgama difícilmente distinguible debido a la excesiva reverberación, e instrumentos como la flauta tendían rápidamente a perder su potencia y llegaban tenuemente a los asistentes que ocupaban los últimos bancos de la iglesia (aquellos menos previsores o, al menos, menos impacientes). Esto dificultó también entender el discurso del director que siguió, aunque sí fue clara —como un presente del azar— una importante afirmación para comprender el concierto: “Como podréis percibir, en estas piezas cada compás presenta un afecto diferente”, dijo Rodríguez. Y como si fuese una llamada de atención, todos los asistentes parecieron más receptivos y pudieron ignorar la molesta resonancia del edificio.

La siguiente pieza, “Al dichoso naçer de mi niño”, también de Hidalgo, introdujo la percusión: un pandero cuadrado de Peñaparda, un bombo legüero argentino y una pandereta castellana. Ciertamente aportaba una mayor dinámica que muchos no esperaban, algo que se podía percibir en los rostros que se miraban cómplices y sonrientes. Los cantantes brillaron especialmente, y obtuvieron su descanso con la siguiente obra instrumental, del mismo compositor, “Pues adoro una oblea”. El dúo inicial de flautas fue excelente, y con la entrada posterior del violín se instauró en la nave un dulce ambiente de danza. Los más inexpertos (y los más prejuiciosos) ya pudieron distinguir que era este un atípico recital barroco, con un marcado aire popular que contrastaba con la seriedad que desprendía tanto el entorno como el carácter religioso de las composiciones. No en vano fue “Divino contraste” el título escogido por los músicos para el concierto: el juego entre fidelidad e improvisación, paz y emoción, previsibilidad y sorpresa fue constante durante todo su desarrollo.

Los aplausos fueron aumentando su intensidad conforme el repertorio avanzaba, algo que no es de extrañar cuando una agrupación realmente sabe cómo mover aquellos mencionados afectos del público como probablemente hiciesen los mejores intérpretes del siglo XVII. De hecho, el solo inicial de soprano del anónimo “Corazón que en prisiones de culpas” y la posterior entrada del contratenor hacían imposible evitar sobrecogerse. Existía una notable concepción teatral que se hizo especialmente manifiesta cuando dio comienzo “No sé yo cómo es”. Salieron entre aplausos los excelentes cantantes y se sustituyó el solo de soprano de la obra anterior por un solo de violín acompañado por una suave contramelodía del segundo. Como un actor que releva a otro, la tiorba dejó paso a la guitarra barroca, y el punto álgido llegó cuando entraron repentinamente (antes ocultas tras dos anchos pilares) las dos sopranos por la parte anterior del crucero, posicionadas muy cerca del público. Es indudable que este fue el momento de mayor éxtasis de la gala, que coincidía aproximadamente con el punto medio del repertorio. A estas alturas también era evidente que el contraste mencionado también residía en el propio orden del programa, que parecían no seguir un orden claro ni una tendencia rígida, chocando la emoción casi divina que profesaban algunas piezas más serias con la rápida entrada de aires sencillos y populares que incitaban a unirse al espectáculo con alguna seguidilla.

Las obras que continuaron fueron alternando ciertos instrumentos: la guitarra barroca y la tiorba se sucedían constantemente, así como el órgano y el clave e incluso los cantantes, que no volvieron a coincidir en su totalidad hasta el final. La calidad se mantuvo, y la simple visión del director era suficiente para conmover un alma. Se le veía sonriente, moviendo los labios como si fuese un intérprete más, satisfecho con el resultado del abundante trabajo que probablemente respaldaba la calidad de las interpretaciones. Aún guardaban algunas sorpresas, como la jácara de Gaspar Sanz que introdujeron (fuera de programa) como una especie de introducción a “Vaya pues rompiendo el aire” y que nos permitió apreciar el virtuosismo del guitarrista Guilherme Barroso. La dinámica del concierto era la adecuada, y el ánimo del público estaba tan agitado que, en uno de los silencios de la partitura de la última pieza, una de las asistentes rompió en eufóricos aplausos. Esta anécdota fue motivo de sonrisa general pero sobre todo ilustró cuánto deseábamos hacerles llegar a los intérpretes nuestra amplia satisfacción.

Cuando el “Salve a nuestra señora” de José de Torres finalizó, muchos de nosotros nos pusimos en pie para felicitar a los músicos que abandonaban sus puestos, pero antes de que pudiésemos acercarnos o incluso continuar nuestros enérgicos aplausos, volvieron para deleitarnos con un bis de “Al dichoso naçer de mi niño”. Como si supieran que esto nos supo a poco, aún nos volvieron a obsequiar con un segundo bis, esta vez de “Démosle Vaya”. Y entonces sí, entonces pudimos aplaudir con estrépito y acercarnos a hacerles llegar nuestras felicitaciones. Todos estuvieron excelentes, difícilmente se podría destacar algún músico sobre los demás. Solano y Monteventi jugaban con sus violines y con la flauta de Bartolomé para crear texturas suaves que eran soportadas por la aparentemente discreta pero absolutamente necesaria presencia de la cuerda pulsada. Los cantantes sabían dosificar su potencia y no trataban de imponerse al resto, cuando realmente había momentos que otro avaricioso intérprete hubiese aprovechado para lucirse; estoy pensando en Vavasseur brillando en sus piani pero también en las dos sopranos que iban alternando los solos del repertorio. Precisamente fue ese uno de los principales factores del éxito: todo estaba en su lugar, era como los músicos querían que fuese, no como individuos sino como agrupación. La acústica fue lo único que oscureció la velada, pero como ya se señaló, fue algo que pudimos ignorar con la profunda atención que profesábamos a la música. Las palabras del director fueron el motivo principal del concierto, y cuando este acabó nadie dudó que, ciertamente, cada compás evocaba un afecto distinto: el último provocó plenitud a cada uno de los asistentes que abandonaban la iglesia compartiendo con otros alegres rostros sus opiniones sobre la Galimatias Baroque Ensemble.

Gonzalo Hormigo Fraire

Fotografía: www.madrid.org.

     
     
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