Las cosas que quedan

Crítica
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Las cosas que quedan

Loreena McKennitt lo vende todo en las Noches del Botánico

Festival Noches del Botánico. Loreena McKennitt. Gira Lost Souls. Madrid, 7 de julio de 2019.

Aunque su carrera internacional no levantó el vuelo hasta 1991, la trayectoria musical de la canadiense Loreena McKennitt ya había echado a andar en 1985. En aquel año McKennitt empleó el dinero que su familia había ahorrado para pagarle los estudios de veterinaria en la grabación de su primer álbum: Elemental. Una vez realizadas las copias del disco, se hizo fabricar un expositor en el que cupiera un cierto número de ellas, las metió en el maletero del coche y recorrió las librerías y demás negocios de su ciudad para que las vendieran. En poco tiempo se agotaron y hubo que hacer más. Acudió a un sello discográfico que, atraído por la posibilidad de hacer dinero, quiso pagarle por hacer una segunda grabación. Sin embargo, pretendieron introducir variaciones en la música de McKennitt en busca de un resultado más comercial. La cantautora, claramente contraria a pervertir la esencia de su trabajo, devolvió entonces el dinero a la discográfica y recuperó los masters de las grabaciones que había hecho para ellos. Ante la actitud de los sellos discográficos, McKennitt fundó el suyo propio, Quinlan Road, con el que ha editado sus discos desde entonces.

En 1991 llegó a un acuerdo con Warner Music que constituyó un hito en la historia de la industria musical actual. Al conservar Quinlan Road todos los derechos sobre los masters de las grabaciones y ser la propia Loreena McKennitt la responsable de todo el proceso –creativo y empresarial–, Warner se limitó a la distribución global del producto. Sirva esta introducción como semblanza de una persona emprendedora, comprometida con su trabajo, quizá algo obsesiva con el control y, desde luego, poseedora de una imagen artística inseparable de su faceta de empresaria agresiva.

McKennitt actuó el pasado domingo 7 de julio en el ciclo Noches del Botánico tras haber llenado ya el recinto la noche anterior. Una de las características más sorprendentes de su música es el público tan heterogéneo que reúne: adolescentes, niños, ancianos y adultos; todos se congregaban en la apacible noche veraniega para escucharle interpretar, junto a su banda, los temas de su último disco Lost Souls (2018). No obstante, pese a los treinta y cuatro años de carrera a sus espaldas, la canadiense propuso un programa distribuido de forma algo irregular. Muchos temas clásicos y menos novedades de las que cabría esperar en una gira que lleva por nombre precisamente el título de su disco más reciente. Quizá McKennitt es consciente de que su último trabajo se encuentra varios peldaños por debajo de aquellos de los años 90, que forman su etapa más brillante. Y quizá el público también lo es. Los aplausos y ovaciones a la cantautora no fueron en ningún momento fríos, pues es la canadiense artista de público fiel y entregado, pero no puede negarse que el entusiasmo del respetable crecía por momentos según cantaba los temas más míticos de sus álbumes The Visit (1991), The Mask and Mirror (1994) y The Book of Secrets (1997).

Aunque la cantante se muestra continuista en el modo de configurar sus apariciones en público –mismo tipo de agrupación básica, mismos esquemas para comenzar y finalizar el espectáculo, etc.–, sí hubo un cierto número de novedades, como las apariciones de Ana Alcaide y Daniel Casares en calidad de artistas invitados, o el papel representado por Caroline Lavelle, violonchelista habitual de Loreena desde hace años y que en esta ocasión actuó también como vocalista a cargo de las segundas voces. Como seguidor de McKennitt desde los noventa, me agradó mucho escuchar canciones que nunca antes había oído en directo, como “Marrakech Night Market” o “Full Circle”, aunque la escasa plantilla instrumental que le acompañaba provocó que el resultado fuese un tanto hueco si se compara con aquellas ocasiones en que se rodea de un elenco más nutrido. Por otra parte, la voz de la cantante ya no está al nivel de hace años pero sigue teniendo esa capacidad asombrosa para cambiar radicalmente de extremo “afectivo”. Tan pronto suena increíblemente afilada como se vuelve susurrante y dulce. Y, desde luego, conserva la flexibilidad característica que le permite saltar a los agudos sin aparente esfuerzo. Los años han hecho merma en su resistencia física, pero estuvo sobre el escenario casi dos horas en las que no dejó de cantar, moverse y alternar entre el arpa, el piano, los teclados y el acordeón, lo cual es digno de encomio.

Ni mi compromiso con una crítica musical rigurosa y reflexiva ni mi condición de seguidor incondicional de McKennitt me permiten decir que fue un mal concierto. Sería mentir. También lo sería decir que fue perfecto, pues es evidente que Loreena no se encuentra ya en la cúspide de su carrera. Esperar de su creatividad algo mejor que aquello a lo que nos acostumbró en la década de los noventa sería adoptar una postura idealista e irracional. Quedan en ella y en su música muchas de esas cosas que un día me hicieron entrar en su mundo y no volver a salir. Por todas ellas valió la pena escuchar de nuevo en vivo a la que sin duda es la Dama Celta por antonomasia.

Álvaro Menéndez Granda

Fotografía: Festival Noches del Bótanico.

Publicado en julio 2019

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