Sencillamente, Verdi

Brindis y apoteosis para un noviembre en Madrid

MÚSICA, CHAMPÁN, DELICATESSEN...
Aida on Sidney Harbour

Alejandra Spagnuolo

POR FIN, VERDI
Y además en concierto

Víctor Sánchez Sánchez

LA ESCENA DORADA...
La ópera como sugerente de historia

Víctor Sánchez Sánchez

La traviata, Giuseppe Verdi. Teatro alla Scala de Milán (Italia), 17 de noviembre de 2015. Retransmitida a través de los cines Cinesa.

Aida, Giuseppe Verdi. Carlo Corombara, Amonasro; Anita Rachvelishvili, Amneris; Kristin Lewis, Aida; Fabio Sartori, Radamés; Matti Salminen, Ramfis. Dir. musical: Zubin Mehta. Dir. Escena: Peter Stein. Orquesta y Coros del Teatro alla Scala de Milán (Italia). Teatro alla Scala de Milán, temporada del 15 de febrero al 15 de marzo de 2015. Retransmitida a través de los cines Cinesa el 26 de noviembre de 2015.

Es innegable que las óperas de Verdi ocupan un lugar indiscutible en cualquier temporada operística, y seguirán contando con un gran número de adeptos, entre los cuales incluimos a aquellos que acuden a este tipo de espectáculos “a distancia” organizados por los cines Cinesa. Verdi se encuentra representado esta temporada de otoño con dos de sus grandes y más afamadas obras: La traviata (Venecia, 1853) y Aida (El Cairo, 1871).  

El martes 17 de noviembre se repone del marco de la programación del Teatro alla Scala de Milán la puesta en escena de la ópera La traviata, melodrama en tres actos basado en la obra de Alejandro Dumas hijo, La dama de las camelias (1852), que el libretista Francesco Maria Piave tuvo a bien adaptar. Se trata de la decimonovena ópera de Verdi, perteneciente a la trilogía popular formada por Rigoletto (1851) e Il trovatore (1853), compuesta a las puertas de la revolución de 1848. En ella se reconoce un alto interés por la gran ópera francesa –el gran espectáculo– y una distinguida variedad. Su argumento se aleja de la línea dramatúrgica de su producción, ya que no alude a hechos históricos, como en Nabucco (1842) o en Ernani (1844), ni representa grandes tragedias, como ocurre en Macbeth (1847). Este drama de carácter realista y de corte intimista muestra a un Verdi en el apogeo de su genio, y en él se manifiesta un equilibrio entre las prácticas italianas y una mayor coherencia dramática, proporcionando contenidos no sólo a la exhibición de los cantantes.

Narran las crónicas que La traviata se estrenó sin éxito en el teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853, puesto que la aclamada Fanny Salvini-Donatelli en el papel principal de Violetta –con su atimbrada voz de soprano lírico-spinto– no llegó a encajar precisamente en la interpretación de la protagonista. Violetta es castigada de sus pecados con la enfermedad, la separación y la muerte, algo que resultó poco creíble en la vigorosa apariencia de la soprano. Tampoco el tenor Lodovico Graziani (Alfredo Germont) ni el barítono Felice Varesi (Giorgio Germont, padre de Alfredo) consiguieron una mejor representación. El resultado fue el estallido a carcajadas por parte del público, una reacción absolutamente inesperada y opuesta al trágico final que la trama de la obra pretendía reproducir. Pero como toda buena historia cuenta con un final feliz, tras varias revisiones se volvió a representar en Venecia en 1854, esta vez en el teatro San Benedetto, con una aclamación rotunda con la interpretación de Maria Spezia-Aldighieri. Desde entonces, la popularidad de este drama de amor y muerte ha sido tal que ha formado parte del repertorio operístico estándar de los grandes teatros universales hasta la actualidad.

Desde un punto de vista musical, señalaremos en La traviata la participación activa del conjunto instrumental, lo que significa la superación de la orquesta de banda que el compositor acostumbraba a utilizar en sus óperas anteriores. Se vuelve una agrupación recíproca, con una sensibilidad encaminada hacia el color, que se convierte en el impulso de la voz, dejando de ser exclusivamente la almohada del canto. Los emotivos preludios de amor y de muerte como génesis y colofón del I y III acto, el archiconocido “Brindis” que ensalza la alegría y los placeres de la vida representados por las fiestas, y la moralidad de la historia –finalmente triunfante, ¡cómo no!– que encuentra su “efecto espejo” en el intenso discurso musical, sitúan a La traviata como una de las grandes obras del siglo XIX operístico. Con esta obra Verdi alcanzaba un estilo maduro, con una mayor credibilidad en la caracterización de los personajes y en las escenas dramáticas, así como una orquesta más importante y rica. No en balde figura como la ópera de Verdi más representada a nivel internacional.

Esta cadena de cines tiene también la gentileza de retransmitir a finales de noviembre la antepenúltima obra de Verdi, Aida, en el mismo enclave operístico que su segunda representación –y estreno europeo– en Milán en el año 1872. Aida es una de las óperas más clásicas, pero también más apoteósicas del catálogo compositivo del autor. A simple vista, puede parecer una marcha triunfal debido al gran desfile de masas sobre el escenario, acompañados de sus fastuosas escenografías y vestuarios, pero la ópera integra una caracterización dramática de los personajes, una intimidad tímbrica y melódica, y una ambigüedad de situaciones y conflictos internos que proporcionan un contenido psicológico profundo, todo ello con el exotismo en bandeja a orillas del río Nilo. A diferencia de La traviata, el estreno de esta ópera el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de la Ópera del Cairo fue grandioso, con todo lujo de detalles que no pasaron desapercibidos por aquel entonces, tal y como la corona de oro que lucía Amneris o las armas de plata que portaba Radamés.

En Aida están asimilados los procedimientos maduros de Verdi, quien trabajó concienzudamente en la síntesis de dos tradiciones operísticas diferentes: la práctica italiana y la gran ópera francesa. De este modo, se percibe un equilibrado maridaje entre la intensidad en la expresión italiana y el concepto de espectáculo muy en la línea de la producción operística de Francia, que se dan cita en esta ópera de dimensiones colosales. El libreto es algo enrevesado además de importante, ya que fue precisamente el argumento propuesto por Camille Du Locle lo que realmente convenció a Verdi a escribir la ópera, y no la fortuna de 150.000 francos que le ofrecieron por ella.

Esta obra supone una evolución de las voces lírico-spinto, cuyos personajes demandan una interpretación exigente no sólo armónicamente hablando, sino también desde una perspectiva teatral: Aida necesita para su papel protagonista una soprano claramente verdiana que posea una intensidad dramática y un lirismo íntimo para interpretar la división y contraposición de sus afectos en el drama. La reconocida Kristin Lewis cumple estos requisitos, junto con el exotismo de su propia raza; Radamés requiere a un tenor lírico-spinto que sepa interpretar la bravura correspondiente al héroe y guerrero pero que sea cálido en sus escenas con Aida; Amneris viene caracterizada por una mezzosoprano con voz potente y un buen registro agudo que represente uno de los roles dramáticamente más exigentes; y por último, un bajo verdiano para Ramfis, con amplia tesitura, y un barítono potente para uno de los padres de Verdi, Amonasro, que posea una excelente línea de canto y sepa limar los momentos de aspereza enérgica. El elenco de intérpretes seleccionados para esta representación posee una trascendencia y trayectoria en el repertorio verdiano más que sugerente y reconocida.

La abundancia y sucesión de duetos a lo largo de la obra, concatenados mediante motivos temáticos esenciales para el desarrollo de la trama, es característica en esta producción. La orquesta, con su textura amplia y variada, es responsable de una narrativa dramática que aporta un efecto de unidad y de profundidad, por lo que su importancia estructural es fundamental. El ballet no constituye un componente forzado, sino que es integrado plenamente en la obra, y las grandes masas hablan de diferentes temas, lo que nos permite entrever que la música se puede espacializar.

Para finalizar, estamos seguros de que muchos de los cinéfilos que acudan a la sala Cinesa el próximo 26 de noviembre, lo harán rememorando la película Aida protagonizada por Sophia Loren en 1953, poniendo rostro a la soprano Renata Tebaldi. En cierto modo, el trasfondo es el mismo: ópera en la gran pantalla.

Tamara Valverde

Fotografía: Ana Sánchez Juan.

     
     
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