Ciencias de la música

Resulta que los axones de nuestras neuronas y sus dendritas se activan desde hace millones de años para hacernos percibir eso que llamamos música. Algunos no pueden abandonarla en esas fatídicas, pero luego tan extrañadas, alucinaciones que nos explicó el viejo Sacks, a quien tanto echaremos de menos –pero no más que su siempre repleto buzoncito–. Otros dicen que se encuentra en los orígenes del lenguaje. Algunos la oyen de colores (sinestesia), otros se ven privados de ella (amusia) equiparándose a un mero ruido de cacerolas precipitándose en la cocina. En ocasiones trastorno, en su mayor parte bendición.

Mientras, el común viandante disfruta con sus melodías, consideradas como un burdo aspecto del ocio. Existen, aunque el ojo avizor se deba mantener alerta sobre las posibles incursiones de la pseudociencia, estudios científicos que describen los efectos de la música en el cerebro. No, no debe decirle a su hijo que es más listo que el del vecino por el mero hecho de haber estudiado un instrumento. Pero lo cierto es que un aspecto tan arcano en el ser humano se encuentra a menudo despreciado; le falta el aire. De esto ya se ha hablado, pero nunca es suficiente.

Lo uno viene rara vez sin lo otro. De la incorporación de la neurociencia en los programas de Musicología brotaría naturalmente una Historia y Ciencias de la Música –ese nombre con el que a todos se nos llenaba la boca antaño–. Existen excepciones en el campo de la medicina, pero, entre nosotros, el verdadero instrumento está, y parece querer morar allí eternamente, escondido entre los pliegues del cerebro. Muy de vez en cuando se verán músicos y musicólogos vestirse con batita blanca y visitar algún hospital. Los pacientes nos esperan, los médicos nos tienden la mano, los escáneres nos miran con curiosidad.

Y nosotros, mientras tanto, aturdidos por tanta cacerola destartalada…

Fotografía: The Red Men.

Publicado en febrero 2016

 

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