Sí-está

Tras una larga siesta, en ese momento en que no se tienen fuerzas ni para desperezarse, uno comienza a pensar tonterías, como qué pasaría si la fuerza de gravedad se invirtiera y comenzáramos a andar por el techo en lugar de por el suelo. Y uno sigue: me chocaría la cabeza con esa estantería, tendría que sortear los fluorescentes de la cocina… ¿y si me adelanto hacia el vacío que se extiende ante el dintel de mi puerta…? Y es que “La siesta de las cosas”, tal y como proclama Ángel González, no es más que el cambiar de forma, de aspecto, de lugar. Es también una hora, la de la suave indolencia de la sobremesa, en que las migajas de pan se convierten en simpáticos monigotes, irregulares esferas, castillos en el aire…

Muchas veces un cambio o una pequeña variación en el punto de vista es imprescindible para renovar fuerzas. Quién sabe si por este motivo los lugares de ocio por excelencia –el teatro, un auditorio, la sala de conciertos, un cine– nos impiden intencionadamente observarles desde su altura, obligándonos a un elegante contrapicado o a encaramarnos a la ficción desde las aéreas delanteras del “paraíso”, subrayando así un egoísta y comprensible “no querer compartir nada” con el mundo real.

La sorpresa, alegría, descanso y estímulo que producen estas excursiones es patente desde la unión de los sentidos en –¡casi paranormales!– fenómenos como la sinestesia, pero también en viajes hacia otras orillas: marinas, como es el caso del viraje significativo de Xoel López tras su travesía por América, o sensoriales, como la que produce el sabroso granizado de sonidos de The Sala & The Strange Sounds. La apertura espiritual hacia otros espacios de creación como la literatura, tal y como lo testimonian Chaikovski y Berlioz en su reinterpretación de Shakespeare, producen también nuevas y convergentes vías para la creación.

Concienciados –lo logremos o no– de esta necesidad de abrir puertas y cambiar puntos de vista desde nuestro primer número, les proponemos desde Síneris una modificación también en su perspectiva de la sucesión temporal: considerar el verano como una única unidad de tiempo, abrir la ventana con lecturas de hamaca, que miren al cielo y no a la pantalla, que todos volvamos renovados en la época en que las hojas también hacen lo propio.

Y, sobre todo, esperar y luchar porque este mundo que parece que se está volviendo también del revés, como en nuestra vigilia, –empezando por el menosprecio público de la institución que más puertas, tragaluces, rosetas, mirillas y ventanucos abre, la Universidad– no fuera más que un producto de aquella siesta, esta vez muy, pero que muy, mal dormida…

Ilustración: Mar Villar

Publicado en verano del 2012

 

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