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Si no lo veo, lo creo
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En música es común pensar que el cese de la escucha conlleva una pérdida definitiva de los estímulos que han surgido durante la ejecución, abandonando tras de sí retazos de sensaciones imposibles de recuperar. Un gran drama para el arte romántico por antonomasia. Y en verdad es especialmente molesto cuando uno se duerme en un concierto –por mucho que haya gente, como mi padre, que sostenga que no hay sensación que iguale a la de despertarse en la butaca de un teatro en el momento de la entrada de la marcha de las Walkirias–, o si, sin dormirse, la cabeza está entretenida en el galimatías interior de obligaciones y demás pensamientos oscuros que empañan la receptividad que uno debería asumir ante el arte. Intensos mundos internos que hacen que uno se pierda, tanto en el interior de la obra –descuidando el amado sudoku del musicólogo: ¡la forma!–, como en el transcurso la interpretación –con enormes remordimientos para el “crítico”– o del ambientazo de bailoteo y disfrute que preside una sala rockera o festivaleira. Y pocas sensaciones hay tan desagradables como la de aterrizar detrás un “subidón” –abundantísimos aunque normalmente nadie lo crea también en música clásica– y verse obligado a copiar con agrio disimulo los sentimientos del de al lado.

Sin embargo, en Síneris venimos sorprendiéndonos desde hace algún tiempo de los esfuerzos de la música por permanecer, por labrar los huecos de la sensibilidad que ella misma ha cavado, con insistencia y alevosía; compensándonos aquellos momentos en que quizá nosotros no la habíamos escuchado con la atención requerida. Y no se refiere esta revista de musicología a la tradicional controversia de la permanencia o no de la música en la partitura. No, el arte supremo de Hoffmann no se inmortalizaría de una manera tan trivial ¡sino todavía muchísimo más! Y si no fíjense en qué momentos ocurre su retorno: una palabra vista mientras maquetabas la web te martillea durante toda su realización, –“banda” (“La mia banda suona il rock”, encima en versión de Laura Pausini)–, un gigantesco bloque de piedra vertical te recuerda al Así habló Zaratustra por la escena de 2001: Odisea en el espacio, grandes salas que albergarían sobradamente los treinta y dos fouettés de Don Quixote te imprimen su vivaz cantilena en tu cabeza, una mañana soleada que sugiere que vas a tener un buen día (“Have a nice day”)… Pero lo más impactante es cuando la música adivina tu estado de ánimo. El nivel de cansancio puede ser sospechoso si se recita internamente “Susanna, son morta, il fiato mi manca…”, y ¿qué pensar si se canturrea entrega de la rosa de Der Rosenkavalier tras aquella fortuita mirada del desconocido del metro? Incluso la prisa tiene su reflejo en la acelerada obertura de Las bodas de Fígaro cuando quieres llegar lo antes posible a ese lugar… Y uno refunfuña en su interior “¡Si anda! ¿De verdad deseo tan fuertemente alcanzar lo antes posible, día tras día, a ese rincón desangelado?” Para concluir: “Pues debe de ser que sí…” que se convierte al rato en “(¡Suspiro!) Sí, definitivamente sí”.

Y así resulta que la música, compuesta de vibraciones que por su pureza se distinguen del ruido, es más lista que nosotros, multiplicando sus benéficas cualidades por todas sus artistas: cuanto más repertorio se tiene más preciso resulta el diagnóstico. Por tanto, en estos tiempos que corren, aproveche esta gratísima noticia, escuche música, haga conscientes estos consejos provenientes del más allá, concierte una y mil citas con ella, ahórrese la del psiquiatra.
Hágalo siempre, sobre todo, recordando que no merece la pena irritarse por el pasaje perdido, chistar esa tosecilla inoportuna o reprimir aquel sincero aplauso que “ensucia” el ambiente entre movimientos. Coma mandarinas en la ópera, deje a la gente canturrear si se la sabe… Porque nunca la perderá para siempre.

Ella volverá.

Publicado en mayo 2012

 

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