Visite Sinerisia

Imagínese, querido lector, un lugar donde se hable cantando, donde la música sea la tediosa rutina. Donde se pidan las cañas cantando un aria y donde los anuncios del metro sean interpretados por vibratos de cantantes heavy. Aparte de una garganta prodigiosa, los protagonistas de esta historia probablemente no serían conscientes de la originalidad de su situación.

No en vano estos señores abarrotarían las salas de conciertos para escuchar extasiados lo sublime de la prosa recitada con voz monótona. En las discotecas, el perreo se produciría con italiano narrado aunque no faltarían fans del alemán. El traqueteo del tren sonaría a un concierto renacentista y la estentórea bocina al pasar el cruce a una viola da gamba, eso sí, afinada. Por supuesto las viviendas situadas cerca de estos lugares tendrían un precio muy módico. Los más indies escucharían euskera, y una caterva desaforada de groupies quinceañeras se abarrotarían frente al hotel de un algo desafortunado narrador de chino mandarín. Demasiado mainstream para los diletantes del finés, que se congregarían en Tribunal para acudir a un concierto con su mocca latte en mano.

Este mundo, al que en un alarde de originalidad llamaré Sinerisia, tiene un problema: el baile. ¿Cómo diantres quieren bailar con prosa? ¿Con la poco rítmica prosa? Se lo digo yo, no pueden. Este problema es un continuo en la obra de sus eruditos antiguos y contemporáneos. Y es que ballets como El Quijote, donde un señor lee a Cervantes mientras otros se mueven con movimientos desnaturalizados y poniendo caras de estar cortando una cebolla peleona, es sin duda un espectáculo que no deseo a nadie.

Cuentan que en cierta ocasión una señora con rulos en la cabeza pidió una barra gallega en la panadería de su barrio cantando la quinta de Beethoven (“Barra de paaaaan, barra de paaaaan…”, ya se imaginan). Esta escena no sería nada excéntrica en Sinerisia si no fuera porque la acompañó de unos elegantes saltitos. Desde entonces se declaró la ilegalidad de saltitos, pataditas e incluso fouettés en todo el ámbito nacional, dado lo peligroso que resultaba para la sociedad.

Yo sin duda prefiero nuestro mundo, donde puedo escuchar la música cuando me apetezca. En la cola del súper increpo con ritmo desigual a las señoras que se cuelan cuando abren la caja de al lado poco antes de que sea mi turno. En él puedo bailar, eso sí en privado, escuchando tanto a Mozart como a Iron Maiden. Y es que los bailarines se mueven con algo más de gracia si les dan un patrón detrás. Pero he ahí la riqueza de la variedad, ¿no les parece? Hay quien va de vacaciones a Sinerisia y vuelve encantado. Llámenme cerrado, pero como en el mundo prosaico, en ningún sitio.

Ilustración: Olga S. Ortiz.

Publicado en enero 2015

 

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