De sordomudos y ambulancias

Tenía 12 años e iba a ir con unos amigos a un cine de Gran Vía, debía ser la primera vez que lo hacíamos solos y lejos de casa, porque lo recuerdo con gran excitación. Al acabar nosequépeli, fuimos a acabar la tarde al Kentucky Fried Chicken de enfrente. Mientras andábamos zampando una ensalada americana y comentando alguna escena, comenzamos a notar que en el sitio pasaba algo raro. Ya saben la barbaridad de ruido que se acumula en estos lugares, pero en este caso todo estaba extrañamente silencioso. En el centro del local, con 6 ó 7 mesas juntadas para la ocasión, una veintena de sordomudos mantenía una animada conversación, unos con otros, sin emitir un solo sonido.

Ya saben la fascinación que producen este tipo de pequeños acontecimientos en la gente. Somos demasiado vulnerables a la novedad. Todos miramos mucho. Todos comentamos más. Todos comenzamos a hablar bajito como si pudieran molestarles por nuestro tono de voz o cometiéramos algún tipo de acto sacrílego al pronunciar palabra.

En un momento dado, una chica se levantó e hizo unas pocas señas al grupo, supongo que diciendo que iba al baño o qué se yo; todos se rieron con los cuatro movimientos de manos que hizo. En el momento justo en el que ella desaparecía por la puerta, todos (y digo todos) se pusieron a hablar automáticamente. Los dos de la esquina que llevaban un rato gesticulando pararon sin el menor aspaviento y siguieron hablando con normalidad. Los tres del centro, supimos entonces, estaban hablando de un partido de fútbol y el resto contaban anécdotas de un viaje. La única sordomuda era ella. La chica del baño.

No sé por qué me emocioné tanto, supongo que esos alardes de ¿humanidad? ¿civismo?, no sé, de lo que sea, me atontan. Me pasa algo similar con las ambulancias. No deja de maravillarme que cuando vamos en coche haciendo piruetas por los atascos de Madrid, despotricando contra todo bicho de dos patas que se nos cruza, de repente suene una sirena y el mundo se pare para dejar pasar a alguien que va a ayudar a otro alguien que lo necesita.

Es de una sencillez apabullante.

Que sí, que ya sé. Que qué infantil. Que mucho civismo pero luego siempre está el listo de turno que se mete tras la ambulancia a seguir su estela… Si ya, pero no puedo evitar pensar en la chica del baño o en el casi heroico silencio previo al inicio de un concierto en el Auditorio. Dos mil personas (con inevitables excepciones) se reúnen con la esperanza de que esa noche acontezca la belleza. Una belleza discreta, que no sale en las noticias, pero que a su modo, como aquel “que acaricia a un animal dormido”, que decía Borges, está “salvando el mundo”.

Publicado en febrero 2013

 

Autor

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies