Yuri Ananiev: inmigrante eminente

“Hay que desarrollar a los alumnos como personas”

Nos habíamos citado en una terraza de la céntrica calle de Santa Engracia, muy cerca de la Glorieta de Cuatro Caminos. Yuri llega muy puntual, va muy bien trajeado, cuidadosamente combinados los colores de su atuendo. Elige el mejor sitio, el más apartado y silencioso.

Extraordinario músico y pedagogo del piano, doctor en filosofía, amante de la ciencia-ficción y un eterno enamorado de España, Yuri Ananiviev comparte con nosotros su sabiduría.

¿Quién es y de dónde vino Yuri Ananiev?

Nací en Kaunas, Lituania, mi padre era médico militar, y mi madre era profesora de inglés e intérprete de tres idiomas, cantaba y tocaba el piano aunque no profesionalmente. Gracias a ella me interesé por el jazz, la opereta y la música ligera. Mi profesora de piano me prohibía tan solo mirar este tipo de música [se ríe]… a escondidas tocaba Strauss, Kalman y Duran, y otras cosas de oído, o improvisaba.

Luego nos trasladamos a Batumi, Georgia, al lado de Turquía y a orillas del Mar Negro. Tiene un clima sub-tropical privilegiado, mi pasión por el mar y las altas temperaturas viene de allí. Amo la vegetación sub-tropical, como la de Andalucía; es mi entorno, mi inspiración.

¿Niño prodigio?

No lo sé. He tenido una infancia y una juventud muy felices, aunque estudiaba mucho. Terminé bachillerato con Medalla de Plata, (notable en una asignatura, sobresaliente las demás); y la escuela media musical con Diploma Rojo: un 5 [máxima nota en Rusia] en todas las asignaturas.

Realicé mi primer recital de piano a los 12 años de edad, y ya con 16 tocaba con orquestas sinfónicas los conciertos de Grieg, el segundo de Rajmáninov o la Fantasía de Arensky sobre temas de Riabinin. A los 19 años me trasladé a Rusia; en Moscú recibí clases de Dimitri Bashkírov, Eliso Virsaladze y Yákov Milshtein, grandes músicos y excelentes pedagogos… les debo mucho.

Y en Nizhny Nóvgorod, una ciudad cerrada que en tiempos soviéticos se llamaba Gorki, recibí mi formación superior de piano y el postgrado en música de cámara.

La ciudad estaba cerrada a extranjeros porque había unas enormes fábricas de armamento y de equipos militares en general. Se hacían, aviones, barcos… era parte de la industria más pesada de la época soviética.

Pide permiso para encender un pitillo, disfruta cada calada…

Invita a un trago… vodka ruso, ¿cómo no? Brindamos, según la costumbre rusa, por el encuentro.

Gorki es la tercera capital en importancia, después de Moscú y San Petersburgo (antes Leningrado). Allí me enamoré y me casé… tuvimos un hijo: Filip, que ahora trabaja en la banca francesa.

¿Tu primer trabajo?

Entre los años 1975 y 78 estuve trabajando como pianista acompañante de las clases de instrumentos cuerda, en el mismo conservatorio donde me gradué y, simultáneamente, en la escuela de grado profesional como profesor de piano.

[pausa]

¡Añoro aquellos tiempos!, la vida cultural de esa ciudad era muy rica. En mi época se hicieron estrenos de obras musicales muy importantes, por ejemplo de Shostakóvich, Schnitke y Gubaidúlina. Todos ellos estaban prohibidos por el régimen soviético. Y luego, solistas maravillosos pasaron por esos escenarios: Richter, Spivakov, Kremer, Bashmet, Pletniov, Rostropóvich… ¡los más grandes!

Llegué a ser vicerrector de asuntos científicos y relaciones extranjeras en el mismo conservatorio, y daba clases de tres asignaturas: Piano, Filosofía e Historia de la Cultura. Y entonces era también responsable de Cultura y Educación en el Kremlin de Nizhni Nóvgorod (que también tiene el suyo).

También acompañé durante mucho tiempo al Coro Masculino de Nizhniy Nóvgorod, hicimos gira por toda la URSS, en 1980 participamos en las Olimpiadas,  grabamos para la Televisión Central; recuerdo que yo tocaba en un piano Steinway rojo… [carcajadas]. Durante 10 años trabajaba como pianista en el Estudio de Opera con maravillosos cantantes reconocidos en el país. De allí proviene mi “debilidad”: me gusta a acompañar a cantantes. Y en España, claro, sigo haciéndolo.

En Rusia existe una tradición muy arraigada de coros masculinos; es curioso que las voces más frecuentes sean las más graves, mientras resulta difícil encontrar suficientes tenores. Son especialmente llamativos los coros eclesiásticos; en las iglesias ortodoxas las voces graves –que se llaman “octavistas” porque cantan una octava por debajo de lo usual– resuenan de manera espeluznante.

 

Pero tenías otros intereses…

Muchos, algunos profesionalmente. Tenía especial predilección por la estética, por la filosofía en general. Comencé a visitar un Círculo de estudios filosóficos, sucursal de la “Academia Pan-rusa de Investigaciones Humanas” en San Petersburgo, de la que conservo el carnet de miembro. En el año 1983 defendí mi trabajo de “candidato a doctor” [equivale a doctorado] en Filosofía.

Participé en muchos simposios filosóficos y en un congreso mundial que tuvo lugar en Moscú. Tengo escritos más de 70 artículos para revistas especializadas, algunos de los cuales están ahora en el Banco de Datos Científicos y en la Biblioteca Estatal Rusa (antes Lenin)de Moscú. También publiqué dos manuales sobre Historia de la Cultura y un libro relacionado con mi tesis post-doctoral.

En Rusia, para defender el post-doctorado hace falta experiencia, docencia, ponencias y publicaciones. No es posible cursar un post-doctorado inmediatamente después del doctorado.

¿Qué tema elegiste?

El título de la tesis, propuesto por mi tutor, La cultura como integradora de la sociedad. Se basa en el origen de la cultura y su desarrollo hasta nuestros días.

¿Cómo lo explicas?

[se queda pensando]

Es evidente que la cultura es el único modo de existencia de un ser humano, lo forma y, simultáneamente, le da herramientas para conocer el entorno. Según mi visión, hay cuatro pilares en la cultura primigenia y actual: la Filosofía, basada en el intelecto; el Arte, en la emoción; la Religión en la voluntad y el Mito en el instinto o el subconsciente. Así se transforma la cultura y un ser humano, evoluciona… ¿o degrada? Todo esto, en 350 páginas [carcajadas].

¿Por qué España? ¿Por qué Madrid?

En el año 1991 llegó a Nizhni Nóvgorod el ballet de Luis Rufo, con un programa que resultó ser novedoso e interesante. Yo escribí la crítica. Luego volvieron con Carmen Fiction, acompañado por la música que el compositor ruso Shchedrin hizo sobre la de Bizet; un genial arreglo, o modernización, especialmente ideado para el ballet.

La modestia de Yuri hace que tengamos que “sacarle” alguna información con esfuerzo. Habla inglés, francés, italiano y español, además del ruso y georgiano que son los de “andar por casa”. Con la compañía de ballet trabajaba en inglés.

Yo ayudaba en el montaje del espectáculo y las traducciones; el año 1992 hicimos una gran gira por España, teniendo base en Marbella. España me recordaba a Georgia y me gustaba el clima, la vegetación, el mar, y sobretodo la gente y su “modus vivendi”. Se me ocurrió la idea loca de vivir aquí.

[me mira fijamente… ¿buscando aprobación?]

Fue una idea obsesiva, dejé todo, decidí que necesitaba este cambio de vida. Pero no todo salió bien… Lo primero: mi mujer no quiso quedarse en condiciones de inestabilidad, me dijo: “No entiendo que teniendo una carrera tan brillante lo dejes todo”.

Los comienzos fueron duros. Las personas que me habían invitado a trabajar aquí me engañaron, no tenían lo que decían. No pude conseguir el permiso de trabajo. ¡Fue harto difícil!

Ya viviendo en España me ofrecieron fundar y dirigir la cátedra de Historia de la Cultura en Instituto Universitario de Arquitectura y también el Departamento de Relaciones Exteriores del Kremlin en Nizhni Nóvgorod. Preferí España… No me arrepiento, vivo donde me apetece y donde me gusta vivir, además aquí me encontré a mí mismo.

¿Son cosas del pasado esos tiempos difíciles? ¿qué haces en la actualidad?

Desde 2004 trabajo con Katarina Gurska [al lado de nuestro lugar de encuentro]. Desde hace tres años trabajo en dicho centro, de nivel superior reconocido, y esto me ha dado discípulos muy interesantes. También tengo alumnos de máster y soy tutor de sus trabajos de fin de carrera.

Mientras aquí el nivel crece, en Rusia se dice que ha bajado considerablemente, cosa que me duele.

También la poesía y la ciencia-ficción te interesan…

Es algo por lo que me he interesado desde mi niñez, mi doctorado también está relacionado con la ciencia-ficción, con su ideas futuristas positivas y negativas de un ser humano y la sociedad.

Mi acercamiento a la traducción de la poesía española al ruso está relacionado con mi amistad con el poeta George Margi, publicamos un libro.

¿La educación musical en España?

¡Uff…! Es un poco fragmentaria, me parece que no tiene metodología en líneas generales. Digo fragmentaria porque solo muestra partes aisladas de la ciencia musical. A la mayoría de los pianistas, por ejemplo, les falta desarrollo cultural, les falta imaginación y fantasía.

Por otra parte, ¡ojalá hubiera en Rusia tanto talento y tanta gente tan musical! Por suerte, el nivel sube cada año, menos mal…

¿Cómo mejorarla?

Saliéndonos un poco de la esfera profesional y de la técnica en el sentido más amplio. Yo me mantengo en profunda comunicación con mis discípulos, los invito a leer, a comparar cuadros, imparto la asignatura de interpretación al piano. Me involucro en la vida de cada alumno, en sus sentimientos y experiencias, en la interpretación. Para mí cada intérprete es un intermediario entre la música cósmica y el público: mientras más rica es la persona, más rica es la información que puede sacar y transmitir. Hay que desarrollar a los alumnos como personas, sobre todo.

Nos despedimos casi a medianoche con la inmensa satisfacción de haber compartido tanto conocimiento… Porque Yuri es un compendio de sabiduría, un inmigrante eminente que se enamoró de nuestra cultura. Fue una tarde-noche muy enriquecedora, difícil de olvidar. Esperamos compartir más en un futuro, sin ficción.

Zoraida Ávila Peña

Publicado en febrero 2016

 

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