Frío rencuentro de una guitarra y una voz legendarias Escúchalo en Spotify

Raimundo Amador y Kiko Veneno, por separado

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Raimundo Amador y Kiko Veneno. Fiestas de la Primavera. L'Hospitalet de Llobregat. 19 de abril de 2013. The Project.

Pasaban diez minutos de las nueve y media cuando Raimundo Amador apareció sobre el escenario del espacio multiusos La Farga, en el corazón del área metropolitana de Barcelona, L’Hospitalet de Llobregat. La expectación por ver juntos al dúo que durante los setenta fusionó el flamenco con el blues y el rock e influyó notablemente en los artistas que los sucederían era creciente. Sin embargo, Kiko Veneno anunció en los días previos al evento que cada artista actuaría por separado sin que ello arrebatase a los presentes el deseo generalizado de rememorar tiempos pasados: “Quizás alguna colaboración cae”, decía alguien de entre el público. No fue así.

El largo y tendido aplauso que recibieron Amador y el resto de integrantes de su formación en cuanto saltaron al escenario se oyó desde las inmediaciones del recinto. Le acompañaban los habituales durante el último año: Lin Cortés a la guitarra acústica, el experimentado bajista Pepe Bao –O’Funkillo– , la jovencísima promesa de El Ferrol Miguel Llanos a la batería y el hijo de Raimundo, Mundy Amador, a las percusiones menores. El protagonista de la primera mitad de la velada iba y venía, ataviado con su inseparable camiseta negra de manga corta, unos vaqueros oscuros y una de las dos guitarras eléctricas que utilizó. Sencillo como siempre. Y cómodo, muy cómodo, tanto con la vestimenta como en lo que a interpretación musical se refiere.

Reza una de sus canciones, con gran acierto, “mitad hombre, mitad guitarra”. ¡Para qué negarlo! La guitarra era la quinta extremidad del sevillano, desprendiendo naturalidad y espontaneidad desconcertantes. Cuando sube a las tablas da la sensación de que nos lleva a su casa, nos enseña la habitación donde duerme, la cocina, el comedor… y él, mientras, se pasea. Porque se movió de un lado a otro sin parar, dando instrucciones a los técnicos de sonido, cantando, jugando y dialogando con sus músicos o acercándose al público para que observara a escasos metros la maestría en la digitación de sus espectaculares solos de guitarra. Pepe Bao no se quedó atrás. La velocidad que imprime a los dedos en sus improvisaciones, un vibrante slap, las ruedas de ocho y cuatro compases con Amador, los múltiples juegos de pedales y unas cuantas brillantes líneas de acompañamiento por cada corte sirvieron para dar sentido al universo sonoro que se estaba cuajando. Pero vayamos por partes.

El setlist elegido resultó acertadísimo. Un repaso general a sus más de 35 años de carrera combinado con una retahíla de menciones, citas, guiños y homenajes a quienes siempre ha considerado como principales referentes. Hubo tiempo para versionar “Red Baron” del maestro Billy Cobham, para apuntar hacia Camarón en algunas ruedas más aflamencadas o para homenajear a BB. King, con quien compartió escenario y giras en varias ocasiones. Por supuesto, se pudo disfrutar de los éxitos del grupo que formó con su hermano Rafael Amador, Pata Negra –“El blues de la frontera”, “Lunático” o “Camarón”, por ejemplo–, y también de sus principales éxitos en solitario, “Candela” o “Ay qué gustito pa’ mis orejas”. Así, dentro del amplio abanico de estilos que maneja el ecléctico guitarrista se decidió por seleccionar un repertorio mucho más enfocado al funk (con Pepe Bao al lado no había discusión posible) y al blues con tintes hard rock. Sin duda pretendía encender al público y lo consiguió.

No obstante hubo problemas con la ecualización, especialmente en la primera parte. La batería eclipsaba los bongos y el cajón flamenco. Incluso se llegó al acople de ciertos micrófonos durante el “Blues de la frontera”, hecho que desencadenó leves silbidos. En cuanto a la acústica, tampoco les acompañó la estructura de la sala. La excesiva reverberación, junto al efecto hueco, incomodaba a músicos y oyentes a partes iguales. Pero Raimundo se puso manos a la obra y supo deshacer el entuerto. Hipnotizó progresivamente a un público que, si bien empezó frío e impaciente, acabó por aclamar y ovacionar la enorme faena en el último tema que ejecutaron, el más conocido de Amador en solitario, dedicado además al papel de fumar: “Bolleré”.

Dos detalles sorprendieron. En una de sus últimas entrevistas se le preguntó a Raimundo si prefería la guitarra española o la eléctrica. Su contestación fue que dependía del contexto, en una sala de conciertos elegiría siempre la eléctrica. Y de hecho no cogió ni una sola vez la guitarra que lo catapultó a la fama. Por otra parte, además del citado “Bolleré” Amador tocó un clásico de Kiko Veneno, “Pata palo”. Se esperaba que en ese momento saliera a escena el inclasificable artista de adopción andaluza, pero no fue así. Ni siquiera lo nombró. Pasaban de las once cuando Raimundo Amador se despidió agradeciendo al público su asistencia. La “guitarra legendaria” no volvería a pisar el escenario.

Entre ambas actuaciones se cambió la disposición de los elementos en el escenario y la totalidad de los instrumentos, batería incluida. No se compartió absolutamente nada entre las dos bandas. Hacía un mes que Kiko Veneno había presentado su nuevo disco, Sensación térmica. Aun así, exhibió un repertorio lleno de clásicos y con altas dosis de rumba y pop. Quince minutos de trabajo de los técnicos bastaron para que la formación de Veneno sonara a un nivel óptimo de ecualización entre graves y agudos. La adaptación de este conjunto a la acústica de La Farga superó, con creces, la que gozaron sus predecesores. Estaba compuesto por guitarras acústicas, bajo y contrabajo eléctricos, batería, flauta travesera, corista, palmera, teclados y una variada representación de percusiones menores. Fue destacable la colaboración del trompetista valenciano de jazz David Pastor, especialmente acertada su aportación en “Malospelos”, y el buen hacer del guitarrista Raúl Rodríguez, muy activo y comunicativo. Empastados y correctamente nivelados. Ahora bien, el músico de Figueres, menos natural que Amador hasta en el vestimenta, ya no transmitía como antaño. Sus maravillosas composiciones gozan del beneplácito del público que se rindió ante el modélico ritmo de rumba. Su voz no ha perdido un ápice de burlonería ni de descaro, sigue siendo “la voz legendaria”. Sin embargo, la monotonía invadió algunos de sus clásicos, al mismo tiempo que interactuó con el auditorio de un modo que quizás en ciertos foros se entendería por anticuado, como que el oyente repita hasta la saciedad una frase que recita el cantante.

Al igual que había ocurrido en la actuación de Raimundo Amador, el tercer tema que interpretó Kiko Veneno “Los delincuentes”, de 1977 (cuando ambos compartían proyecto), era apto para una participación natural del guitarrista cosa que, a pesar del deseo de muchos, no sucedió. Con gran criterio, eligió concluir con “La rama de Barcelona” y terminó de meterse al público en el bolsillo. Corearon insistentemente el nombre del cantante, que dio también dos propinas, los éxitos “En un Mercedes blanco” y “Volando voy”.

Entrada la madrugada concluyó el acontecimiento de dulce sabor por haber presenciado un concierto lleno de canciones que han marcado una época pero, a su vez, con un cierto regusto amargo: un frío rencuentro sobre el escenario siempre lo padece quien paga la entrada y espera que se le regale alguna sorpresa.

Àlex Fernández Cardenete

Fotografía proveniente de: http://www.tvs-videos-latinos.net/wp-content/uploads/2012/08/TVS-Videos-Latinos-Kiko-Veneno-y-Raimundo-Amador-Joselito.jpg (portada), y http://www.efeeme.com/wp-content/uploads/veneno-18-09-10.jpg

     
     
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