Crítica
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Escúchalo en YoutubeUna velada con la ORCAM en el Auditorio Nacional

Juventud en la tarima y una página musical de gran talento

Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Fragmentos del Satiricón de Fernando Buide del Real; Flos campi de Ralph Vaughan Williams; Sinfonía nº 5, de Ludwig van Beethoven. Director: Lorenzo Viotti; viola: Iván Martín. Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, 5 de octubre de 2015

La Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid ofreció el pasado lunes 5 de octubre un concierto tremendamente variopinto en lo que a programación se refiere, ya que se interpretaron tres composiciones que estilísticamente están muy alejadas. Sin embargo –y a pesar de que un simple vistazo al programa invitaría a pensar que igual las obras elegidas no pegan mucho una al lado de la otra– lo cierto es que, una vez finalizado el evento, uno se da de cuenta de que la realidad es bien diferente. Al final de estas líneas se darán cuenta del porqué de esta afirmación.

El compositor gallego Fernando Buide del Real (1980) fue el encargado de dar el pistoletazo de salida. Tan sólo dos días antes tuvimos la ocasión de escuchar la música de este autor en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde su estreno de la obra de cámara Nocturnal gozó de una acogida muy positiva. En esta ocasión, la ORCAM puso sobre el atril la partitura de Fragmentos del Satiricón, una página musical de gran talento con la que Buide se convirtió en el flamante ganador en 2013 de la séptima edición del premio que concede la Fundación BBVA y la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS). Además de la dotación económica y el inmenso reconocimiento que supone recibir un galardón de estas características, lo más interesante –tanto para el compositor como para sus seguidores– es la garantía de que la obra ganadora será interpretada por todas las orquestas de España que integran la AEOS durante las dos siguientes temporadas; de esta forma se convirtió Buide en el compositor español vivo más programado durante la franja 2014-2015. Todo esto, unido a la meteórica carrera que le precede y avala, con estrenos en Europa y Estados Unidos y de la mano de agrupaciones tan destacadas como la Sinfónica de Pittsburgh, la Sinfónica de Minnesota o la Sinfónica de Galicia, hace que pensemos que posiblemente estemos ante uno de los compositores que marcarán el devenir musical de nuestro país, por lo que debemos estar atentos y seguir sus pasos en un futuro que no ha de ser muy lejano.

La obra está inspirada en el Satiricón de Petronio, aunque se tiene también en cuenta la interpretación libre y surrealista que el gran Fellini llevó al cine en 1969; dos fuentes con las que el autor consigue, según él mismo nos cuenta, “crear un conglomerado de ideas diversas, como las peripecias que ahí se narran, y así obtener un fresco coherente a través de la multiplicidad de personajes y emociones que se sitúan en la obra”. Además, continúa Buide, “pretende recoger el carácter tumultuoso y abigarrado de la novela y se hace eco de lo fragmentario del texto preservado hasta nuestros días. Su narrativa fluctúa entre momentos más solísticos e improvisados, de ritmos desdibujados, frente a secciones climáticas de toda la orquesta donde ostinatos rítmicos superpuestos contribuyen a articular momentos de mayor tensión y dureza”. Estamos ante una música que nace de elementos sencillos que poco a poco van configurando un estructura compleja pero bien definida y clara, y es que la forma y las preocupaciones arquitectónicas son esenciales para este compositor, quien no se cansa de afirmar que “la sostificación técnica de la arquitectura de una obra no tiene por qué estar reñida con su claridad sonora y puede verse reflejada en una enorme sencillez de percepción por el oyente”.

Es verdad, y aunque las descripciones que acabamos de ofrecer sobre la pieza pudieran dar a entender que la escucha es compleja y únicamente para oídos instruidos, nada más lejos: estamos ante un compositor que domina de forma magistral el timbre orquestal. La obra es un constante juego de sonoridades en la que se van entrelazando momentos de calma con momentos de alta tensión; se exploran los límites de algunos instrumentos como el clarinete, utilizado en sus tres derivaciones básicas (requinto, clarinete soprano y clarinete bajo), pero no para conseguir una modificación del color, sino para ampliar el ámbito sonoro de esta familia; las variaciones de dinámica crean unos contrastes deliciosos que dotan a la obra de mayor interés; y, finalmente, nos encontramos con la flauta como el instrumento generador del timbre, ya que a través de ella se construye el entramado auditivo de la composición. Si a todo esto le añadimos un pequeño toque tribal en la percusión y un elemento solista y virtuoso de gran calidad, obtenemos un resultado que es bien merecedor del éxito que se le ha reconocido.

Lástima que este compositor haga también honor a la expresión de que nadie es profeta en su tierra, pues se encuentra en una situación laboral un tanto sorprendente. Quizás sea el resto del mundo el que está equivocado y tengan razón “los que saben” de composición en Galicia al pensar que el reconocimiento es infundado y merece ser profesor de informática musical en lugar de composición. Si es así, el que firma estas líneas prefiere seguir equivocado y hacerle caso al resto del mundo.

La segunda obra interpretada fue escrita por el inglés Ralph Vaughan Williams (1872-1958), y lleva por título Flos campi. Se trata de una suite (aunque no en su sentido más estricto) para viola solista, pequeño coro y orquesta, dividida en seis movimientos o secciones que se tocan sin interrupción. Sería un error definirla como un concierto para viola o una composición para coro, ya que cada uno de estos dos elementos, siempre en consonancia con el conjunto acompañante, juega un papel fundamental que crea un entramado de retroalimentación constante: la viola es el hilo conductor de toda la línea musical, pero nunca llega a levantar la voz en relación al coro y al resto de los elementos sonoros; por su parte, la masa coral canta, pero sin palabras, lo que hace que esta agrupación vocal asuma el rol de un instrumento individual que se expresa por medio de sílabas y murmullos. La obra está marcada por una fuerte musicalidad y un gran lirismo que en ocasiones, y gracias al manejo del coro, llega a estremecer al auditorio. La presencia del elemento religioso es incuestionable, lo que hace que el conjunto sonoro resulte todavía más solemne. Sin embargo, todos estos elementos se van desarrollando de una forma tan monótona y en cierta medida repetitiva que hace que su escucha, sobre todo en los momentos finales, acaba resultando un tanto tediosa, hecho que tampoco acaba por desmerecer su evidente calidad técnica.

Iván Martín, miembro del bien conocido Cuarteto Bretón, fue el encargado de hacer sonar su viola en la composición que acabamos de esbozar, ofreciéndonos una interpretación clara, limpia y muy técnica que en momentos puntuales nos dejó destellos de una gran musicalidad que no acabó de mostrarse en todo su esplendor. Con todo, fue capaz de hacer valer el papel que su instrumento tiene en la obra, hilando perfectamente los momentos puramente orquestales con sus pasajes virtuosísticos e integrando el elemento vocal en la masa instrumental de una forma sublime. El coro, por su parte, hizo gala de una gran sensibilidad, con una interpretación equilibrada de la que debemos destacar su esfuerzo en crear unos contrastes dinámicos que en ocasiones fueron sobrecogedores y contribuyeron a paliar parte de la monotonía que caracteriza a la obra.

Después de la correspondiente pausa, la orquesta interpretó la Sinfonía nº 5 de Beethoven, una obra tan conocida y difundida que no necesita más comentarios al respecto, ni sobre los cuatro movimientos que la conforman ni tampoco acerca de su tema principal, que ha servido de inspiración a muchísimos compositores posteriores, algunos tan destacados como Johannes Brahms.

Durante el transcurso de todo lo que acabamos de describir, nuestra mirada no dejaba de dirigirse, de forma casi irremediable, a la tarima, pues en ella, además de un talento demoledor, había una juventud y una vitalidad de la que no recordamos muchos precedentes. El italiano Lorenzo Viotti, con tan solo 25 años, se puso al frente de la agrupación y demostró por qué en 2013 se proclamó vencedor del Concurso Internacional de Dirección de la Orquesta de Cadaqués. Esta joven promesa destaca por la enorme dosis de energía que transmite a los músicos, al tiempo que es portador de un vastísimo conocimiento de la técnica y un gesto sublime. Evidentemente, se trata de un maestro en formación, pero, al igual que ocurre con el compositor Fernando Buide, será interesante seguir sus pasos, ya que posiblemente en pocos años empuñará la batuta al frente de formaciones más prestigiosas, sin menospreciar en ningún momento el grado de responsabilidad que supone dirigir a un colectivo como el de la Comunidad de Madrid. Debemos realizar también un ejercicio de honestidad, y es que, a pesar de que el concierto tenía todos los ingredientes para ser un rotundo éxito, la orquesta no estuvo a la altura de las circunstancias, principalmente la sección de metales, cuyas intervenciones en la Sinfonía nº 5 de Beethoven fueron un tanto descuidadas.

Con todo, debemos hacer un balance general positivo de una velada en la que, gracias a la presencia de Beethoven, siempre agradable y atrayente para el público aficionado, fue posible dar a conocer la obra de un compositor inglés que pasa bastante desapercibido y, sobre todo, hacer sonar la música de nuestros compositores actuales, algo que no es nada habitual. Esta, y no otra, es la razón a la que aludíamos al principio. Todo se hace para el público, un colectivo que, a pesar de sus caramelos, se merece conocer lo más granado de los compositores actuales.

 

David Ferreiro Carballo

Publicado en octubre 2015

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