Maridaje de compositores

Un viaje de más de un siglo por la Europa más difícil de la mano de los sentimientos más humanos

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Harmonia Nova #4. Quartet Gerhard. Schumann/Berg/Kurtag. Lluís Castán (violín), Judit Bardolet (violín), Miquel Jordá (viola) y Jesús Miralles (violonchelo), Harmonia Mundi, 2017.

¿Cómo relacionar y pretender que quede un texto organizado y con un mínimo de sentido si se tiene que hablar de Schumann, Gerhard, Berg y Kurtag en unos pocos párrafos? La solución que plantearon los miembros del Cuarteto Gerhard durante la presentación de Harmonia Nova #4 en La Quinta de Mahler, Madrid, el pasado martes 27 de febrero fue afirmar que con este disco se trataba de buscar el “extraño maridaje entre amor y dolor”.

Lejos de quedarme en esta explicación tan peculiar que dice más bien poco y tiene unos aires de romanticismo que me hacen dudar de si el catalán Robert Gerhard se sentiría orgulloso de ella, he preferido mirar a una esquina de mi habitación emulando al compositor György Kurtag, quien, según una anécdota contada durante la presentación, logró en una noche de desvelos comprender toda la historia de la música en un punto de su dormitorio. Y la esquina de la habitación me ha respondido: “David, ¿por qué no lo complicas y metes a un compositor más al carro?”. Y, puesto que no soy quién para contradecir a mi esquina, voy a reunir a toda esta gente en torno a una figura clave de la música del siglo XX: Anton Webern.

Para colmo del lector comenzaré, además, por el final, la última pieza del disco y de la presentación, a su vez la más reciente cronológicamente hablando. Relacionar a György Kurtág (1926-) y a Webern es cosa fácil. El Officium breve in memoriam Andrae Szervánski, op. 28cita directamente en varios de sus quinces movimientos al compositor austríaco, y más concretamente a su última obra, la Cantata nº 2, op. 31 que compuso en los años más duros de la guerra, entre 1941 y 1943. Este op. 31 es un canto desesperado que Webern usó como método de evasión hacia el Renacimiento y hacia el género más popular de la Alemania de los siglos XVI y XVII, del que la obra toma hasta su propio nombre. Compuesto mientras se sucedían sobre el cielo austríaco los combates aéreos y los constantes bombardeos arrasaban su ciudad, se convirtió de forma abrupta en el canto de cisne del compositor, al ser asesinado por las tropas de ocupación estadounidenses cuatro meses después de que la guerra hubiese acabado. Con parte del material de esta última obra de Webern, Kurtag hace de su Officium breve un homenaje a varios autores. Entre ellos cabe destacar a su amigo el compositor húngaro Andrae Szervánski y el propio Anton Webern, de quien recoge la forma renacentista del canon para reelaborarlo en esta especie de miniatura de misa de réquiem para tan trágica generación de compositores.

La vida de Webern no estuvo rodeada exclusivamente de tragedia. Probablemente su periodo más feliz fue su etapa de estudiante de composición, antes de que la Primera Guerra Mundial arrasase Europa. Fue en ese momento cuando tuvo la oportunidad de nutrirse con las ideas de sus compañeros de la Escuela de Viena, entre los que destaca, por la amistad que unió a ambos, otro de los personajes a los que debemos referirnos: Alban Berg.

La Suite lírica que nos presenta este disco es una obra que aúna cerebro y corazón. Por el lado del segundo encontramos un motivo recurrente de notas correspondientes en cifrado alemán a las letras A-B-H-F, es decir, las iniciales de él, Alban Berg, y de Hanna Fuchs-Robettin, con la que mantuvo una relación amorosa a pesar de que ambos estaban casados, en fin, el germen romántico. Para no hacer comparaciones con Wagner e introducir de forma innecesaria un compositor más al texto, se debe decir que este tema va, sin embargo, supeditado a la razón, pues se articula dentro de un serialismo muy complejo y del método de variación continua que tanto Berg como Webern aprendieron del maestro Arnold Schönberg.

Lo mismo hace Schumann, en este caso de forma más católica, con su amada y que a posteriori convertiría en su mujer. El motivo de Clara aparece repetido en bastantes ocasiones en su Cuarteto para cuerdas nº 3. ¿Puede que fuese Berg el que se viese inspirado a la hora de escribir su Suite lírica por el ardor que Robert Schumann sentía hacia su esposa Clara? Seguramente Alban Berg tuviese acceso a las cartas que el romántico escribió a su amada cuando esta se hallaba de gira mientras él estaba inmerso en la composición de sus cuartetos tras haber abandonado el piano en busca de un nuevo lenguaje. O también puede ser que las emociones y los sentimientos que esta música plasma sean intrínsecos a los compositores y, por extensión, al ser humano a pesar del tiempo.

En ese caso sí habría un “extraño maridaje entre amor y dolor”. Yo, personalmente, me voy a quedar con la descripción del disco que se da en el catálogo de Harmonía Mundi: “Es la capacidad de superación y el gusto por embarcarse en nuevos retos lo que ha llevado al jovencísimo Cuarteto Gerhard a escoger este repertorio, cargado de dificultades y de emociones, llevan el alma del ser humano al límite”. Ellos han sabido asimilar estos sentimientos y transmitirlos al oyente a través de una elaboradísima técnica en la que destaca tanto el timbre individual, especialmente en el violín primero, como la capacidad para sonar en conjunto o crear una base armónica que envuelva a quien se detenga a escuchar. El oyente podrá disfrutar de una perfección absoluta en el ritmo y en los matices, a través de los cuales consiguen revivir los fantasmas que contiene esta música. De ser así, tal vez sea más útil escucharlos y que experimente uno en sus propias carnes la historia de la música en lugar de leer todo este texto, que al final es solo un recordatorio más de que el ser humano es básicamente un maridaje entre amor y dolor.

David Santana

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Fotografía (portada): Lucía F. de Arellano Juan.

     
     
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