De los bajos fondos al escenario

La tabernera del puerto en el Teatro de la Zarzuela

FONDO DE ARMARIO
Los diamantes de la corona en la Zarzuela

Javier Suárez Pajares

UNA TONADILLA DE ANTOLOGÍA
(crítica en forma de memoria)

Javier Suárez Pajares

NOCHE CON RITMO Y SIN LUNA
Lady Be Good y Luna de miel...

Javier Suárez Pajares

Pablo Sorozábal. La tabernera del puerto. Teatro de la Zarzuela. Marina Monzó (Marola), Javier Franco (Juan de Eguía), Alejandro del Cerro (Leandro), David Sánchez (Simpson), Ruth González (Abel), Vicky Peña (Antigua), Pep Molina (Chinchorro), Ángel Ruíz (Ripalda), Abel García (Verdier), Carlos Martos (Fulgen), Didier Otaola (Senén). Josep Caballé-Domenech (dir. musical). Mario Gas (dir. de escena). Escenografía: Ezio Frigerio , Riccardo Massironi. Del 2 al 20 de mayo. Madrid.

Alcoholismo, maltrato, contrabando de drogas, acoso, violencia y mendicidad camparon a sus anchas por el escenario del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Cualquiera pensaría que una obra con temas de esta índole fuera una composición actual y acorde con los tiempos que vivimos, pero lejos de ser así, ochenta y dos años han pasado desde que se estrenó esta obra en el Teatro Tívoli de Barcelona y, como en tantas ocasiones, vemos que la condición humana es algo atemporal que desde tiempos inmemoriales viene marcando el devenir de nuestra historia.

Tiempos convulsos fueron los que en 1836 enmarcaron el estreno de esta obra y tiempos convulsos son los que la han envuelto ahora. Se mire por donde se mire, el clima de violencia que se respira como telón de fondo en La tabernera del puerto es constante y, como si quisiera emular el suburbio de pescadores de Porgy and Bess, nos transporta hasta un lugar que parece haberse detenido en el tiempo y donde todo es posible. Un lugar que nos invita a sumergirnos en una atmósfera impregnada de un sabor portuario decadente y por el que nos guía la música del maestro Sorozábal.

Un sinfín de recursos de ambientación musical, perfectamente ejecutados por la orquesta, nos transportan en algunos momentos al mar mediante una ondulación cromática que abre el preludio; o perfilan el carácter de sus personajes a modo de leitmotiv wagneriano como el arabesco melódico que presenta a Marola y que nos hace recordar a la Carmen de Bizet. Josep Caballé-Domenech ha sabido potenciar estos recursos, con los que queda enmarcada esta historia de amor y miserias. Y si esta trama se nos ofrece en un escenario liderado por Mario Gas junto con la escenografía de Frigerio y Massironi, el resultado no pudo ser mejor que el que se vio el pasado 6 de mayo, cuyo escenario, de un realismo impoluto, no necesitó de fuegos de artificio para cumplir con su cometido consiguiendo crear un clima un tanto decadente y lúgubre acorde con la historia que allí acontecía.

El público, ávido tanto de disfrutar como de prestar su apoyo al coliseo, se dejó llevar por el espíritu de Sorozábal y, emulando a los protagonistas de la historia, navegó a través del abanico musical propuesto por el compositor. Las melodías inspiradas en el folclore castellano y en el cancionero vasco de Azcue así como los aires antillanos o los guiños al blues no defraudaron ni a profanos ni a expertos. Ayudó, y no poco, el libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw que, con una musicalidad inusitada tanto en la prosa como en el verso, puso de manifiesto una poética poco común en los textos líricos de la época del estreno y que en esta ocasión ha sido clave para el lucimiento de protagonistas y secundarios. Monzó resolvió pulcramente las cuestiones técnicas de su papel si bien se echó en falta que llegara al auditorio algo de Marola y de sus sentimientos. Pero si hay que destacar alguna intervención, en esta ocasión no es la de los protagonistas. Ruth González, encarnó el espíritu del joven Abel consiguiendo esa empatía con el público que todo artista añora y por su parte Vicky Peña y Pep Molina hicieron otro tanto con Antigua y Chinchorro. No hubo dudas y el veredicto del auditorio fue unánime al finalizar la obra.

Es de lamentar que este gran trabajo no haya pisado las tablas de este escenario todo lo que hubiéramos deseado por los motivos que hoy mueven a sus artistas y trabajadores a reivindicar el valor de un patrimonio cultural del que todos deberíamos disfrutar. Esperemos que al igual que Marola y Leandro vuelven al mundo de los vivos tras sobrevivir a la tempestad, el Teatro de la Zarzuela salga triunfante de la marejada en la que se halla inmerso y pueda seguir ofreciéndonos estas joyas de nuestro repertorio musical.

Otilia Fidalgo González

     
     
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