Crítica
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Betta & The James

La importancia de pasarlo bien

Betta & The James. Sala Costello, Madrid. 12 de abril de 2012. Beatriz Berodia Pero: Voz principal; Ester Rodríguez: Coros; Natalia Martín Lombardía: Coros; Francisco Manuel Fernández: Batería y percusiones; Germán Ramos: Saxo; Gustavo Villamor Ordozgoiti: Bajo y trombón; Paco Crespo Molero: Guitarra; Pedro Gracia Martín: Armónica; Pedro Rojas de Cea: Bajo; Tatania Firminio: Piano; Javier Couceiro Arroyo: Batería.

Cinco días antes de su 74 cumpleaños, el pasado 20 de enero, murió Etta James, nombre artístico de Jamesetta Hawkins, una de las voces femeninas de soul y blues imprescindibles del siglo XX. Con una discografía de 28 álbumes de estudio nada más y nada menos ha sido influencia fundamental para artistas como Janis Joplin, The Rolling Stones o Diana Ross. Casi nada.

Y el pasado 12 de abril en la Sala Costello de Madrid unos cuantos tuvimos la suerte de asistir al concierto de Betta & The James, tributo y homenaje a la cantante californiana (¿no le pegaría más haber nacido, no sé, en Tennessee? ¿Alabama? En fin, tiro de tópicos…). Aunque parezca mentira, juran y perjuran los creadores del tributo, el proyecto se comenzó a plantear después del lanzamiento en España de un recopilatorio de sus éxitos en Chess Records (discográfica en la que ingresó en 1960 y donde grabó hasta 1978).

Los miembros de las madrileñas bandas Stan3, Band The Calle y Roadrunners consiguieron el objetivo: que cerrando los ojos –salvando las evidentes distancias, claro– parezca que tengamos enfrente a la mismísima Etta James. Luego los abrimos y nos llevamos la sorpresa: la cantante –Beatriz Berodia–, una chica rubia que físicamente no tiene nada que ver con Mss Etta. Si Rob Fleming –el melómano protagonista de Alta Fidelidad (Nick Hornby, 1995)– recomienda no mezclar música blanca y música negra en una cinta de varios, “a menos que la música blanca suene como música negra”,1 podemos decir que en este caso Betta & The James podría entrar sin problemas en un casete de soul o rhythm & blues.

Además de conseguir esta meta –y según las mismas palabras de los músicos–, lo pasaron en grande, y se notaba durante un concierto en el que fueron capaces de llevar al público donde querían. Y para seguir sumando, la performance de la cantante, llenando el abarrotado escenario, dejándose la vida en cada canción y jugando con una poderosa erótica dejó atónito al respetable. Todo ayudaba: desde las propias canciones de Etta James (¿qué podemos decir que “I Just Wanna Make Love to You”, una de las grandes inmortales, no haya dicho?), hasta el micrófono y un muy llamativo vestido rojo que contrastaba con los blancos y negros del resto de miembros… En temas como “Sing the Blues” se desvivía, emocionaba en “Sunday Kind of Love”, hizo bailar al público en “Something’s Got a Hold” (espectacular el chorro de voz siempre, pero en esta canción estaba desatada –que por cierto, la celebérrima y difunta Amy Winehouse debió escuchar mucho–), supo llevar la crudeza y la fuerza de “God’s Song (That’s Why I Love Mankind)”, nos hizo casi acordarnos de Kim Basinger en “Leave Your Hat On”…

El único pero: la cantante hablaba en castellano. Me explico, que seguro que a alguno le puede extrañar esto: su inglés era impresionante, pero cuando hablaba entre canción y canción (sólo unas 3 veces, no había parrafadas en formato monólogo a lo Guillem Gisbert de Manel o político-psicotrópicas a lo Jesús Cifuentes de Celtas Cortos) se rompía parcialmente la magia. Pero volvíamos inmediatamente a ese estado de ensoñación en cuanto la siguiente canción comenzaba.

He mencionado el abarrotado escenario, y es que en el de la Sala Costello –nuestra particular Cavern madrileña– llegaron a estar a la vez una batería, teclado, guitarra, bajo, saxo y armónicas (¡Siete! ¡Pedro Gracia llevaba siete! ¡Y juro que las utilizó, que estaba puesto a su lado! Como profano en el mundo de la práctica musical, dos me hubiese parecido algo muy profesional. Siete me parecía magia), sumado a sus respectivos ejecutantes (el de la armónica sólo uno, claro), las dos coristas y la cantante. Me salen nueve personas a la vez sobre el escenario (de once miembros de Betta & The James). E incluso, al final, estuvieron los 11, añadiendo pandereta y trombón al conjunto. Nada mal.

Personalmente, además de la nimia cuestión lingüística antes mencionada, tenía la sensación de que faltaban dos cosas para terminar de completar la escena, una imposible y otra prohibida: el blanco y negro y el humo del tabaco de los bares de jazz que hacía a veces hasta complicado ver el escenario (de respirar ni hablamos, claro). Porque por lo demás, asistimos a un gran concierto de soul y blues, desde el técnico de sonido hasta el batería pasando por familiares y amigos de los músicos, en el que todos disfrutamos. Y eso, que a veces da la sensación de que se olvida, es lo importante.

Me confirmaron además, por casualidad –Madrid, para los que no seáis de aquí, no es tan grande y te encuentras a la gente por la calle–, que el próximo 7 de junio volverán a tocar en la capital, en el Intruso. Seguiremos informando desde Síneris para que no os perdáis esta oportunidad: no os arrepentiréis si lo que buscáis es divertiros, disfrutar de una música espectacular y no parar de bailar. Y agradecemos que no todo sean tributos a The Beatles, U2, Extremoduro o Los Secretos, que tanto tenemos últimamente.

Jaime Alonso

1 Honrby, Nick. High Fidelity. Londres, Penguin Books, 2000, pág. 69.

Publicado en mayo 2012

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