Crítica
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El Certamen Coreográfico de Madrid celebra su XXVI edición

Un año más el concurso madrileño apuesta por las nuevas promesas de la creación coreográfica contemporánea

XXVI edición del Certamen Coreográfico de Madrid. Certamen Coreográfico de Madrid. XXVI edición.
13 y 14 de diciembre del 2012: Piezas seleccionadas
15 de diciembre del 2012: Final
16 de diciembre del 2012: Programa de las piezas premiadas
Naves del Español del Matadero de Madrid (Sala 1)

El Certamen Coreográfico de Madrid (CCM) es sin duda uno de los más longevos de nuestro país y, probablemente, el que mayor repercusión tiene en la carrera de los jóvenes creadores. Va mucho más allá de la simple competición: es una plataforma de impulso para los nuevos talentos. Lo consigue gracias a un extenso y múltiple catálogo de actividades internacionales que se desarrollan durante todo el año (Choreoroam, Aerowaves, Palabras en movimiento o Gracias X Favor) trascendiendo los días de diciembre en los que cada año el CCM se hace más visible.

En esta edición han sido 16 los coreógrafos seleccionados. Todos ellos desarrollan su trabajo en España (nativos o extranjeros asentados) o, siendo españoles, llevan a cabo sus propuestas fuera de nuestras fronteras.

A pesar de la situación de crisis económica, que hace complicada la supervivencia de grandes compañías, esta edición del CCM ha contado con una gran representación de propuestas corales, de las que sin embargo tan sólo una fue seleccionada para la final. “Hidragiros” (de T.A.C.H.), “Las sillas son para sentarse” (de Denis Santacana) y “Accident” (de Gonzalo Díaz) se quedaron en la primera fase, probablemente por tratarse de propuestas muy formales. Los tres coreógrafos son alumnos de los conservatorios de danza de Madrid, tanto del profesional como del superior (del que hubo una gran representación durante esta edición del Certamen, perfilándose como buena cantera de futuros creadores) en los que todavía se aprecia el gusto por el academicismo. Aunque es cierto que se intuye cierta búsqueda por encontrar un lenguaje propio, todavía incipiente, se esperaría de su juventud un grado mayor de transgresión.

“Las sillas son para sentarse” –que al igual que los anteriores ejercicios requiere bailarines muy preparados técnicamente– consigue hacer una propuesta más allá del movimiento para adentrarse en el discurso verbal sobre la intimidad de los intérpretes de una manera muy sencilla y honesta. La fisicalidad necesitaba ser más permeable al texto, pero ganó el favor del público (fue galardonado con dicho premio) por su emotividad.

La pieza coral que logró pasar a la siguiente fase del Certamen fue “Units” (de CollectifPOps), un trabajo poético con imágenes muy sugerentes: células en un torrente sanguíneo, piedras en un río… Una reflexión sobre la identidad del conjunto y el individuo, las dinámicas y las relaciones. Un trabajo que deja espacio al espectador para evocar paisajes y completar significados.

Los dúos son un formato muy común en el CCM. Tenemos que tener en cuenta que es el menor número de intérpretes permitido por las bases, ya que en los solos es muy complicado discernir entre la calidad de la creación y del intérprete mismo, por lo que no son elegibles en el concurso.

Es frecuente que en los dúos se empleen fórmulas preestablecidas y lugares comunes, que no son el objetivo del Certamen, preocupado por encontrar una voz propia, una visión única. “Hombre-piel” (de Ingrid Magrinyà y Julián Juárez) y “28 apples of a dream” (de María Pilar Abaurrea y Jan Spotak) fueron dos dúos hombre-mujer con connotaciones románticas y una gran precisión corporal que, sin embargo, resultaron algo literales y con demasiado dramatismo en la interpretación, claves que no suelen ser demasiado bien valoradas por los jurados que han ido diseñando la línea del CCM durante estos años.

Otro dúo que no consiguió tampoco el paso a la final fue “El público es Betatester” (de Matías Daporta), un ejercicio de interacción con el espectador que se hizo en la cafetería del teatro; sacando alguna de las piezas a concurso del escenario por primera vez en la historia del Certamen. La propuesta requería de dos voluntarios entre el público, que manejaban a los dos intérpretes como si fuesen personajes salidos de un videojuego de lucha. Una propuesta que asume riesgo y plantea una cuestión muy interesante para un certamen de danza: ¿qué es coreografía? La selección de los dos voluntarios no fue muy afortunada y a pesar del interés del ejercicio el jurado pareció valorar el resultado escénico, que pudo ser más brillante. Sin embargo esta propuesta contiene todos los elementos necesarios para intuir en Matías Daporta un futuro creador inquieto y comprometido con un estilo propio.

“Acecho” (de Rebeca García Celdrán) también es un dúo con gran trabajo de fondo. Más que una estética, esta propuesta busca un estado del ser: disponibilidad, percepción y cautela. De la misma manera, “Zenit” (de Guy Nadery y María Campos) parece estar más preocupada por el contenido que por la forma: los bailarines emplean palos que se transforman en instrumentos y generan el sonido desde dentro de la escena. Por su parte, “Es como ver nubes” (de Polaina Lima y Ugne Dievaityte) presenta un material físico que las bailarinas asumen con efectividad y compromiso y que trasciende la estética para compartir un discurso semiótico más profundo sobre el cambio y la contemplación. Por “fECH” (de Begoña Quiñónez y Mar Rodríguez) también consiguió llegar a la final, una propuesta escénica sobre las similitudes entre dos bailarinas casi clónicas.

El número que corrió mayor suerte fue el trío; ya que las piezas ganadoras del primer premio ex aequo atienden a esta cifra: “Fifth corner” (de Guido Sarli y Manuel Rodríguez) y “Northstar Canada 240” (del colectivo Ruemaniak). Aunque tampoco hay que obviar que el resto de tríos no sólo no corrió la misma suerte, sino que ninguno consiguió pasar a la final (“Saltar al vacío” de Irene Cantero, “Dépouiller” de María Andrés Sanz y “Miscelánea” de Amaia Prado).

“Fifth corner” partía como una de las favoritas, con un lenguaje urbano puesto a disposición de una composición de la escena muy contemporánea, en la que un diseño muy acertado de luces acogía una historia carcelaria en la que los presos viajaban de lo más prosaico a lo más poético. Claras referencias fílmicas (“Cadena Perpetua”) y el movimiento característico de Manuel Rodríguez –uno de los coreógrafos que más interés despierta de nuestra cantera nacional– son dos ingredientes que ya llevaron al medallero del CCM una pieza en 2010 (“Escuálido marsupial” junto con Elías Aguirre).

Por su parte, la elección de “Northstar Canadá 240” fue muy controvertida y dividió la opinión del público asistente. Esta pieza se representó en la cafetería, y a través de una estética pretendidamente hortera presentó la cultura del camping, quizá del nomadismo. Una pieza poco espectacular, sin artificios, y que requiere de la voluntad del espectador para mantener la atención en la composición escénica difusa, en la que conviven tres personajes de forma casi costumbrista o anecdótica.

Dejando las controversias de lado, lo que sí genera una opinión unánime es que el CCM premia la búsqueda de un estilo propio de creación escénica, lo que ha podido verse, bien por el lenguaje o bien por la composición, en todas las piezas galardonadas. Mantiene de esta manera la coherencia de su ideario durante todas sus ediciones y hace indiscutible su contribución al desarrollo y divulgación de la creación coreográfica contemporánea.

Alfredo Miralles Benito

Foto portada: “Fifth Corner” ganadora ex aequo. Jesús Vallinas
Foto: “Northstar canada 240” ganadora ex aequo

Publicado en enero 2013″ id=”mes” alt=”Enero” border=”none”/>

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