Entrevista a Diego Fernández Madaleno

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La música como pulso vital. Diego Fernández Magdaleno

“Sentir la vida en los mayores extremos, esa razón y ese desencanto que no se dan de forma contradictoria, sino simultánea”

Toda una vida dedicado a la música. ¿Qué es lo que te ha aportado y de dónde viene tu pasión?

Es mi vida, pertenece a mi vida más diaria, más cotidiana; aunque una vida con música nunca es del todo cotidiana, siempre es excepcional porque uno tiene la suerte de encontrar ante sí un trabajo maravilloso. Guillermo González decía que tendríamos, cada mañana, que dar gracias por dedicar nuestra vida a la música.

Hay muchos músicos en mi familia. En casa de mi abuela Amparo había instrumentos de todo tipo. Junto a ellos, partituras, libros y revistas sobre música. Y multitud de libros sobre las materias más diversas. Supongo que ahí nació mi vocación: antes que yo…

¿Qué se siente al ser un “intelectual” de este nuestro país que poco a poco se va cayendo, donde la cultura cada vez está menos valorada y la música y los músicos cada vez pintamos menos?

Lo de intelectual lo has dicho tú, Nuria… [Risas]. Con respecto a la pregunta, observo un proceso terrible de desprestigio de todas las cuestiones culturales, como si fueran prescindibles en este escenario de profunda crisis económica y ética. La música contemporánea, por ejemplo, ocupa en la sociedad un espacio muy pequeño, a veces exclusivamente simbólico. El auténtico nivel de un país –de un proyecto común que merezca la pena– lo marca su cultura. Hay más variables que las manejadas por Moody´s o Standard & Poor´s. La cultura es no solamente una necesidad intelectual, una necesidad artística, en un sentido genérico; como ha dicho Jordi Savall no hace mucho, la cultura es un consuelo.

Dedicado en cuerpo y alma a la música contemporánea española, es emocionante poder interpretar estrenos de compositores vivos, pero mi pregunta es, ¿por qué este tipo de música y no un Antonio de Cabezón? ¿Qué es lo que te movió para dedicarte a ésta?

La música de Cabezón también la toco con cierta frecuencia; es muy curioso porque a veces hago programas con autores muy alejados cronológicamente. Por ejemplo, el otro día toqué una pieza de Gaultier, pero sí es cierto, la inmensa mayoría es música contemporánea.

Recuerdo que cuando leí El oficio de vivir, de Pavese, pensé en una idea que señala. Dice que la historia debería enseñarse hacia atrás para poder ser mejor entendida. No es que haya querido seguir ese ejemplo, pero sí es cierto que desde pequeño me ha interesado mucho lo que hacían mis contemporáneos y, ya después, me he dado cuenta de que el presente nos pertenece exclusivamente a nosotros, para bien y para mal. Es decir, las grandes obras quedarán para después, igual que han quedado las grandes obras del pasado, pero lo que nosotros tenemos hoy, todo este enorme caudal de música, de literatura, de cine, nos pertenece sólo a nosotros, y hay muchísimas de estas facetas que nos hablan únicamente a nosotros. Por eso me parece fundamental esa participación en algo vivo, absolutamente vivo. La música siempre está viva –es decir, la música de Bach siempre está viva– pero me refiero a ser colaborador del nacimiento, del estreno de una pieza que jamás se ha escuchado, de la que no existe ninguna memoria interpretativa. Luego, por supuesto, la relación entre el compositor y el intérprete, que es algo maravilloso. En los últimos programas que estoy haciendo todos los compositores que hay en ellos son amigos míos. Y, por otra parte, a mí en particular, hace que me sienta útil. Dedicarme a estas músicas, y pensar estas músicas desde el presente es una forma de participar de mi tiempo, de una manera mucho más directa. Y aporta una visión diferente del pasado, una perspectiva temporal que me parece indispensable.

¿Crees que entre los compositores españoles contemporáneos hay un Beethoven o un Bach? ¿Han cumplido una expectativa?

La música contemporánea española tiene un nivel altísimo en general, y tiene, además, figuras extraordinarias. Dentro de las grandes obras de nuestra época hay un buen número de ellas escritas por compositores españoles. El nivel de la composición en España es muy alto y hay muy pocas materias, de cualquier tipo, que lo alcancen.

Conviven una variedad de estéticas enorme, no solamente ya por cuestiones cronológicas, porque haya personas de noventa años componiendo y otras de veinte, sino como criterio estético, como propuesta estética deliberada.

¿Te decantas por algún autor en concreto?

No, no puedo, nunca podría decir eso. Aunque sí hay compositores, respondiendo a tu pregunta, por los que yo siento una afinidad especial, y que están constantemente en mis programas, por muchas razones. Pero no solamente me gusta la música que yo toco, o la música que toco habitualmente; hay muchas otras, y también muchos compositores que por razones diversas no puedo interpretar con la frecuencia que quisiera por cuestión de tiempo. Recibo muchas partituras cada semana. No puedo tocarlas todas, pero me interesan muchísimo. Uno de los grandes placeres de la vida es abrir una nueva partitura.

¿Algún compositor, escritor, artista que tengas como referente?

Muchos. Y todos los que tuvieron una importancia decisiva en mí la siguen teniendo ahora, porque no dejan de crecer esas ideas o esas actitudes que me unieron a ellos para siempre.

Has dado cientos de conciertos. Imagino que te vendrán a la memoria muchos recuerdos. ¿Cuál es el más especial y cuál el más amargo?

Hay un concierto que es quizás el más especial y el más amargo a la vez. El concierto que hice en memoria de mi padre. Cuando él murió, varios amigos compusieron una pieza en su memoria. Fue muy emocionante para mí. En primer lugar, porque la muerte de mi padre ha sido el acontecimiento más triste de mi vida. Y en segundo, por la inmensa gratitud que sentí hacia los compositores que escribieron una pieza para recordarlo.

¿Qué harías si no pudieras volver a tocar el piano?

No me imagino sin tocar el piano. Aunque hay muchísimas cosas que me interesan, como la literatura, el cine, la pintura, la arquitectura… no concibo realmente mi vida sin el piano. Tendría que ponerme a pensar muy lejos de mí mismo para llegar a una hipótesis que, sin duda, sería horrible…

Tu blog, Las palabras del agua, tu pequeño rinconcito, cuéntanos cómo empezaste a escribir en él y por qué.

Ya sabes que he publicado varios libros de diarios, y el blog en un primer momento tenía una función parecida, una función más próxima de la que tiene ahora. Me ha permitido conocer a muchas personas, a autores de otros blogs que me han interesado y de los que aprendo mucho. Comencé a escribirlo, ya no recuerdo cuándo, como una manera de experimentar lo que era la Red. Pero en un primer momento el blog era también un vehículo de expresión y, sobre todo, de esa comunicación inmediata que no tenía nunca un artículo o un libro, porque si yo publicaba un artículo en el periódico, salvo que hubiera alguien que escribiera una carta al director, era muy difícil saber qué se pensaba, más allá de las personas próximas, sobre ese texto.

Me acuerdo mucho de tus clases, donde nos hablabas de Ramón Barce y Josep Soler con mucho cariño y respeto. ¿Qué destacarías de ellos?

Son dos magníficos compositores y dos grandísimos amigos. Son dos de las personas de las que yo más he aprendido a lo largo de mi vida y por las que he sentido un mayor cariño. Ramón, desgraciadamente, murió en 2008. Siempre está en mi recuerdo.

Tienen algo en común: son compositores que han dedicado mucho tiempo a pensar la música y a reflexionar sobre ella por escrito. Son personas completamente insustituibles, sin las que la música española no se podría entender tal y como es actualmente.

Hace unos días hiciste un homenaje a Jordi Savall, intérprete de música antigua, ¿cómo surgió?

Jordi Savall es un músico que ha estado muy presente en mi vida. Desde niño tenía sus discos y sentía una gran admiración por él. Siempre me ha interesado su trabajo, ha descubierto muchísimas músicas de otras épocas y un importante número de sus proyectos se basa en la idea del diálogo. Y con motivo de su setenta aniversario, una serie de compositores escribieron una obra en la que, de muy diversas formas, dialogaban con las músicas que Jordi más ha trabajado y trabaja actualmente. Lo han hecho a través de la cita literal de un fragmento de Saint Colombe o Marais, o por procedimientos relacionados con la armonía, la articulación o la estructura.

Cuéntanos la experiencia con Jordi Savall el pasado 5 de febrero en París.

Fue una experiencia extraordinaria. Aparte del concierto y la grabación, la alegría de estar con personas como Jordi, Irène Bloc, Christophe Coin, Renaud Machart, Philippe Hersant… ¡Se aprende tanto de ellos…!

Todos tenemos miedo a algo. ¿Te has quedado en blanco delante de un piano? ¿Tienes algún miedo en concreto a la hora de interpretar?

Bueno, he escrito un libro titulado Libro del miedo [Risas]. Tengo miedos… claustrofobia, por ejemplo. Pero relacionado con el piano no tengo especiales miedos, ni especiales manías, lo asumo como algo natural. Con un profundo respeto.

Y hablando de miedo… ¿nos podrías decir en pocas palabras qué ha significado escribir el Libro del miedo (2007)?

Libro del miedo es un libro de poemas. Yo había escrito poemas casi desde niño. Poemas sin poesía, claro… Hubo un momento en el que ya después de publicar los diarios, quise publicar un libro de poemas. La muerte de mi padre me liberó de algunos miedos, como el miedo de publicar poesía, de publicar un libro de poemas. No soy un músico que de vez en cuando escribe, sino que en mi vida la escritura tiene idéntica importancia que la música. En palabras de Juan Carlos Mestre, “es agua del mismo río”.

Y Razón y desencanto, publicado en 2009.

Es el segundo libro de diarios y ese título está en sus páginas. Una noche estaba intentando dormir, sin conseguirlo. Había una ventana a mi derecha desde la que se veía el cementerio, y a mi lado estaba Tere, embarazada, dormida profundamente. Y entonces me pareció sentir la vida en los mayores extremos, esa razón y ese desencanto que no se dan de forma contradictoria, sino simultánea.

Como escritor, ¿tienes algún proyecto en mente?

Sí, un libro que está prácticamente terminado que se titulará El rigor de los signos, y claro, sigo escribiendo poemas, y unos textos sobre música desde el punto de vista estético, un intento de responder a una pregunta fundamental e imposible: por qué. Pero ese deseo de responder quizá no produzca respuestas, sino ese continuo desplazamiento de las preguntas que caracteriza todo pensamiento.

Como profesor del Conservatorio profesional de Valladolid, ¿cómo ves el planteamiento de los estudios? ¿Es el más adecuado para fomentar la música entre los niños a todos los niveles?

En un Conservatorio profesional siempre hay una mezcla de personas que estudian para ser músicos, que van a ser músicos en el futuro, y personas que estudian sin esa pretensión. Lo importante es que el nivel medio sea cada vez mayor.

Y en cuanto a los colegios, ¿la música está bien orientada y dimensionada?

La música necesita una presencia importante en la escuela porque es un valor educativo esencial.

El camino del músico es muy duro, ¿ves a tu pequeño Pablo convertido algún día en músico profesional? ¿En casa cómo le inculcas el valor de la música?

Él siente la música como algo natural, muy presente todos y cada uno de los días de su vida. Ese es, precisamente, el modo de que le resulte indispensable en el futuro.

La vida da muchas vueltas, pero, ¿están los alumnos dispuestos a dedicarse profesionalmente a la música?

Hay alumnos que sí; me gustaría que fuera un número más alto, pero hay algunos que tienen una gran vocación musical, tanto algunos alumnos míos como de otros profesores. Y, naturalmente, de otros instrumentos.

¿Qué te aporta el Conservatorio? ¿Lo dejarías por dedicarte exclusivamente a dar conciertos?

Los alumnos me aportan muchísimo, porque me hacen pensar desde ellos, me hacen pensar en sus manos, me hacen pensar en sus posibilidades. Me hacen ver en ellos lo que, quizá, yo no soy capaz de ver solo en mí mismo y, entonces, me permiten estudiar un determinado pasaje de muchas maneras distintas. Es una forma de sentir con la otra persona, de valorar sus capacidades expresivas. Y, por encima de todo, verlos crecer, muchos de ellos son amigos como tú.

Dice Jordi Savall que el músico que no tiene ningún contacto con la educación no está completo.

Todos hemos sido niños alguna vez. ¿Te has visto reflejado en alguno de tus alumnos?

Parcialmente, claro, en todos. Cuando uno es niño piensa que todo es posible. Ser adulto es intentar vivir sabiendo que no es cierto. La infancia es un territorio muy complejo del que algunas personas no se recuperan nunca.

¿Qué es lo mejor de dar un concierto, qué te aporta?

Toda persona que se dedica a algo vocacionalmente es porque tiene la necesidad de hacerlo. Y un concierto es el punto culminante de esa necesidad, aunque no quiere decir que sea el punto culminante de la satisfacción. El concierto es esa forma de realizar, de convertir la necesidad interior que te lleva a ser pianista, al deseo de difundir esas músicas que van a escucharse.

¿Te sigue impresionando cuando ves un escenario vacío?

Tengo muchísimo respeto por el escenario, por las personas que han organizado ese día para asistir al concierto, por los compositores que han escrito esas obras de las que, en buena parte de los casos, no hay otras referencias interpretativas. Quien interpreta música contemporánea tiene esa responsabilidad añadida.

¿A qué escenario te gustaría subir con más frecuencia? ¿O dónde te gustaría interpretar?

Me gustaría mucho hacer algún concierto en una iglesia románica. De hecho, es un proyecto que espero llevar a cabo en diversos lugares.

¿Cuál fue al escenario que más te impresionó, por la sala, por el público?

Los que son un homenaje a algún músico amigo que ha muerto. La música intensifica cualquier emoción.

¿Tienes algún ritual antes de salir al escenario?

No, ninguno en particular.

¿Dónde te gustaría dejar huella?

La única huella que puedo dejar es el afecto. Creo que la presencia del amor, de la amistad, es lo que hace que realmente tenga sentido estar vivo. Otras huellas no pretendo, ni están a mi alcance.

¿Crees que has cumplido todas tus metas?

No, en absoluto, si te refieres a esas metas que se suelen escuchar en el mundo artístico y literario pero que yo nunca me he planteado, ni siquiera cuando era adolescente.

Francisco Pino, un poeta que me ha influido mucho, decía que los santos y los poetas siempre están en camino.

¿Próxima parada?

Valladolid, la ciudad en la que más veces he tocado.

Muchas gracias por tu tiempo. Ha sido un placer

A ti, Nuria. Ha sido muy grato y emocionante conversar contigo.

Poemas

I

Como un aliento humilde
perdiéndose en el frío

derramabas la dicha
en la hondura del valle,

nadie supo entender
el olor a cosecha

que dejaban tus pasos
en su tierra baldía.

II

La barca se despoja
de sus remos inválidos
en un lago que expande
sus tesoros, olvido
de unos dedos que adviertan
el símbolo del náufrago
con sus conchas selladas:

esa pereza antigua
de sabernos desnudos
y guardar el secreto.
Entre los dos y el día.

Diego Fernández Magdaleno, músico profesional, Premio Nacional de Música (2010), miembro de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, profesor del piano del Conservatorio profesional de Valladolid, premio SERVIR 2012 del Rotary Club 2012, y más recientemente Hijo Predilecto de Medina de Rioseco (Valladolid), www.fernandezmagdaleno.com

Nuria Torres

Publicado en mayo/junio 2013

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