Sin noticias de lo que importa

La otra tarde mi hijo, de algo más de cuatro años, me pidió el móvil mientras íbamos en coche a una comida familiar. Le gusta arrancar el GPS y que le indique el camino hacia los sitios, y así de paso él me lo va diciendo a mí y se siente muy mayor y muy importante. Normalmente yo digo el destino a la aplicación y le paso el aparatejo al niño cuando empiezan a dar indicaciones para que él me las vaya contando. Pero en este caso, él se acercó al teléfono y le gritó alto y claro: “¡A casa de la mamá de mi papi!”. “Destino no reconocido, vuelva a intentarlo”. “¡Que quiero ir a casa de mi abuela Concha, por favor!”. “Destino no reconocido, vuelva a intentarlo”. El niño cogió el fantástico ultramega iPhone nosecuantos y lo tiró al suelo. “¡Bah, esto no sabe las cosas importantes!”. Y ya está. No ha vuelto a interesarse por el móvil por mucha cámara, música y jueguitos que tenga.

Esa sensación de ignorancia de lo importante, de pérdida de lo trascendente se va acrecentando día a día en los conciertos clásicos a los que asisto, protagonizados por lo general por jóvenes prodigios de técnica sobrenatural pero entraña vacía. Conciertos que son columpios a ninguna parte. No se me puede achacar, a estas alturas, una típica saudade de tiempos pasados, de un antaño idílico. Estos tiempos son los míos, pero se me van llenando de banalidades disfrazadas de Chopin. Por supuesto que hay excepciones, pero no dejo de acordarme de lo que escribía uno de nuestros colaboradores habituales hace un tiempo: que ya no acudía con regularidad a conciertos porque el rito le molestaba profundamente. Gente que parece aplaudir no las notas que les fueron regaladas sino la ejecución de un frac con manos. No se aplaude la esencia de la música, sino que se vitorea el hecho de hacerla sin equivocarse. “No quiero formar parte de ese rebaño que aprecia como un hito la perfección. Que no valora el error como la principal fuente de aprendizaje. Una sociedad que aplaude el papel de regalo y el envoltorio perfectamente simétrico y obvia el contendido. Yo ahí no quiero figurar”, escribía.

No puedo ser tan tajante, pero es cierto que noto la falla en el sistema, tanto de enseñanza a nivel profesional como de educación y disfrute del patrimonio cultural desde que somos críos. Y asumo mi absoluta incapacidad a día de hoy para buscarle alternativas, aunque sé lo que no quiero. No me gusta que un niño de diez años que estudia en un Centro Integrado salga a las cinco y media de la tarde y aún tengan por delante tres horas de ensayo de violín para no retrasarse en clase, y que se asuma que ese es el precio normal para “producir” un músico profesional. También aborrezco que disfracen a los niños de gallinitas o elefantes para subirles a un escenario a hacer el canelo con música clásica de fondo porque se cree que payaseando la música se la pone a la altura de los niños y así ellos aprenden a apreciarla. Eso es tener muy poca fe en sus capacidades y una manifiesta falta de imaginación.

En fin, reflexiones un poco a la deriva, no busquen solución en estas páginas, pero me reconozco en el miedo a que el público, que por mucho que se diga no suele ser ni tonto ni ignorante, descubra un buena mañana en el Auditorio Nacional que este modelo de estudio musical produce música que ignora “las cosas importantes”. Y entonces, como el móvil en manos de mi hijo, nos tiren el invento al suelo y ni tan siquiera vuelvan a mirar si se ha roto.

Imagen: http://static.betazeta.com/www.wayerless.com/up/2008/09/iphone_roto_portada001.jpg

Publicado en marzo 2013

 

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