Habla la Música

“No tener miedo al folio en blanco”. Esa es una de las cosas –si es que no he tergiversado en algo la expresión– que más les escucho a los humanos. Por ejemplo, mientras me ponen de fondo cuando intentan escribir, pintar, componer, interpretar u otros medios creativos por el estilo. Pero la verdad es que casi siempre tienen miedo. Se lo noto yo en la forma vacilante del trazo, leves suspiros e incesantes cambios en la pantalla. Alternando, mediante este impaciente movimiento del dedo (alt+tab), desesperación, impaciencia, aburrimiento…

Yo, sin embargo, he de reconocer que he tenido suerte. Perteneciente a la subespecie de las ondas esféricas periódicas o –fíjense en la finura del término– quasiperiódicas… ¡Mírenme! Miren cuál es mi perfil si se corta en un plano transversal.

Esperen…

¿Que no ven nada de particular? Es normal, sí. No esperaba menos de la subespecie homínida. ¡¡Pues tengo unas curvas preciosas!! Una línea que sube, baja, vuelve a subir un poquitico, ¡plas! Y vuelta otra vez. ¡Preciosas!

En cierto modo, se parece a la representación gráfica, y anímica, de la vida humana. Que yo también –¡he sido de esas!– me he visto obligada a acompañar ese tipo de escenas turbulentas en el cine… u Hospital Central. Sube, baja, vuelve a subir, baja un pelín más… ¡¡Sube!!

Pero, como venía diciendo, quizás yo soy una privilegiada. No sólo porque el hecho musical haya sido calificado en varias ocasiones como milagroso, sino, especialmente, porque las nuevas tecnologías me han permitido observarme en mi conjunto, ver lo que molo –esta expresión se la copié a alguien, no sé si resulta informal en el lenguaje de ustedes, pero me gusta–. Y, sobre todo (que no quiero que me tomen por vanidosa, aunque, de momento, merecería tal calificativo), ver que cada vez que cuando bajo es sólo para tomar impulso y volver a ascender otra vez. E, incluso, que esta curva de descenso es bonita, atractiva. Parte de mí.

De nuevo, esto es lo que más me sorprende de su cultura. La incapacidad de ver las cosas buenas, priorizando siempre el desprecio, observación negativa o en su forma eufemística “crítica constructiva” al elogio y ese balancearse hacia lo negativo, tan particular suyo, que vence a cualquier tipo de alegría por lo-que-le-pasa-al-otro.

Esto se percibe particularmente (y me restrinjo al ámbito en que estoy especializada) en las vacilantes notas que emiten los pobres alumnos a los que les someten al aprendizaje de mi ciencia. Existe realmente muy poco –por emplear un término técnico– “refuerzo positivo”; insistiendo en su lugar en el castigo, el sentimiento culpa, el complejo. Olvidando que existen los malos días, por ejemplo. O que, en su mayor o menor medida, cualquier emisión sonora es producto de la confianza. Y ésta sólo se consigue reforzando las bases. Pero de verdad: con masilla, acero y hormigón, evitando que crezcan malas hierbas, cubriendo las grietecillas que puedan ser susceptibles de necesitar parches algún día.

En caso contrario claro que surgen el folio en blanco, el tedio y la repetición automática de modelos. Es prácticamente lo único seguro en las ciencias de hoy en día. ¿De qué sirve ser original, se preguntará el ingenuo estudiante, si luego sólo voy a ser premiado con la envidia o la indiferencia? Mejor girar una y otra vez en bucle. Cosa que, por otra parte, como yo misma he reconocido, es bastante molona.

Pero no, en eso no sean como yo, por muy atractiva que les parezca. Tienen la oportunidad de no ser periódicos, diferentes al modelo inmediatamente anterior. Y no sólo. Foméntenla desde la cátedra, el hombro amigo, el seno paterno, el amable saludo al portero de su casa. Aprovechen su volubilidad, efímera… humana.

Publicado en abril 2013

 

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