El tocador de la música

Sombra aquí, sombra allá

La música es un arte vanidosa. No lo digo sólo por las divas, que nunca se cansarán de mirarse en el espejo –Me río de verme tan bella en el espejo decía hasta la Castafiore–; y tampoco por el rockero que busca su brillante melena en el retrovisor de la Harley. Lo digo, sobre todo, por la tendencia que tiene la materia musical de recrearse en sí misma, buscando con orgullo sus propios reflejos, de manera casi inevitable, insaciable.

Vuelta a empezar –o da capo–, formas estróficas, ostinatos rítmicos, fugas… ¡estribillos! Todos ellos demuestran el continuo ir y venir de la materia musical. Bajo su embrujo el oyente podría adquirir, sorprendentemente, la capacidad de construir volúmenes tridimensionales en su cabeza, elegantes joyas cuyos fractales se reflejan unos a otros y conforman su estructura.

Sin embargo –para todo lo entretenido que es este juego–, poca importancia se le da, más allá del obsesivo mundo musicológico, al ejercicio mental de reconstruir este bombardeo de brillos y cristales musicales. Si bien es cierto que irradian luz con intensidad suficiente como para anular toda nuestra concentración técnica, hagamos hoy el esfuerzo de sacar las gafas de sol del cajón para poder ver más allá del deslumbramiento y orientarnos de manera privilegiada, con los contornos mucho más definidos, por el espacio musical.

Esta nueva habilidad sensorial comienza con un descenso a la esfera del detalle. Nuestra atención se centrará en primer lugar en analizar el modo en que aquello que parecía una repetición exacta se maquilla gracias a la instrumentación; sensación de make-up que está sustentada en la acumulación paulatina de capas de ungüentos y afeites tímbricos. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en Love is in the air
de John Paul Young, con una superposición de tensiones percusivas, casi africanas, que conducen hacia un subidón –aunque quede más académico clímax–, todo ello a través de la repetición de una sola frase musical, jamás enunciada de la misma manera y que recorre distintos disfraces –lírico, funky, disco– vestidos con todo tipo de intervenciones instrumentales, desde íntimos pianos y violines hasta guitarras funky, bajos percusivos o congas. Por otro lado, no se piense en esta técnica de compositiva como algo reducido al ámbito de lo popular, el Bolero de Ravel o la ópera cómica
se sirven continuamente del timbre como recurso “cosmético”. Sencillo y barato, ¿verdad?, pero un complemento absolutamente chic, responsable de incorporar travesuras asimétricas al vestido tradicional de la música.

Y si al lector le quedan todavía ganas de descubrir otras formas de multiplicar materia musical enriqueciéndola, que no se vaya del espejo todavía. Se trata de todas aquellas melodías que se repiten, se reflejan, pero en distintas alturas –más graves o más agudas–, adquiriendo matices diversos. Eso que los musicólogos llamamos progresiones, quizás por su capacidad de hacer que una melodía progrese, vaya hacia adelante, genere tensión. Obsérvese cuánto de útil es este recurso para el impulso de una frase musical desde Mozart o Vivaldi
hasta las tan presentes hoy en día –en ocasiones extenuantes en la mala música comercial– progresiones por terceras. Se trata de modificaciones ligeras de color que, sin embargo, permiten aumentar considerablemente el repertorio de nuestro armario y agilizar las combinaciones entre prendas.

A la hora de conformar los cuerpos iridiscentes de la música intervienen todavía muchos factores más. Para su estudio habría que servirse de espejos cóncavos y convexos, que desfiguran, agigantan, jibarizan –en formas que se estudian en musicología como: “temas con variaciones”, función de desarrollo, letimotiven…–. Pero mejor lo dejamos para otro día, que hoy la música está muy presumida… Y si no, mírenla, ¡escúchenla!

Cristina Aguilar

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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