Crítica
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El juego fuego de la risa

Dos por uno en el teatro de la Zarzuela

 

El estreno de una artista/Gloria y peluca. Joaquín Gaztambide y Fco Asenjo Barbieri. Teatro de la Zarzuela, 12 marzo 2011. Fernando Latorre, Sonia de Munk, María Ruíz de Orduña, Dolores Lahuerta, José Manuel Montero, Emilio Gavira […]. Dir.: José Miguel Pérez-Sierra, Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela, Dir.: Antonio Fauró.

Todos los días escuchamos distintos tipos de carcajadas: sincopadas, altivas, ratoniles, berreantes, de puño en mesa… Pero sin duda la más sincera es la que brota de ese fenómeno intrigante, siempre turbador, de que “te imiten”, de llegar a vislumbrar la propia imagen desde fuera. Algo molesto, sí; pero irresistible, casi morboso. Por ello, la zarzuela, que sabe reírse muy bien de sí misma, utiliza esta estratagema para forjar el género en dos obritas aparentemente chicas, pero en cuya esencia encontramos ya a la zarzuela grande decimonónica: El estreno de una artista de J. Gaztambide (1852) y la primera composición lírica de Fco. Asenjo Barbieri, Gloria y peluca (1850), ambas recuperadas en una sola sesión en el Teatro de la Zarzuela.

Dos en una, por su argumento en común, los entresijos del espectáculo musical; con dos músicas relampagueando –de manera aún más enfática en la partitura de Barbieri– aspavientos cómicos, demuestran que efectivamente la gran zarzuela del diecinueve –como se vio el año pasado con Los diamantes de la corona– se encuentra milagrosamente recuperada a pesar de su incandescente olvido, de cuyas cenizas resurge con la chispa de siempre, en este caso avivada por las escenografías en forma de tira de “13 rue del Percebe” de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, que consiguen simultanear el cosquilleo, generado por una mano invisible, difícil de frenar, que ataca a traición desde todos los pisos y por medio de todos los actores.

Una mano larga, traviesa, sinestésica. El oído, por ejemplo, recibió el aliento de las excelentes “risas” vocales –recorriendo todos los volúmenes y una gran variedad de timbres– de la representante del bel canto Sonia de Munk (Sofía) o de números dignos de ventrílocuo como el de Fernando Latorre (Astucio y Marcelo), soprano, tenor y bajo al mismo tiempo en un trío ya de gran impacto en la época. A lo que se suman estímulos faciales hacia la sonrisa generados por la honestidad vocal de Dolores Lahuerta (María); pasando por las algazaras de las voces de María Ruíz de Orduña (Marietta), siendo éstas algo forzadas en José Manuel Montero (Enrique). Todo ello acompañado por una orquesta que se contagia del ardor y variedad de colores de la escena, además de un buen coro que multiplica, redobla como el tambor, las gracias de los protagonistas, destacando, entre otras, en la escena de las oficialas “Atrapa al buen Marcelo/ […] No siempre se halla un tonto/ con tanta vocación”.

¡Y tanta! Tal cantidad de vocación musical es realmente difícil de encontrar y constituye el elemento de conflicto entre las dos obras; siendo la trama de la primera –El estreno de una artista– la victoria una cantante candorosa y sencilla frente a las intrigas de una ópera florentina, y la segunda –Gloria y peluca– el fracaso de un peluquero y de su obsesión por la ópera, que le malencaminaba, ¡crasso error!, hacia los artificios que procuraba sortear, con su gracia natural, la artista de la obra Gaztambide. Y no podían ser estas auras, que repelen a una y atraen al otro, sino italianas, con lo que se demuestra que los fragmentos de Capuletti e Montecchi de Bellini, pasados también por el filtro de la comedia y colocados entre ambas obras, construyen una excelente bisagra.

Los tópicos de la ópera italiana, sí señor, desde siempre un buen combustible para inflamar la risa de los espectadores. ¿Y no son los gorgoritos del bel canto dulces carcajadas, delicadas contorsiones de la laringe que subrayan las bondades de la existencia? ¿De verdad no encuentra allí, querido lector, restos de ese acontecimiento corporal que es la risa? Risa que adecuadamente tratada –textual, musical y escenográficamente– se contagia al público y, debido a su intensidad vibratoria, se convierte en un potente explosivo que impulsa al género hacia el cambio. Y es que ambos autores, haciendo caricatura de los fogonazos que implican todos estos artificios vocales y empresariales, forjaron, mediante el juego, la conciencia de que al final lo sencillo –las seguidillas (“Dejad al pensamiento” en Gloria y peluca), el bolero (“Yo soy gitanilla” en El estreno de una artista), la zarzuela y la sonrisa, a lo que podemos añadir también lo español, pues estaba dentro de la ideología del momento– fue capaz de conmover incluso al romántico y existencial siglo XIX, al igual que nos abraza a nosotros –¡incluso!–, víctimas del comprometido y (post)moderno siglo XXI.

Cristina Aguilar

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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