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Marin Marais, la enfermedad como inspiración

Thomas Mann afirmó en cierta ocasión que la enfermedad era el medio por el cual se adquiría conocimiento. Sin ninguna duda existe una relación entre ésta y la creación artística, y muchos son los escritos que han tratado de su influencia, que en algunos casos es mutua, así como muchos son los ejemplos que podríamos mencionar. El caso de Beethoven, que empezaría a perder el oído desde los veinte años, y el conmovedor contenido del que se ha denominado Testamento de Heiligenstadt, sería tan sólo uno de ellos.

Si creemos a Aristóteles, todos los artistas importantes han padecido de melancolía. Este era el caso de Rossini. El creador de obras paradigmáticas del bel canto sufría cambios repentinos de humor y, ya en los últimos años de su vida pasó por una depresión, llegando a declarar: “Muchos otros en mi lugar se habrían suicidado, pero soy cobarde y no me atrevo”. Una vez recuperado compuso unas pequeñas obras a las que llamó Péchés de vieillesse (Pecados de vejez). ¿Habría recobrado Rossini el buen humor y la ironía?

El carácter ciclotímico de Rossini no es un caso aislado, ya que si consideramos que las personas con rasgos maniacodepresivos alternan fases de inactividad cuando están deprimidos con periodos creativos increíblemente intensos en sus fases maníacas, encontraremos algunos ejemplos. Se dice que Händel compuso el Mesías en tres semanas –que de seguro fueron agotadoras–. George Sand decía de Chopin, que si durante un paseo, de pronto le venía la inspiración y se le ocurría alguna frase musical, corría a su casa a desarrollarla al piano con una actividad extenuante que le llevaba a encerrarse en su cuarto días enteros escribiendo y borrando, luego volviendo a escribir para finalmente conservar la versión original. Sin embargo, en otros momentos, a Chopin la fiebre producida por la tuberculosis le hacía permanecer en cama durante días, cuyos tiernos sueños melancólicos transmitía después al papel en sus Nocturnos. Algo que no debió de ocurrirle a Liszt, que en su vejez –justo a tres años de su muerte– escribió el Nocturno Schlaflos. Frage und Antwort (Insomnio. Pregunta y respuesta). Pese a estar basado en un poema de uno de sus alumnos, Toni Raab, el hecho de que Liszt llamara “Insomnio” a un nocturno no deja de parecer una irónica boutade.

Al intentar mejorar la movilidad de los dedos medio y anular de su mano derecha, Schumann no hizo más que provocarse lesiones que le impedirían tocar el piano y que le llevarían a reorientar su carrera de concertista, centrándose en la composición. Sin duda le debemos a su mala fortuna muchas de las obras del alemán, que, quizá de otro modo no existirían. Más adelante aparecerían los primeros síntomas de locura que, sin embargo, no le impedirían crear un enorme número de obras de una gran calidad. Se ha especulado muchas veces sobre cómo su enfermedad influyó negativamente en sus obras, llamando la atención sobre supuestas señales de esquizofrenia como la repetición continua de una frase musical en su cuarta sinfonía, fenómeno apodado por los psiquiatras como fil circulaire o verbigeration. Pero también podríamos preguntarnos hasta qué punto sus trastornos mentales le ayudaron a componer, especialmente aquellas obras llenas del sentimiento de dulce tristeza que también inunda la poesía de Keats.

Claros ejemplos en los que la enfermedad ha ayudado a la música los tenemos en Vivaldi, a quien el asma le apartó de oficiar misa para dedicarse a ser maestro de capilla, para alegría de todos los amantes de la música, contemporáneos y posteriores. Por otro lado, la enfermedad genética que según algunos expertos padecía Paganini le habría ayudado en su carrera como virtuoso. Supuestamente, sus largos brazos y dedos, y, sobretodo la asombrosa flexibilidad de sus articulaciones, que sería diagnosticada hoy en día como posible Síndrome de Marfan o de Ehlers-Danlos, habrían sido las que habrían permitido tocar en las tres primeras posiciones de su violín únicamente moviendo la muñeca, desplazar el arco con la parte superior del brazo pegado al cuerpo, ejecutar sus prodigiosas dobles apoyaturas y trinos, sus ricochet… etc. Aparte de todo esto puede que las numerosas horas diarias dedicadas a la práctica, sus dotes innatas para el violín y un talento espectacular para lo grandioso y teatral tuvieran también algo que ver. No olvidemos decir que, tanto el Síndrome de Marfan como el de Ehlers-Danlos, no suponen únicamente el sufrir estos síntomas tan prácticos para el ejercicio de un instrumento musical, sino que viene acompañado de complicados trastornos visuales, cardiovasculares, insuficiencia en el desarrollo muscular, escoliosis, neumotórax…etc.

Para terminar, y antes de levantar suspicacias hipocondríacas que nos hagan lanzarnos sobre el manual Merck, una última nota que nos hará, entre otras cosas, agradecer el habitar en los tiempos en que nos ha tocado vivir. Podremos decir que nunca habremos visto hombre más agradecido a su médico que el compositor francés Marin Marais. Éste, tras haber sobrevivido a una operación de extirpación de cálculos en la vejiga en la que la mortalidad superaba el 60%, escribió una pieza para viola titulada Le Tableau de l’Operation de la Taille y que podemos considerar auténtica obra de programa. En ella describe cómo se desarrollaba la operación, para la cual eran necesarias cuatro personas que debían sujetar al paciente, ya que todo se realizaba sin anestesia. Marais recrea cómo se realizaba la incisión y se introducía un catéter metálico hasta sacar la piedra con un fórceps. El escuchar el relato narrado en la obra no tiene precio.

Hemos hablado de musas, estados maniáticos, inspiración, enfermedades beneficiosas para el arte… Pero no seamos ingenuos y creamos en el mito tan decimonónico del artista genial quien, en medio de una vida ociosa, es visitado en un momento determinado por la musa que le inspira sus mayores obras en un arranque arrollador de actividad creadora. Ya lo dijo Picasso: “Que la musa te encuentre trabajando”.

Ana Mª del Valle Collado

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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