Ensayo
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Rara avis VI

John Cage, el recopilador de sonidos

¿No
estáis hartos de escuchar
expresiones como “paisajes sonoros” o “planos
sonoros”? Seguro que sí, sin embargo, ¿alguna vez
nos hemos parado en la calle a escuchar con atención lo que
sucede a nuestro alrededor? Hagamos la prueba. Situémonos en
un lugar a salvo de empujones de peatones apresurados y cerremos los
ojos; entonces, comencemos a enumerar mentalmente todo aquello que
oímos, analicemos las sensaciones que nos producen estos
sonidos y planteémonos algunas preguntas: ¿podemos
identificarlos?, ¿cuáles son las relaciones entre
ellos?, ¿existen posibles secuencias de sonidos que se
repiten?, ¿están lejos o cerca? Después de esto
quizá nos asombremos de la cantidad de sonidos que nos rodean
diariamente y de los cuales no nos percatamos, como aquéllos
que en forma de sonido aleatorio identificamos como ruido blanco.
Algo así hizo John Cage en una esquina de Sevilla allá
por los años 20. Él, además, abrió los
ojos, sumando así la impresión visual a la auditiva.
“Hay otros mundos, pero están en éste”,
dijo Paul Valéry.

Si
ya durante su viaje a España Cage
había comenzado a escribir música y a pintar según
parámetros matemáticos, sería tras esta
experiencia clarividente cuando, como tocado por el ala de un ángel,
el que iba para arquitecto cambiaría su trayectoria hacia la
música, convirtiéndose, antes que en compositor, en
inventor, en un “inventor ingenioso”, como le definiría
Arnold Schönberg. Desde entonces y durante toda su vida Cage
buscaría nuevos sonidos con los que crear e inventar en su
modo de componer.

A su
vuelta a California comienza a estudiar con Richard Buhlig y Henry
Cowell, quien le recomendaría a Arnold Schönberg. Sin
embargo, tras unas cuantas clases, el vienés le da a entender
a Cage que nunca va a ser capaz de escribir música ya que no
posee sentido de la armonía, algo que para él no solo
daba color a la obra, sino que era fundamental ya que definía
su estructura. “Te encontrarás con un muro que no te
será posible traspasar”, le dijo. Cage le contestó:
“Entonces pasaré mi vida golpeándome la cabeza
contra ese muro”.

Dando
un paso más allá de Russolo, Cage
no solo afirma que todos los sonidos, incluido el ruido, tienen razón
de ser por sí mismos, sino que añade además el
valor del silencio a sus composiciones. Todo sonido, incluidos el
ruido y el silencio, es música para él. Entonces, si
éstos “son” en sí mismos, sin relación
alguna con otros, podríamos pensar que la música carece
de intención, y de ahí a lanzarnos a la indeterminación
y la aleatoriedad hay solo un paso. Así responde Cage a las
críticas de Schönberg sobre su carencia de sentido de la
armonía.

Pero,
¿qué es la aleatoriedad? Algo
maravilloso que hace que una obra nunca sea igual en sus
interpretaciones. “Mi música favorita es la que aún
no he escuchado”, dijo Cage en una ocasión. Sea lanzando
unas monedas al aire, dejando algunos aspectos –como
la métrica o la dinámica–
al azar o al juicio del intérprete, siguiendo las directrices
de los dobleces de una hoja de papel o sustituyendo la notación
musical tradicional por elementos gráficos y visuales, la
partitura se convierte en una obra de arte para la cual a veces se
hace necesario un libro de instrucciones. Esto que puede parecer tan
novedoso no lo es en absoluto, ya que el arca
musarithmica
de Kircher o los juegos
musicales como el Juego filarmónico
de Haydn llevan en sí el germen de la aleatoriedad. El azar
como elemento rector de la actividad artística ha producido,
solo por dar un ejemplo, actitudes tan fantásticas como
algunas de las acciones experimentales de los psicogeógrafos
de la Internacional Letrista.
Entre éstos el filósofo, cineasta y escritor francés
Guy Ernest Debord, quien contaba en la revista surrealista belga Les
levres nues
la historia de un amigo que
vagaba por la región de Harz (Alemania) siguiendo las
indicaciones de un mapa de Londres.

Lo
malo de la aleatoriedad no es que la mayoría de las veces el
proceso sea más interesante que el resultado, sino que este
indeterminismo haya producido piezas de sonoridad muy similar a las
músicas más estructuradas de
los serialistas. Y es que los extremos se tocan. Toda una paradoja.

Esta
nueva manera de escuchar y observar los
sonidos y objetos de nuestro alrededor de Cage le convirtieron en un
auténtico “recolector de sonidos”. El hecho de
coleccionar “sonidos encontrados” le llevaba a utilizar
en su música cualquier tipo de objeto con el que producir un
sonido, como en su conocida performance Water
Walk
, en la que
participan, entre otros, un florero, una cocina, un muñeco de
goma o una botella de Campari.

Al
adoptar para su música el concepto de “objeto
encontrado” introduce en sus composiciones el conceptualismo.
El paralelismo con obras de autores como Duchamp –recordemos su
famoso urinario– es evidente. Lo importante no es el objeto en
sí, sino los ojos con los que se mira. La importancia de la
obra radica en este caso más en su marco teórico que en
su propio contenido. Para muestra un botón: en “Silencio
4’33”

un pianista que bien pudiera ser David Tudor se sienta al piano y
permanece sin tocarlo los 4 minutos y 33 segundos que indica el
título, permitiéndose únicamente diversos
movimientos como pasar las páginas lentamente o acomodarse en
la banqueta. La obra la interpreta el público, con sus toses,
gestos y actitudes de impaciencia o asombro. El pianista soviético
Sviatoslav Richter afirmaba esperar a veces en silencio varios
minutos antes de atacar las primeras notas de un concierto, así
creaba una sensación de expectación en los asistentes,
que se veían sorprendidos cuando por fin comenzaba a tocar…
Pero esto era solo un preámbulo, en el caso del californiano
el silencio era la obra en sí misma.

Pero,
sin duda, por lo que Cage es más conocido es por ser el
creador del “piano preparado”, invención fruto de
la necesidad mientras trabajaba como compositor y pianista
acompañante de baile en la Cornish School en Seattle:
“Necesitaba instrumentos de percusión para una música
de baile que tenía carácter de música africana,
pero el teatro en el que iba a tener lugar la danza no tenía
‘hombros’ ni fondo, solo había un piano de cola en
el escenario. Por aquel entonces escribía música
dodecafónica y para percusión indistintamente. No había
donde guardar los instrumentos y no podía encontrar
instrumentos africanos a los que aplicar los doce sonidos. Entonces
me di cuenta de que tenía que cambiar el piano y comencé
a ponerle cosas entre las cuerdas. El piano fue de este modo
transformado en una orquesta de percusión”. Cage ya
conocía la experimentación con el piano a través
de su profesor Henry Cowell, quien en su obra
“Aolian Harp”
hace atacar directamente las cuerdas del piano. De algún modo
el piano preparado era “tradición” en la inventiva
americana, pues la American Bach
Society
, que no podía obtener de
ningún modo un clave del s. XVIII, empleaba chinchetas en los
macillos del piano para simular su sonido. Y años atrás,
los siempre innovadores pianistas de jazz ya introducían hojas
de periódico entre las cuerdas en la búsqueda de nuevos
efectos tímbricos.

Si
al principio las indicaciones sobre los
objetos que se debían añadir a la hora de “preparar”
el piano eran más o menos sencillas y poco específicas,
pronto esto cambiará la selección de materiales, que se
hará cada vez más complicada, llegando a utilizar no
menos de cinco tipos distintos de tornillos, maderas, nueces,
plásticos, gomas, monedas, trapos, etc. ¿Cuál
era el criterio para la utilización de unos u otros objetos y
su colocación? Simplemente el sonido que resultaba: “Del
mismo modo en que uno va a la playa y recoge conchas que le gustan,
yo voy al piano y recojo los sonidos que me gustan”.

Recolector
de sonidos, Cage supo mirar con nuevos ojos a su alrededor y dar
valor a cualquier tipo de sonido, incluido el ruido, o al silencio.
Quizás un día de éstos
nosotros también nos sorprendamos si nos paramos un día
a escuchar y a observar las cosas con una mirada nueva, como si las
descubriéramos por primera vez, y convertirlas así en
obras de arte. Mientras no nos roben la capacidad de asombro y la
curiosidad, estaremos vivos.

Ana M.
del Valle Collado

Fotografía procedente de: John Cage Trust

Publicado en abril 2012

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