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Música en tiempos de Ricardo III, el rey que emerge de la tierra

Sonidos entre la Edad Media y el Renacimiento

Fin de la caza al esqueleto de Ricardo III”. Este titular aparecía en el diario El País el día 4 de febrero de este año 2013 haciendo referencia a un gran descubrimiento arqueológico: estudiosos de la Universidad de Leicester confirmaban, tras meses de pruebas y comprobaciones, que los restos óseos hallados bajo un párquing de la ciudad eran, ni más ni menos, que los del rey Ricardo III de Inglaterra. Allí se había erigido muchos siglos atrás la iglesia de Greyfriars, el lugar donde fue sepultado el monarca según se menciona en un documento financiero del rey Enrique VII, su sucesor.

En ocasiones, estas noticias pueden pasar sin demasiada transcendencia para aquellos ajenos a la comunidad científica, pero no en este caso: Ricardo III no fue un monarca al uso. Considerado el último rey medieval inglés, el último rey que murió en el campo de batalla, el último de su dinastía, los Plantagenet; incluso hoy se plantea ofrecerle sepultura digna y siguen surgiendo voces en su contra. El que fue destronado por Enrique Tudor (que sería coronado como Enrique VII), el sospechoso de asesinato de sus dos sobrinos para acceder al trono, el hombre cuyo reinado tan solo duró dos años y cuya huella aún sigue aquí, envuelta en polémica desde la tragedia de Shakespeare que lleva su nombre. Todo ello fue Ricardo III, protagonista en una corte que habría dado y daría a Europa las más importantes e influyentes figuras en la música del siglo XV.

Los Plantagenet, una dinastía transformadora

Para entender la corte en que creció y reinó (tan brevemente) Ricardo III merece la pena echar la vista atrás y conocer los orígenes de los Plantagenet, la dinastía de la cual fue el último representante. Se considera fundada por Godofredo V de Anjou en el siglo XII, al casarse con Matilda, la hija del rey Enrique I de Inglaterra. El hijo del matrimonio, coronado como Enrique II, se casaría a su vez con una de las figuras más destacadas en la historia de la cultura medieval: Leonor de Aquitania, nieta del primer trovador del que se tiene noticia, y que hizo de su corte uno de los centros culturales más importantes de la Europa Occidental. Así, durante los años de reinado de los Plantagenet, Inglaterra pasó de ser poco más que un reino colonizado y gobernado desde fuera a uno de los reinos más comprometidos y maduros de Europa.

Durante casi 200 años no hubo problemas sucesorios en el trono de Inglaterra, pero el siglo XV fue testigo de la llamada Guerra de las Rosas entre la casa de Lancaster y la casa de York, dos ramas cadete simbolizadas por una rosa roja y una rosa blanca respectivamente. La contienda se alargaría durante 30 años hasta que la batalla de Bosworth Field en 1485 pondría el punto y final: Enrique Tudor, de parentesco relativamente lejano con los Lancaster, derrotaba a Ricardo III de la casa de York. La guerra acababa y con ella la Edad Media en Inglaterra.

Ricardo III, asesino despiadado (¿o no?)

El carácter de este Príncipe ha sido generalmente tratado de forma muy severa por los historiadores, pero al ser de la casa de York, más bien me inclino a suponerle un hombre muy respetable. Ciertamente, se ha afirmado con seguridad que mató a sus dos sobrinos y a su mujer, pero también se ha declarado que no mató a sus dos sobrinos, lo que me inclino a creer; y si ese fuera el caso, también podría afirmarse que no mató a su mujer […] Inocente o culpable, no reinó en paz durante mucho tiempo, ya que Henry Tudor Conde de Richmond, como el más gran villano que nunca vivió, armó un gran escándalo para conseguir la Corona, y habiendo matado al rey en la batalla de Bosworth, lo consiguió.1

El anterior es un texto de finales del siglo XVIII, que firmaba una “historiadora parcial, con prejuicios e ignorante”. Se trataba de la escritora Jane Austen, que a los 16 años escribió como divertimento una historia de los reyes de Inglaterra. Este pequeño fragmento dedicado a Ricardo III nos da idea de la polémica y los misterios que entonces y aún hoy envuelven a la figura del rey.

Mucho podríamos hablar de los rasgos y características de un monarca que a duras penas reinó dos años, pero existen dos hechos que lo marcan de forma ineludible: su deformidad y su papel de asesino, ambos descritos (¿hiperbolizados?) en la obra más célebre sobre su figura: la tragedia Ricardo III, que William Shakespeare escribió en 1592. Deforme e inacabado son los primeros adjetivos con los que el escritor describe al rey. Se le representa habitualmente jorobado y decrépito, y no es casualidad. Durante la Edad Media, la enfermedad y más que ninguna la evidente, la visible, no era objeto de compasión sino de burla, era un signo moral: el puro era sano, el impuro, no. Así pues, la joroba de Ricardo es un elemento más que destaca su inmoralidad. Los restos encontrados nos dan hoy un mensaje un tanto distinto: Ricardo padecía escoliosis, una alteración que en cualquier caso hubiese derivado en tener un hombro más alto que otro, pero es poco probable que se tratara de un jorobado.

Pero el hecho más controvertido fue su ascenso al trono, que dio lugar al nacimiento de la leyenda de los Príncipes de la Torre. Difícil es resumir una historia tan intrincada, pero sirva decir que tras la muerte de su hermano, el rey Eduardo IV, el futuro Ricardo III –por entonces aun Ricardo de Gloucester– fue nombrado Lord Protector de los dos hijos de su hermano, Eduardo y Ricardo, apenas dos niños de 12 y 9 años. Eduardo a la muerte de su padre pasó a ser Eduardo V, pero por su protección (o quizás no), Ricardo los encerró en la Torre de Londres. Con una artimaña legal, declaró ilegítimos a los hijos de su hermano, pasando a ser él mismo el heredero de la corona. Ricardo de Gloucester se convirtió en Ricardo III y, de los príncipes, nunca más se supo.

Si fue Ricardo o no el autor de la supuesta muerte de los jóvenes es aún un misterio sin resolver. ¿Fue realmente así o se trata más bien de una tesis defendida por la dinastía que entraba al trono? Más allá de controversias, la Inglaterra del siglo XV en que sucedían todas estas historias fue el caldo de cultivo de un nuevo estilo musical que acompañaba a una nueva época: el Renacimiento.

La música en la corte inglesa del siglo XV

El profesor Compton Reeves afirma que, al igual que los grabados en alabastro, existió una forma de arte que fue apreciada por todos los reyes ingleses del siglo XV y obtuvo gran éxito más allá de las fronteras del país: la música. Así pues, esta época dio en Inglaterra grandes nombres en el ámbito de la composición, autores de músicas que probablemente se oyeron en tiempos de Ricardo III, algunos de los cuales llegaron a trabajar para él e incluso para su sucesor, Enrique VII.

Si hay un rasgo común a todos ellos fue la llamada contenance angloise, el estilo inglés, descrito por el poeta Martin le Franc en 1441: polifonía con armonías ricas, basadas en intervalos de tercera y sexta. Además establecía cómo autores como John Dunstaple (1390-1453) habían sido claves en su difusión, influenciando a compositores franco-flamencos de la talla de Gilles Binchois y Guillaume Dufay. De la vida de Dunstaple (o Dunstable, según la fuente), poco se sabe en realidad, pero algunos datos nos presentan un perfil atípico: no era clérigo y tampoco se le relaciona con ninguna universidad. Dejó un curioso epitafio: “el hombre que poseía el conocimiento secreto de las estrellas”. Sí, además de acercarse a la armonía celeste a través de la música, Dunstaple fue astrólogo, astrónomo y matemático.

Uno de sus contemporáneos fue Leonel Power (1370/1385-1445), el autor más representado en el Manuscrito de Old Hall, una de las pocas fuentes musicales inglesas conservadas de principios del siglo XV. Y es que, lamentablemente, siempre que se habla de la música inglesa de este período nos encontramos con una visión parcial inevitable. La mayor parte de ellos fue destruida durante la disolución de los monasterios que llevó a cabo Enrique VIII en los años 1536 y 1540. Por ejemplo, en el caso de Walter Frye, su música nos llega sobre todo a través de manuscritos continentales.

El vínculo de Inglaterra con Europa, y en consecuencia, una de las vías más directas de transmisión de ideas entre ambos espacios lo representó el compositor John Hothby, nacido en torno a 1410, y que abandonó Inglaterra con 25 años para recorrer Europa como un clericus vagans, pasando por Francia, Alemania, España e Italia, donde se estableció como profesor en la catedral de Lucca, a los 57 años. Hubiera podido ser su último destino, pero el recién coronado Enrique VII lo mandó llamar de vuelta a Inglaterra, tanta debía ser su fama. Contaba con 76 años cuando llegó a la corte, y murió al año siguiente.

Pero si hubo algún compositor relacionado de forma directa con el rey Ricardo III, ese fue Gilbert Banester (1445-1487), paradójicamente del que menos información nos ha llegado. Descrito como siervo del rey el año 1471, trabajó para Eduardo IV y el propio Ricardo III, sobreviviéndolo y también al servicio de Enrique VII. Fue ordenado caballero de la Capilla Real en 1475 y maestro del coro en 1478. Así, sus obras se encuentran principalmente en recopilaciones musicales religiosas de la dinastía Tudor, como el Manuscrito Pepys.

De Smetana o la fascinación por el mito

Tras asistir a una representación de la tragedia de Shakespeare, el compositor checo Bedrich Smetana compuso en 1857 el poema sinfónico titulado Ricardo III, que describió como una fantasía para orquesta y se estrenó en Praga, dirigido por él mismo, en 1862. El propio Smetana describía el poema con estas palabras:

Puedo decir que la personalidad de Ricardo III se hace presente desde el primer compás y su tema predomina en diversas formas a lo largo de la obra. La sección central describe a Ricardo, victorioso, siendo coronado Rey. Y en la sección final he intentado retratar el terrible sueño que tiene en la tienda antes de la batalla, en el cual sus víctimas aparecen, una tras otra, para predecir su ruina.

No fue el único fascinado por el mito trágico del rey. La tragedia de Shakespeare ha aparecido en numerosas manifestaciones culturales de todo tipo (incluso Freddie Mercury llegó a cantar la célebre frase “¡Mi reino por un caballo!”). Y hoy más que nunca, el misterio se presenta ante nosotros de nuevo. Emerge de la tierra Ricardo III con su cráneo partido por las heridas que recibió antes de morir en una batalla en la que perdió su montura demasiado pronto, y resucita su historia. Una historia acompañada por la música de compositores astrólogos, de clérigos que recorrían Europa con un nuevo estilo que cambiaría el continente. Una historia con muchas preguntas y pocas respuestas que fascinó a William Shakespeare y a tantos otros. Que nos sigue fascinando todavía.

María R. Montes

Publicado en marzo 2013″ id=”mes” alt=”Marzo” border=”none”/>

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