Polaroids de un unicornio

Se apagan las luces y ocurre ese momento místico por el que tan necesaria es la música hoy día: la espera de lo inesperado. El ritual de lo imposible (no se me ocurre una manera menos pomposa de llamarlo) encerrado en esa primera nota concertada, con el aire de los músicos contenido, con el oído sin horma sonora, sin huellas de la calle ni las podredumbres varias que arrastramos rutinariamente hasta la butaca. Pero cuando van desapareciendo, a medida que se atenúa la luz o que el público se silencia, el oído va quedando entonces perfecto, como la nieve recién nevada de Alfred Sisley; es, ya imaginan, mi momento favorito. Pero en este caso en concreto el silencio de aquella noche estaba lleno de muchas más cosas, de menos sospechosos habituales: se sentía la angustia, el miedo, el orgullo, la aprehensión… Sonaron las primeras notas. Lentas, pensé, muy lentas. Instrumentos modernos para una ópera barroca, al menos la mayoría de ellos, tal vez las flautas no. Dinámicas ralentizadas. Cierta inseguridad. Entonces paré y desconecté mi oído deformado de crítico. Prefiero contagiarme por la periferia de emociones que me circunda. Y es ahí cuando se hace la luz en el escenario y los alumnos del Conservatorio Superior de Badajoz “Bonifacio Gil” van llenando el espacio mítico del Teatro Romano de Mérida con el Dido y Eneas de Purcell.

Una tras otra se van sucediendo las intervenciones en un montaje perfecto, porque ellos, los alumnos, están en un momento en el que las intenciones sirven donde todavía no llegan las certezas. Les aplauden en cada número los familiares, pero también los acomodadores y los técnicos. Para nosotros estos músicos son los marineros con cera en las orejas que nos protegen de las sirenas de la rutina, los ciudadanos de una sociedad extinta para la mayoría que conjuga música, juventud, y el derecho o el deber de la equivocación pertinente. Fueron (estuvieron) inmensos, y sacaron adelante una ópera comprometida con una dignidad conmovedora.

La Dignidad, así, con mayúsculas, creo que está conformada por grandes gestos (como Savall renunciando al Premio Nacional por la precariedad de las políticas culturales) y también por los pequeños, que se defienden anónimamente. Como críticos o divulgadores creo que nuestro sitio está más en este tipo de conciertos que frente a Plácido Domingo en el I due Foscari. O en ambos, si lo prefieren o la vida les da para ello. Pero si hay que elegir, hacemos más falta en los pequeños.

Aplaudimos muchísimo, al menos más de lo que yo practico con Barenboim, Salonen o Pollini. Había un acuerdo tácito entre el público, creo yo, por reconocer lo que han hecho y lo que pueden o están por hacer. Que oigan el aplauso, el verbo de la emoción. Que se enganchen a este oficio de cuentacuentos tramposo que ha de aprender cómo llegar dentro atajando por el oído. Y que se queden con esto, que luchen por este brillo en los ojos y no se pierdan en las Ítacas remotas de este mundillo que a menudo nos devuelve a resentidos Ulises. Que, sencillamente, no olviden la esencia de este invento del demonio que es la música, esta polaroid de un unicornio, este Principito montando colas de cometa con la naturalidad del que transita a diario y de puntillas por lo imposible.

Nieve en Louveciennes (1878). Musée d’Orsay.

Publicado en noviembre 2014

 

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