Yogaterapia para músicos

Una buena técnica resulta imprescindible, pero no es suficiente

  • ¿Consigues obtener el máximo provecho de tu estudio diario?
  • ¿Dispones de recursos suficientes para superar todas las dificultades que te encuentras al enfrentarte a una partitura?
  • ¿Eres capaz de rendir al máximo de tus posibilidades cuando afrontas un examen, o durante los conciertos y audiciones?
  • ¿En algún momento de tu vida has padecido alguna patología osteo-muscular o has sufrido algún desorden psico-emocional que haya condicionado tu actividad como intérprete y estudiante?
  • ¿Estás plenamente satisfecho de cómo eres, cómo te muestras, cómo te sientes, cómo piensas, cómo actúas…?

Indudablemente, una buena técnica resulta imprescindible para manipular correctamente nuestro instrumento, pero no es suficiente, porque a nosotros, ¿quién nos controla?

Yoga = unión (cuerpo, mente, emociones) + instrumento

El yoga nos proporciona una serie de herramientas, técnicas milenarias para controlar las energías y los resortes que nos mueven, y de este modo alcanzar conscientemente la unión entre las tres partes de la personalidad, requisito indispensable para establecer una nueva relación con nosotros mismos, con nuestro instrumento, y en consecuencia con la interpretación musical.

Somos músicos: profesionales de la docencia, estudiantes, intérpretes de algún instrumento, y sabemos que resulta imprescindible que éste se encuentre en perfecto estado para poder obtener de él su máximo rendimiento. Así pues “soñamos” con un piano perfectamente afinado, el mecanismo de doble escape regulado en todas y cada una de las teclas, que las válvulas y los pistones de los instrumentos de metal se encuentren bien lubricados, que las cuerdas de los instrumentos de arco sean de excelente calidad y hayan sido tensadas del modo adecuado, que en los instrumentos de lengüeta la caña haya sido seleccionada y equilibrada de modo que nos garantice una interpretación “sin sorpresas”.

Todo esto está muy bien, pero, ¿qué pasa con nuestro principal instrumento? Hemos de saber que, a pesar de que polarizamos la atención hacia “algo” que está fuera de nosotros: “el instrumento”, que acapara nuestra atención y hace que nos afanemos en su manejo con mayor o menor destreza, olvidamos que en realidad, el verdadero instrumento ¡somos nosotros mismos! No partir de esta consideración condiciona no solo nuestra práctica musical sino que, me atrevería a decir, determina también nuestra salud, nuestras relaciones sociales y afectivas y en consecuencia, nuestra vida misma. Por otra parte, ¿qué conocemos de nuestro cuerpo físico? ¿somos capaces de utilizarlo ergonómicamente? ¿sabemos cómo ponerlo a punto? ¿cómo repararlo del desgaste a que se ve sometido? ¿sabemos tan siquiera cómo funciona? ¿Acaso somos conscientes de nuestro cuerpo físico para gobernar todas las acciones que con él realizamos?

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Nuestro cuerpo físico está formado por un conjunto de músculos y tendones, de huesos, de glándulas, de nervios, de circuitos y conductos por los que circulan diferentes fluidos; un intrincado sistema de autopistas de información por el que evolucionan nuestros pensamientos y nuestras emociones.

Los cuerpos físico, emocional y mental son tres aspectos diferentes de una única realidad, al igual que sucede con las teclas del piano, las cuerdas del arpa, el taburete y la partitura; son cuatro aspectos diferenciados que forman parte de un único plan. Lo que sucede es que nuestra mente los analiza de manera separada, clasificándolos en diferentes categorías, dándonos la impresión de que no tienen nada que ver entre sí, pero son parte de lo mismo pues se trata de elementos que forman parte de una unidad. Por lo que respecta a nuestros tres cuerpos inferiores (C.F., C.E. y C.M.) se produce algo análogo: aparentemente están separados, son independientes. Pero sabemos que pertenecen a la misma unidad psicofísica, lo que sucede es que nuestra conciencia ordinaria no es capaz de reconocer que esto es así.

Si la mente, las emociones y el cuerpo físico fueran capaces de trabajar en equipo guiadas por la voluntad y perfectamente coordinados podrían conseguir resultados sorprendentes, inimaginables. Lamentablemente cada uno de estos tres elementos va casi siempre a su aire.

Quién de nosotros no ha conseguido en algún momento de su vida, bendecidos por la inspiración, interpretar un fragmento musical ¡perfecto!, ejecutar un pasaje orquestal a un nivel inaudito, hasta el punto de quedar perplejos ante el milagro del que hemos sido testigos (y al tiempo actores). Pero, por desgracia, la alegría es efímera en cuanto nos viene a la mente el sempiterno pensamiento:

“¿Por qué no seré capaz de tocar siempre así?”

Sin embargo, ¿qué ha ocurrido realmente durante este “milagro”?

A nivel mental:

  • Recabamos toda la información acumulada en nuestra memoria para observar la situación, dentro y fuera de nosotros.
  • Analizamos y escuchamos (entiéndase escuchar en un plano mental más elevado, a nivel del “supra consciente”) lo que la música nos dice, lo que nos pide, lo que nos da.
  • Conseguimos resolver desde un punto de vista técnico todas sus dificultades.
  • Utilizamos con buen criterio todos los conocimientos de índole estética.
  • En última instancia, aprehendemos la música, conseguimos “hacerla nuestra”.

A nivel emocional:

  •  Gozamos de altas dosis de motivación y entusiasmo.
  •  Hay actividad emocional, pero es suave, templada, se halla en equilibrio. “Emotivos pero controlados”.
  •  Una sana y verdadera autoestima nos nutre de confianza.
  •  Consecuentemente, disfrutamos de un altísimo grado de seguridad en nosotros mismos.
  •  La serenidad y la prudencia, así como el vigor y el valor, todo ello en su justa medida, detienen todo el potencial inhibidor del miedo.
  •  Un deseo sublimado, como motor de la acción, y en definitiva, la fuerza de voluntad impelen al cuerpo físico hacia la acción correcta.

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A nivel físico:

  •  Nuestro cuerpo se halla en un perfecto equilibrio postural.
  •  La posición de éste y su relación con el instrumento es impecable; una “estampa de libro”.
  •  Adquirimos una técnica de digitación impoluta.
  •  El tono muscular en es el adecuado gracias a unos niveles óptimos de acetilcolina (neurotransmisor que, entre otras funciones, es el responsable de regular el tono muscular).
  •  El “soporte” abdominal se halla convenientemente regulado; el sistema de músculos en contraposición (diafragma vs. músculos abdominales) se halla en su “justo medio” (Aristóteles dixit).
  •  Por todo ello, los parámetros relativos al caudal y a la presión de aire alcanzan valores ideales durante el soplo.
  •  Los parámetros de la embocadura (tensión en equilibrio de los 12 músculos faciales, control de la caña o de la boquilla, en los instrumentos de metal) están perfectamente aquilatados.
  •  La lengua realiza a la perfección su trabajo durante la emisión y la articulación.
  •  Nuestra memoria permite que realicemos una secuencia de movimientos perfectamente coordinados, durante la cual todos los miembros y engranajes del aparato locomotor actúan con absoluta precisión.
  •  Obtuvimos el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo.

Pero… ¿por qué no puedo tocar siempre “así”?

La respuesta es bien sencilla: porque nuestra consciencia ordinaria no se encuentra suficientemente despierta de tal modo que nos permita darnos cuenta de que el cuerpo, la mente y las emociones se hallan perfectamente coordinados. Pero voy a ir más allá: durante el “milagro” éramos presa del entusiasmo (etimología griega: “poseído por los dioses”), nos encontrábamos profundamente inspirados y la conciencia había “pegado el salto” hasta situarse en un plano excepcional a un nivel extraordinariamente elevado.

Y en este punto lo dejo… Cada cual, en virtud de sus posicionamientos filosóficos y su formación religiosa, que llegue a sus propias conclusiones. En cualquier caso, solamente merced a unos niveles de conciencia extraordinarios todos somos capaces de realizar “milagros musicales”. Lo cierto es que cuando tocamos frente al público, o incluso en nuestra propia casa, aunque tuviésemos todo claro, perfectamente calculado (desde el punto de vista mental, intelectual), las emociones descontroladas pueden tirar al traste todo el trabajo que habíamos estado realizando, día tras día, con nuestro instrumento, en soledad, con entrega, con perseverancia, con fe… Así durante semanas o meses, para luego rendir por debajo de nuestras posibilidades y expectativas. ¿No resulta esto desalentador? Las consecuencias pueden llegar a ser tales como la enfermedad o el abandono de la profesión. Nuestro coraje, nuestro amor propio, pueden ayudarnos a salir adelante y a recuperarnos de los fracasos, pero en ocasiones, malas experiencias en público de manera reiterada nos pueden sumir en la desesperanza, minar nuestra autoestima, hasta provocar el abandono de nuestros objetivos.

Se consumó la derrota. Una vez más nuestros sueños y anhelos sumergidos en el fondo del oscuro y tenebroso “océano de la frustración”.

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Las técnicas del yoga no son la “panacea”, del mismo modo que ninguno de los métodos de armonización psicofísica que expondremos en la primera sesión permitirán conseguir resultados asombrosos en tiempo récord. Desde mi experiencia personal en el estudio y aplicación de varias de estas técnicas durante los veintitantos años que llevo ejerciendo la docencia en conservatorios, puedo afirmar categóricamente que en la aventura del autoconocimiento, en el sendero de la realización, no existen atajos: “y a partir de ahora te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (y no con el sudor “del de enfrente”).

No existen atajos, pero honestamente puedo dar fe de que el yoga no es una técnica más de armonización psicofísica. He trabajado la Técnica Alexander, el Feldenkrais, el método Cos-art, todas estas propuestas resultan formidables a la hora de mejorar nuestra psicomotricidad, de optimizar nuestro esfuerzo, aumentar nuestro rendimiento, pero el yoga… ¡El yoga es otra historia! , pues está mucho más de las modas pasajeras, no es un producto más de consumo. Sencillamente, lo que le diferencia de los demás métodos de trabajo interior es que “tiene relleno”, nos permite conectarnos con la esencia de nosotros mismos, con la raíz de nuestro propio ser, con lo que somos en realidad (descubrir lo real de nosotros mismos para dejar de ser vasallos de nuestra mente y así poder gobernar el mundo, nuestro pequeño-gran mundo). “Conócete a ti mismo” (G???? sea?t??).

Te advierto, quien quiera que fueres,

¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza,

que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas,

tampoco podrás hallarlo fuera.

Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa,

¿cómo pretendes encontrar otras excelencias?

En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros.

¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses”.


(Inscripción puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos de la Grecia Clásica)

¡Nada más y nada menos!

La práctica continuada del yoga no nos va a convertir en personas perfectas, resultaría pretencioso. Tampoco va a solucionarnos la vida de la noche a la mañana, sería ingenuo. Sin embargo, con perseverancia, a base de entrega y con humildad, nos va a ayudar día a día a transformarnos lenta pero inexorablemente. Poco a poco nos vamos a ir haciendo más conscientes, a darnos cuenta de lo que sucede, tanto en nuestro mundo interior como exterior, por qué sucede; cómo sucede y para qué sucede. Y lo que es aún más importante: nos van a ayudar a ser más felices, a vivir con plenitud, a aceptarnos tal cual somos, con nuestras virtudes y con nuestros defectos, con nuestras genialidades y con nuestras estupideces, con nuestras capacidades y nuestras limitaciones.

Son “aquellas pequeñas cosas” (que diría Serrat) las que llevo descubriendo durante casi veinte años y que han dado forma a este artículo. Ojalá te sirva de alguna ayuda o al menos te suscite una reflexión. Con ese único propósito he escrito estas líneas, la motivación que me lleva a propagar la el yoga entre aquellas personas que se acercan a mis clases. Si lo consiguiera en alguna medida, me sentiría enormemente feliz. Han tenido que transcurrir miles de años, pero el yoga ya está entre nosotros, ¡también en los conservatorios!

OM SHANTI

Pedro M. Garbajosa*

* Profesor de clarinete y de yoga para músicos del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Miembro colegiado de la Asociación de Yoga “Sanatana Dharma”. Grado de “Maha Yoga Siromani” (Profesor Superior de Yoga). Diplomado en Medicina Védica y Bioespinología.

Fotografía: Irene Medina.

Publicado en enero 2014

 

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