Los juegos no pueden aburrir

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R. Strauss, Cuatro últimos lieder. E. Elgar, Sinfonía nº 2. Measha Brueggergosman (soprano); Yaron Traub (dir.). Orquesta de Valencia. Auditorio de la diputación de Alicante, 4 de noviembre de 2017.

Richard Strauss compuso sus Cuatro últimos lieder en el año 1948, una vez había finalizado la guerra mundial en Alemania con unas catastróficas consecuencias, y mientras él veía que se acercaba su final. Escribió estas piezas a modo de nostálgico adiós, un recuerdo de la herencia romántica alejado de los atonalismos de Salomé y que se han convertido en una de las obras más importantes de la música vocal del siglo XX. El compositor quiso que esta partitura fuera su despedida, y en este concierto pudimos constatar en el ADDA que, modificando un poco las palabras de Napoleón Bonaparte, un adiós a tiempo es una victoria.

Yaron Traub se despidió como director titular de la Orquesta de Valencia el pasado 26 de mayo de 2017 después de 12 años a la batuta. Sin embargo, de manera excepcional para esta ocasión, volvió a coger las riendas de la agrupación como director asociado (el nuevo titular es Ramón Tébar) para interpretar los mencionados lieder de Strauss y la Sinfonía nº2 de Elgar, dos partituras de las que Yaron Traub no consiguió ni consigue aún hoy presentar unas interpretaciones que logren satisfacer al público, tanto por la concepción de las obras como por el resultado final.

Para los Cuatro últimos lieder la Orquesta de Valencia contó con la soprano Measha Brueggergosman, que fue lo mejor de la noche a pesar de la dificultad vocal de las piezas;consiguió transmitir la nostalgia que se puede adivinar en las letras de los poemas de Hesse y Eichendorff. Sin embargo, no se disfrutó de una interpretación conjunta perfecta, pues la agrupación parecía alejada de la cantante, como si estuviera realizando una actuación diferente a la de Measha, y llegó a colocarse por encima de la soprano en puntos álgidos de la obra.

La segunda parte nos trajo la ejecución de la Sinfonía nº2 de Elgar, obra dedicada al rey Eduardo VII y estrenada en el año 1911, unos meses después del fallecimiento del monarca. La pieza, dividida en cuatro movimientos al más puro estilo del clasicismo, intenta transmitir un sentimiento de alegría, de fuerza e incluso de diversión, con un guion repleto de juegos rítmicos, Elgar utiliza diferentes compases para distintos instrumentos simultáneamente, y se sirve de recursos como el tenuto, que ayudan a darle si cabe todavía más jovialidad a la sinfonía. Todo esto, unido a la variedad que imprime su segundo movimiento, mucho más solemne y pausado, hacen difícil que la partitura pudiera resultar aburrida o monótona; y sin embargo la Orquesta de Valencia lo consiguió. Más allá de los posibles y puntuales fallos de afinación o empaste, que realmente no aportan nada al discurso, la interpretación dejó mucho que desear sobre todo en el apartado más retórico de la obra, y mostró en todo momento una monotonía que dejaba de lado todos los juegos rítmicos implícitos en la partitura. Como consecuencia, la actuación parecía más una lectura continuada de notas que una ejecución asimilada y con ganas de trasmitir la verdadera intención que se esconde entre las mismas.

Es una pena que, a pesar de los importantes nombres que pasean cada año por el ADDA, la Orquesta de Valencia, la titular de la ciudad vecina y que acude a nuestro auditorio con bastante asiduidad, no consiga culminar una actuación verdaderamente reseñable; siempre quedan puntos oscuros en las representaciones que esperamos que en futuros conciertos se mantengan fuera del escenario.

 

Daniel Lloret Andreo

     
     
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