Cuando la contención deviene en belleza

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Belshazzar (G. F. Handel). William Christie & Les Arts Florissants. Rosemary Joshua, Sarah Connolly, Iestyn Davies, Allan Clayton, Neal Davies. Conciertos y Solistas Extraordinarios de las Juventudes Musicales de Madrid. Auditorio Nacional, 11 de diciembre de 2012.

Cuando Furtwängler comentaba a Walter Abendroth que la música habitaba en el “tercer factor”, en la presencia de unos intermediarios que la dieran a conocer porque no se podía mostrar a sí misma como otras artes plásticas, nos estaba definiendo en último término la funcionalidad e importancia de la dirección de orquesta. Ha sido éste un tema recurrente en toda parte, desde el genial discurso de Muti sobre el arte de dirigir al recoger cierto galardón a las palabras encendidas de Scherchen que diferenciaban la labor del instrumentista de la del director, quien ha de hacer sonar “un organismo vivo”. También Solti, en sus Memorias, hacía suya la notable rebaba de Toscanini respecto a la importancia del binomio músico-director en su relación con la visión conceptual de la obra: “Les odio a todos ustedes porque destruyen mis sueños”. En fin, podríamos estar unos cuantos párrafos más dando vueltas a la componente teórica de la dirección orquestal y no seríamos más asertivos ni clarificadores que los últimos segundos de la labor de William Christie en el Belshazzar de Handel para Juventudes Musicales la pasada noche.

Y el recurso, en realidad, no pudo ser más sencillo. Ahí radicó su belleza. Durante el calderón final, no escrito pero siempre realizado sobre el “Amen” de la partitura, la orquesta y coro en tutti parecían dar cuenta de ese acorde mayor festivo que Handel coloca como colofón final, el que nos describe la mansa alegría. El gesto de Christie, que debía hacer callar a todos los músicos, sólo silenció de súbito a la orquesta y dejó al coro, sin transición alguna, en un sotto voce ejecutado en pianísimo con la textura y el grosor de un cristal de Murano. De ninguna otra forma se podía visualizar mejor el hecho de que nos encontramos ante un oratorio, a pesar de su escritura italianizante y del regusto operístico del que aún conserva leves rescoldos (Handel había finalizado su relación con la ópera apenas tres años antes de la composición de este oratorio, con Dedaima). Este final portentoso, que hizo levantar de sus asientos a la mitad del patio de butacas, es una buena síntesis de lo que estuvimos escuchando, de la defensa cerrada de Christie respecto a esta pieza. El oratorio Belshazzar se escucha raramente en las salas de conciertos, y tampoco tiene una representación en disco especialmente nutrida. De hecho, se le suele considerar menos inspirado que otros, tal vez por encontrarse a medio camino entre los dos modelos habituales de oratorio handeliano: sin la ampulosidad coral de Israel en Egipto pero tampoco la línea cantábile de las arias del Mesías.

Para dramatizar y colorear la escritura orquestal de la obra Les Arts Florissants reforzó la línea de contrabajos (más poblada de lo que las partituras de Handel requieren), una afinación levemente más baja y una eludida brillantez en los fragmentos a solo. Esta suma de profundidades se compensaba con la elección de voces tanto en el coro como en los solistas, en absoluto gratuita. Con independencia de sus timbres particulares y de sus tamaños, todas las voces eran ricas en la emisión de armónicos y una sonoridad que tendía a lo etéreo, ajustándose a la perfección al ambiente onírico y atmosférico del que Christie gusta rodearse en los oratorios del sajón. En general hubo buen nivel en el coro, al que se le agradece el intento de mantenerse a la altura de la orquesta en lo referente a empaste (tal vez sea Les Arts Florissants, junto con la Freiburger Barockorchester, la orquesta historicista que más desarrolle estos aspectos). Del reparto destacó sin duda Sarah Connolly, con mucho gusto en las agilidades y belleza de emisión, quizás con una columna de aire un punto excesiva. Davies cantó con aparente facilidad y Allan Clayton tuvo sus buenos momentos, aunque a veces andaba más metido a Tristán que a Belshazzar. El dúo nº 47, “Great victor, at your feet I bow” fue quizás lo más bello y reseñable a nivel vocal, donde la escritura violinística y la sucesión de las voces parecieron emocionar a buena parte de los presentes.

Cuando el tipo de lectura que se pretende, como en este caso, elude el virtuosismo y la ostentación para presentar una visión de conjunto, resulta complicado destacar aspectos orquestales o vocales concretos. La belleza pasó por la contención y por el detalle, como el efecto sonoro de la embriaguez propiciado por contrabajos y chelos, la caracterización múltiple del coro (el de judíos el más conseguido, con larguísimos crescendi ejecutados al milímetro) o la genial Sinfonía de los Sabios. Fantástica Florence Malgoire, la concertino, en el aria de Gobrias, “Behold the monstrous human beast”, al igual que las trompetas sin agujeros de impecable afinación, sabiendo como se sabe la dificultad que esto entraña.  

Christie se permitió ciertas licencias autorreferenciales, como el aria 38, reelaboración de la del sueño del Orlando que grabó en su día para Erato y que el norteamericano ajustó más con la articulación de violines y ornamentación del bajo continuo al ambiente italiano de aquélla que al inglés de ésta. O las fantásticas paradas de orquestales casi más propias de una Pasión que del espíritu del Belshazzar. En fin, un concierto de enorme calidad, de detalle fino y paladeo lento donde uno se ve incapaz de sustraerse a los veinticinco minutos finales de felicidad recreada por orquesta y director y que inevitablemente le hacen salir reconciliado con lo que sea que a cada uno le atormente.

Mario Muñoz Carrasco

Imagen: La torre de Babel Pieter Brueghel el Viejo

     
     
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