Crítica
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Ascenso y caída desde la torre de marfil

Afán por cuestionarse

Ciclo Universo Barroco, CNDM. Hespèrion XXI. Jordi Savall. (dir.). Programa: La Europa musical, 1500-1700. Danzas italianas del Renacimiento veneciano: obras de J. Dowland, W. Brade y anónimo. Danzas y variaciones de España y Portugal: obras de L. de Milán, A. Cabezón, D. Ortiz y Pedro de San Lorenzo. Músicas para el rey Luis XIII: anónimos. Músicas de la Europa barroca: obras de H. Purcell, J. Cabanilles, J. H. Schein, G. Dumanoir y A. Valente. 21 de enero de 2016, Auditorio Nacional de Madrid.

El Libro de las preguntas (1974) de Pablo Neruda encierra entre sus páginas una infatigable capacidad de asombro y cuestionamiento poético con los que explora constantemente la sensibilidad de sus lectores. Para aprender a expresarse con cierta gracia e interés, todos los que hacemos alguna que otra –siempre imberbe– pirueta en el terreno de la crítica académica de las Humanidades deberíamos tomar inspiración de ejemplos como el del autor chileno, o yendo un poco más al norte, según opinan otros, de las diatribas impenitentes de E. A. Poe. Desde luego, ya elijamos el modelo que mejor convenga entre los citados o cualquier otro, parece que sólo a través de los verdaderos maestros de la escritura se puede cultivar y conformar una opinión artística.

En el caso que nos atañe (y la comparación quizá asuste a los lectores, pero no ignoramos que partimos de términos poco equiparables) hay que hacer obligada referencia a uno de estos libros criticones, bastante más a ras de tierra y ciertamente enfocado hacia un campo muy específico de lo musical. Hablamos de The End of Early Music (Oxford, 2007), o El fin de la música antigua, del oboísta Bruce Haynes, fallecido por desgracia no hace demasiado tiempo. En él se plantean asuntos de gran interés para cualquier melómano con mínimo raciocinio especulativo, en relación –principalmente– con la música de la Edad Moderna y los esfuerzos del movimiento historicista por recuperar, expresando las cosas de otro modo diferente al árido estándar, las composiciones de ese periodo histórico. Haynes, ingenioso intérprete y agudo esgrimidor de la escritura, aborda multitud de cuestiones que ponen en tela de juicio los pilares que sostienen buena parte de las programaciones musicales (clásicas) de nuestro mundo.

Uno de los puntos principales es el ataque al omnipresente canon bloomiano, fuente habitual de olvidos desdichados para los oídos del público. Frente a los panteones que oprimen la escucha como un corsé de ballena, y que nos imposibilitan el disfrute si no conocemos que estamos ante la palpitante y morbosa etiqueta “Beethoven” –o similar–, Haynes defiende una comprensión de los compositores top ten desde la percepción desmitificadora de los siglos anteriores al XIX (siguiendo en buena medida tesis ya planteadas por insignes pensadores como Harnoncourt): la música de Dufay no desmerece frente a la de Josquin, ni la de Paisiello frente a la de Mozart; así como no es un buen síntoma de salud musical el repetir una y otra vez un repertorio exhaustivamente grabado y ejecutado.

Por suerte o por afortunado criterio (lo más probable), el otro día disfrutamos de piezas en las que ni siquiera había autor conocido, a pesar de los habituales intentos por atribuir al genio de turno cualquier composición, y conviene señalar este contrapunto no imitativo en comparación con la consagración definitiva de Handel y de Bach que se efectúa en otros ciclos del CNDM, como ya señalamos en ocasiones pasadas. Lo más interesante de las obras que se interpretaron, en todo caso, no eran las biografías de ciertos compositores elegidos sesudamente por un fabulado individualismo, sino el rico panorama que entretejían en su conjunción de vidas paralelas, que permitieron incorporar al programa toda clase de nacionalidades y orígenes, viajes profesionales o de estudios que no dejan de estar en el ADN de los músicos de todas las épocas.

La Europa de los puentes culturales que conectan su geografía sirviendo de lazos de acercamiento es sin duda uno de los puntos clave en la reflexión personal que realiza Savall al hilo de sus proyectos musicales. Estamos acostumbrados a este humanismo del siglo XXI en discografías tan innovadoras como la inspiración erasmista que trasluce, de certeros valores artísticos y éticos. En este caso, aunque quizá bastante menos elaborado, asistimos a un despliegue de intenciones similar, tal y como se dejó caer, por otra parte, antes de la última propina. Resulta difícil encontrar un compromiso con el ámbito político (en la mejor definición –la más cercana a la etimología, por supuesto– de la palabra) o con el rescate del patrimonio cultural mundial (en esta ocasión europeo) análogo al que viene afianzándose –cada vez con más fuerza– en la actividad savalliana, si lo comparamos con tantos intérpretes que no se atreven a salir de la simpleza de salmodiar unas cuantas notas para el deleite-colectivo-pasado-por-el-tamiz-de-las-omnímodas-discográficas.

Poco puedo criticar o quejarme de los aspectos técnicos del concierto. No hay duda de que Hespèrion XXI funciona maravillosamente como consort (a pesar de contar entre sus filas con músicos tan afamados en solitario como Philippe Pierlot o Sergi Casademunt), tanto en las obras más graves y solemnes, de dramática retórica, como en las piezas más ligeras, en las que tanto Enrike Solinís (cuerda pulsada) como Pedro Estevan (el percusionista par excellence de la música antigua) parecieron pasárselo en grande, como dejaban traslucir los imaginativos recursos empleados por este último en cuanto tuvo ocasión. La realización del continuo y el equilibrio en la conducción de las voces fueron elementos que se mantuvieron en un nivel de elegante mesura a lo largo de toda la velada; y si bien es cierto que probablemente el programa en sí no revistiera de gran dificultad para el conjunto en muchas de sus elecciones (que ya han interpretado más que de sobra a lo largo de su dilatada carrera), la verdad es que los resultados fueron verdaderamente bellos. En cuanto a Jordi Savall, que estuvo a cargo, como es costumbre (un poco à la Chaplin), de la dirección general con la batuta inusual de su viola soprano, puedo decir que le encontré infinitamente mejor que hace un año, tanto en el plano técnico como en el artístico.

A pesar de tanta bonhomía, sí me gustaría dedicar las últimas líneas a hacer el mefistofélico papel que se me presupone para encajarme en esta sección. Es una lamentable costumbre de nuestra época mencionar en las críticas al público sólo en relación con sus toses, sus enfados y abucheos, y las propinas, y sin embargo posee un papel fundamental en cualquier concierto. Puesto que yo también formaba parte de él el otro día me gustaría referirme a la carencia de didactismo y de interés hacia este sector de la sala que vengo observando con preocupación desde hace algún tiempo. No pretendo lanzar mis invectivas contra el “folleto” (por llamarlo de alguna forma educada) que se entrega a la entrada de los eventos de carácter público de casi todos los coliseos madrileños, puesto que me parece más importante hacer hincapié en la importancia de una mínima comprensión de lo que teóricamente se acude a disfrutar que la imposible asimilación de un emparedado de datos malamente amontonados. El disfrute y la escucha no comprendidos desde un plano románticamente wagneriano, con una perspectiva autónoma y purista, sino más bien desde la agitación que describían los antiguos griegos ante la gloriosa recitación de un buen rapsoda. A pesar de las improvisaciones, de los cambios armónicos o de las coreografías sobresaltadas que los intérpretes de Hespèrion XXI se esforzaban por resucitar con todo el esplendor original para los oídos del público, muy pocas sonrisas se le escaparon a éste, y casi nadie en la sala parecía mover su cuerpo afectado por los efectos conmocionantes de la danza. Algo impide, como una barrera infranqueable, que se llegue a las manzanas más elevadas que cuelgan del árbol de la belleza musical, y tal vez habría que pedir a todo el que pueda ayudar en este caso (sobre todo desde los mandos de control de la cultura –como bien hubieran corroborado los griegos– de estas tierras profundamente amusas), que se asome desde la torre de marfil para averiguar por qué el público –que por supuesto es el menos culpable en este asunto– no parece enterarse de gran cosa. Porque, como decía Boecio hace ya muchos años (y resumo a lo esencial), lo importante no es arañar la superficie de lo que los intérpretes nos presentan, deleitándonos sin más ante la belleza etérea de los sonidos, sino una comprensión más profunda que alcanza a penetrar el significado íntimo de la música.

Pablo Tejedor Gutiérrez

Fotografía: Early Dance.
En portada: Events and Activities.

Publicado en octubre 2015″ id=»mes» alt=»octubre» border=»none»/>

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