Crítica
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Mercado de variedades

o una reunión de amigos

Auditorio Nacional, 9 de octubre de 2013. Juventudes Musicales de Madrid – Ciclo Conciertos y Solistas extraordinarios. Marta Argerich, Ivry Gitlis, Eduardo Hubert, Lyda Chen Argerich, Mareck Denemark, Michael Guttmann, Anton Martinov, Mauricio Vallina, Jing Zhao. Obras de: Chopin, Bloch, Falla, Alkan, Prokofiev, Piazolla, Schumann.

…Y fue la variedad lo que reinó en la tarde del 9 de octubre dentro de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid. Arte efímero, heterogéneo y desigual en su valor; un muestrario que contenía desde chucherías bagatelescas a pequeñas joyitas no mal talladas pero tampoco exquisitas. Marta Argerich pasó desapercibida dejando a un lado la aureola mítica que bien la envuelve. Abrió la sesión acompañada de la chelista Jing Zhao con la Introducción y polonesa brillante en do mayor Op 3 de Chopin. Más notoria por la calidez y cercanía que mostró en escena fue la presencia del ya muy anciano violinista Ivry Gitlis –a pesar de los desajustes de su violín, conociendo su historial y a sus 91 años más que perdonables– hizo para mí una de las mejores interpretaciones de la noche con la obra Nigun de Ernest Bloch acompañado por el pianista argentino Eduardo Hubert. Esta pieza pertenece al segundo movimiento de la suite Baal Shem del compositor, y Gitlis le dio sinuosa y expresiva vida extrayendo de su violín unos aires de solemnidad arcaica que hubiese sido sacrilegio cortar. Quizá por ello (¿la ráfaga misteriosa de la esencia de un pueblo?) las piezas que le siguieron fueron tres de las siete Canciones populares españolas de Manuel de Falla: El paño moruno, Asturiana y Polo en transcripción para violonchelo y piano. A pesar de los prejuicios que se nos mal-crean al ver “al de fuera” interpretando “nuestra” música, Jing Zhao mereció un aplauso porque detrás de su interpretación pudo verse estudio, delicadeza y conciencia. Seguidamente, y aquí sí cortando de cuajo la atmósfera, se nos ofreció el último de los Doce estudios en todos los tonos menores Op. 39 del virtuoso pianista y compositor romántico Charles Valentin Alkan: El festín de Esopo. Juguete de artificio e imaginaría técnica que corrió a cargo del “diferente a lo que comúnmente se conoce como normal” pianista Mauricio Vallina. ¿Por qué íbamos a juzgar la apariencia estética de su figura? ¿Acaso es mala la diferencia? Distanciado, frío y respetuoso con el público ejecutó su ejercicio con la brillantez y virtuosismo que requería la obra. Pasado este punto de inflexión espectral, escuchamos la Obertura sobre temas hebreos Op. 34 de Prokofiev para clarinete, cuarteto de cuerda y piano. A partir de este momento fue donde comenzó a intuirse la amigable y divertida reunión de nuestros músicos. El espíritu concertante y el empaste no encontraron su lugar ni en esta obra ni en la que dominó la segunda parte del concierto, que fue finalizado por el Quinteto en mi bemol mayor Op. 44 de Schumann. Esta última careció por completo de sentido y unidad. Al menos de ese ambiente quedaron y se salvaron las tres piezas de Piazzola: Oblivion, Libertango y Tres minutos con la realidad, en versión para dos pianos que, junto a interpretación de Nigun, fueron lo que conformaron lo mejor de aquel mercado.

Mª Cristina Ávila Martín

Fotografía: Lucía Fdz de Arellano Juan.

Publicado en diciembre 2013″ id=”mes” alt=”Marzo” border=”none”/>

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