Crítica
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Estreno mundial de la nueva versión de Las bodas de Fígaro

La ópera a través de la gran pantalla

Cines Cinesa Príncipe Pío. Temporada 2015/2016. Las bodas de Fígaro, Wolfgang Amadeus Mozart, libreto: Lorenzo Da Ponte, director de orquesta: Ivor Bolton, diseño: Tanya McCallin, iluminación: Paule Constable, director de puesta en escena y movimiento: Leah Hausman, Orquesta The Royal Opera House. Jonathan Haswell dirige la retransmisión en directo desde el Covent Garden llevadas a la gran pantalla por los cines Cinesa, distribuida en España por Versión Digital. La edición de Las bodas de Fígaro utilizada en esta actuación está publicada por Bärenreiter-verlag Kassel, y editada por Ludwig. Madrid, 5 de octubre de 2015.

 

Conversando un día con él [Mozart] sobre esta materia, me preguntó si me sería fácil reducir a drama la comedia de Beaumarchais titulada Las bodas de Fígaro. Me gustó bastante la propuesta y le prometí hacerlo. Pero había que superar una dificultad grandísima.

Unos días antes el emperador había prohibido a la compañía del teatro alemán representar aquella comedia, escrita, decía él, demasiado libremente para un auditorio decente. ¿Cómo proponérsela entonces para un drama? El barón de Wetclar se ofrecía con gran generosidad a preguntarme por un precio muy razonable por el libreto y hacer representar la ópera en Londres o Francia, si no se podía hacer en Viena; pero yo rechacé sus ofertas y propuse escribir la letra y la música en secreto, y esperar una oportunidad favorable para mostrarla a los directores teatrales o al emperador, de lo cual osadamente me atreví a encargarme. […] me fui, sin hablar con nadie, a ofrecerle el Fígaro al propio emperador. “¿Cómo?”, dijo. “Ya sabes que Mozart, excelentísimo con los instrumentos, no ha escrito nunca más que un drama vocal, ¡y no era gran cosa!” “Tampoco yo”, repliqué humildemente. “Sin la clemencia de Vuestra Majestad, habría escrito más que un drama en Viena”. “Es cierto”, replicó, “pero esas Bodas de Fígaro se las he prohibido a la compañía alemana”. “Sí”, agregué, “pero, al componer un drama para música y no una comedia, he tenido que omitir muchas escenas, acortar muchas más, y he omitido y acortado cuanto podía ofender la delicadeza y decencia de un espectáculo presidido por vuestra Soberana Majestad. Y en cuanto a la música, además, por lo que puedo juzgar, paréceme de maravillosa belleza”. “Bien; siendo así, me fío de tu gusto en cuanto a la música y de tu prudencia en lo que a la moral atañe. Haz que den la partitura al copista”.

Corrí enseguida a Mozart, y no había terminado aún de darle la buena nueva, cuando llegó un lacayo del emperador trayéndole un billete que le ordenaba ir de inmediato a palacio con la partitura. Obedeció la orden real; le hizo oír varios trozos que le gustaron asombrosamente y, sin exageración alguna, lo dejaron pasmado. Tenía un gusto exquisito en materia de música, como también lo tenía realmente en todas las bellas artes. El gran éxito que tuvo en todo el mundo esta representación teatral demostró que no se había engañado en su juicio.1

De nuevo se nos brinda la oportunidad de asistir al estreno mundial de Las bodas de Fígaro, efectuado esta vez desde el Convent Garden de Londres y con una novedad: retransmitida en 895 cines de 25 países. Esta ópera en cuatro actos con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Lorenzo Da Ponte está basada en Les noces de Figaro de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. Estrenada el 1 de mayo de 1786 en Viena bajo la dirección del propio compositor, en el Burgtheater, se trata de la primera de las tres grandes óperas bufas italianas escritas por este célebre compositor en colaboración con el afamado libretista cuyo texto, en su momento, fue censurado por su contenido político.

Con un magnífico elenco de cantantes, la ópera, descrita por el diario Telegraph como “una absoluta sorpresa”, reúne en ella varias historias que se entremezclan (el amor traicionado, la crítica a la aristocracia, el arrepentimiento), capaces de transmitir no sólo las sutilezas cómicas intrínsecas de la pieza, sino también los conflictos interiores desentrañados en un ágil libreto que presenta a cada uno de los personajes de manera realista y con una faceta humana que se ve reforzada por la música. Ivor Bolton (director musical) y David McVicar (director de escena) fueron los encargados de llevar a cabo esta vitalista composición.

Aunque la obra comienza con la boda de Fígaro, ésta no sucede hasta el acto III. Sin embargo, varios fueron los momentos que acapararon los aplausos del público: la obertura, cuyos movimientos por grados conjuntos dejan entrever la intriga con la que se inicia la ópera. En ella, la precisión de la música y la aparición de los sirvientes, que tienen en todo momento papeles fundamentales, ayudan a crear una atmósfera perfectamente caracterizada. Del acto I, el aria de Cherubino “No so più” y la marcha-aria de Figaro “Non più andrai”, resultaron profusamente aclamadas. “Se vuol ballare”, aria cantada por Figaro en este mismo acto, aparece quizás con una interpretación políticamente menos agresiva y sí más ingeniosa, dicharachera e irónica, que supo sacar varias carcajadas entre el público asistente. El aria de la condesa “Porgi amor” y la canción de Cherubino “Voi che sapete”, ambas del segundo acto, fueron de nuevo admiradas. Sin embargo, precisamente en esta última pieza de Cherubino, sorprende ver a una Susanna en escena acompañando a la guitarra mientras da la espalda al auditorio. Por supuesto, el final de este acto, con un elaborado sexteto, deja entrever la gran estructura de música creada: diálogo entre condes, confrontación, uso de largos pedales para la orquesta con unos vientos que contribuyen a incrementar la tensión, y la aparición de Basilio, Marcelina y Bartolo que provoca un efecto acumulativo que se ve subrayado por la música. Del tercer acto destacó el aria del vengativo conde “Vedro mentr’io sospiro”, el aria de la condesa “Dove sono” y el dúo entre ésta y Susanna, “Canzonetta sull’aria”. Para terminar, fueron ovacionadas del último acto las arias de Susanna “Deh, vieni, non tardar” y de Figaro “Aprite un po’quegl’occhi”, mientras que los aplausos atronadores se los llevó, de nuevo, el final, en donde el conde se arroja a la compasión de su mujer y se escucha cantar “Contessa, perdono”; un momento de melancolía absoluta y quizás una de las claves de la ópera.

McVicar emplaza la acción en un castillo francés de 1830 y en vísperas de la Revolución Francesa. A partir de aquí, se desarrolla una compleja trama cuya acción tiene lugar en Sevilla. Erwin Schrott, bajo-barítono que ya estrenó en 2006 este papel, desarrolló esta vez su personaje con un cariz más cómico, mientras que la soprano Sophie Bevan como Susanna cumplió todas las expectativas, teniendo en cuenta que se trataba de una sustitución de Anita Hartig. Completaban el cartel Stéphane Degout, barítono lírico en el papel del conde Almaviva, a quien Fígaro había ayudado a casarse con Rosina en la primera parte de la trilogía de Fígaro escrita por Beaumarchais (Le barbier de Séville). Esta vez, el papel de la condesa Rosina fue perfectamente interpretado por la soprano lírica Elie Dehn, mientras que el tenor Krystian Adam ejecutó el papel de Basilio, Carlo Lepore, en su registro de bajo, representó al doctor Bartolo y la mezzosoprano Louise Winter a la criada Marcellina. Estos últimos manifestaron una relación que fue presentada de manera jovial y simpática frente a las precedentes interpretaciones que la caricaturizaban.

Con la presencia de un lujurioso e impecable Cherubino (Kate Lindsey), un Bartolo perfectamente caracterizado capaz de transmitir “La vendetta, oh, la vendetta” con todo el peso bufo que ésta requería y unos decorados perfectamente individualizados, la interpretación permitió acercar al auditor a la escena, haciéndole partícipe de los mínimos detalles de la misma. Tan sólo la escenificación efectuada en el jardín, acto IV, quedó algo pacata al mantenerse el decorado precedente del matrimonio doble, con el añadido de la falta total de luz y la aparición de pequeños destellos y escasa decoración floral, elementos que no supieron transmitir con claridad ese esperado jardín, testigo del arrepentimiento y perdón.

La obra, denominada por Da Ponte, tal y como se refleja en la cita inicial, como commedia per musica y no opera buffa, presenta un texto y una música que permiten superar los arquetipos habituales de los personajes. La caracterización psicológica de éstos se combina con arias de una tristeza difícil de encajar en la tradición cómica e inmensos finales. Los personajes, entrelazados con el drama, se ven humanizados y caracterizados psicológicamente a través de la música, que les aporta mayor profundad. En relación a este aspecto, Ivor Bolton destaca en una entrevista realizada por el famoso actor inglés Simon Callow, que a través de la obra se aprecia “la humanidad de Mozart”, subrayando la influencia que Antonio Pappano y el recientemente fallecido director de orquesta británico Colin Davis habían ejercido sobre él en la concepción de esta “comedia humana”, en la que con Fígaro no sólo se ríe, sino que también se llora.

A pesar de algunos problemas técnicos, como la falta de subtítulos en varias ocasiones a lo largo de la ópera, los veinticuatro asistentes a esta retransmisión llevada a cabo en los cine Cinesa Príncipe Pío disfrutaron de principio a fin de la obra y aprovecharon el descanso no para charlar, comer (más bien cenar) o revisar sus móviles, sino para escuchar la entrevista llevada a cabo a Erwin Schrott. En ella salió a la luz la reflexión acerca de la dificultad de acceder a grandes producciones operísticas para la mayor parte de la población y cómo esta iniciativa (que incluye la retransmisión a la gran pantalla de seis obras operísticas y seis producciones de ballet) acercaba de alguna manera la música clásica a parte de la población. Aunque no es mi intención debatir los pros y contras de las representaciones llevadas a cabo en un teatro frente a las retransmitidas en los cines, el hecho real es que estas últimas ofrecen, de una manera más asequible, producciones muy interesantes que, sin lugar a dudas, contribuyen a ampliar la cultura musical del espectador. Sorprendentemente, el día 5 a las 19:45 horas más de 150 butacas del cine estaban vacías. Esto invita a una reflexión.

Tatiana Aráez Santiago

1 DA PONTE, Lorenzo: Memorias, Ed. Siruela, 2006, pp. 105-106.

Fotografía: Herald de Paris

Publicado en octubre 2015

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