Crítica
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Evolución no es revolución

La orquesta independiente en Concert in Jeans

Concert in Jeans. Hispanian Symphony Orchestra. Ludwig van Beethoven, Triple Concierto Op.56 y Sinfonía nº 7 Op. 92. Manuel de Falla, El amor brujo. Hispanian Symphony Orchestra. Dir.: Josep Vicent. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica). 13 de marzo 2015.

El público sinfónico adolece de –como dice Alberto Cortez– “la más dura de las dictaduras”: la vejez. El grueso de espectadores que mantiene en funcionamiento el ámbito de la gran orquesta se reduce exponencialmente a medida que avanzan las estaciones, perdiéndose a su paso más puestos de trabajo que alambrillos de pan de molde. Cuenta la leyenda que se ha llegado a un punto en el que algunos testigos juran haber visto por el Nacional al señor que firmó la hipoteca del Partenón. Así están las cosas.

Y es que no sabemos qué hacer para repoblar el bosque; no aparecen brotes verdes por ningún lado y algunos ya han comenzado a realizar auténticas campañas de marketing para conseguir audiencia. Es el caso de la Hispanian Symphony Orchestra de Josep Vincent, que ya empezando por el título acusa una notable intención de atraer la vista del mercado sinfónico internacional. También han optado por un modelo de negocio diferente al resto de orquestas en España: se están arriesgando con un sistema de financiación privado, actuando como una empresa capitalista que se autogestiona. ¿Acaso les queda otro remedio? Es decir, depender económicamente de las subvenciones que pueda conceder el gobierno actual a la cultura es como meter una piraña en un bidé y esperar a ver qué pasa. ¡Qué ominoso destino!

Conectando una serie de elementos-reclamo han conseguido una maniobra publicitaria cuanto menos reseñable. Obtuvieron el apoyo de Santiago Segura –cuyo nivel de popularidad se encuentra en pleno auge–, que asistió en calidad de “padrino” junto con Alex González, poseedor de varios galardones como el de “actor revelación” en los premios Turia, y el de la “Trayectoria con proyección de futuro dentro del cine español” del Festival de Cine de Zaragoza. Este fue el primer concierto del Auditorio Nacional al que asistí –y seguramente el último– en el que no sonó la voz en off que sistemáticamente establece la regla de apagar los teléfonos móviles al comienzo de cada función.La HSO avalaba su uso para que los asistentes pudieran compartir sus experiencias a través de redes sociales como Twitter –si van al perfil de Segura todavía podrán ver un selfie que se hizo durante El amor brujo de Falla–.

El repertorio y la calidad de los solistas serían los factores más significativos del mensaje propagandístico: lo que más podía aportar al concierto y atraer público. El resto fueron añadidos que no hacían otra cosa que llamar la atención de manera superficial, como aquel elemento que da nombre a la función: los pantalones vaqueros. Apenas sorprendió la vestimenta, se esperaba algo más transgresora –que es lo que habían vendido–, más desenfadada. No utilizaría la referencia a los vaqueros si luego el impacto en el escenario no va a ser notable, tal vez buscaría otra manera de titular al espectáculo, algo relacionado con las redes sociales. Es una pena que el nombre de Beethoven en sí mismo no sea suficiente para abarrotar las instalaciones.

El utilizar tablets en vez de partituras en formato físico fue otra de las decisiones que tomó la HSO para dotar de enjundia el acontecimiento, aunque desde un primer anfiteatro se planteaban serias dudas al respecto. Es verdad que se ahorra papel y eso es un punto a favor, evidentemente, pero algún desliz –y nunca mejor dicho– con la manipulación de los aparatos sí que hubo. Ya saben ustedes cómo funcionan los paneles táctiles, que si se pasan dos páginas seguidas, que si no le has dado lo suficiente… es una tecnología a medio inventar que nos han vendido como un producto perfecto –¡cuatreros!–. ¿Será por esto que el director y los solistas sí tenían la partitura en papel? Desde luego fue una alternativa inteligente el curarse en salud.

Fui con la ilusión de ver el piano más grande del mundo y me imaginaba una especie de monstruosidad que iba a ocupar medio escenario, pero no fue así en absoluto, ¡bleh! Vale, este desengaño fue culpa mía ya que, en una actitud puramente romántica, sublimé la idea (soy un soñador, qué quieren). Estoy convencido de que más de uno fue con el mismo planteamiento que yo y terminó deslizándose por el congelado suelo del desencanto para darse de bruces contra el grueso muro del berrenchín. Vaya, ya estoy otra vez romántico perdido. Para ser justos diré que era lo suficientemente grande como para no dejar ver a los que había en la primera fila del patio de butacas y desafortunadamente se tuvieron que cambiar de asiento durante la primera parte de la función, donde se interpretó el Triple concierto Op. 56. No les resultó difícil encontrar otras localidades más adecuadas. ¿No me creen?, y si les digo que pueden comprobarlo ustedes mismos, ¿cómo se quedan? El concierto se retransmitió in streaming –transmisión en directo–, y parte de esta emisión quedó documentada a modo de vídeo en la nube que ofrece YouTube. No verán explícitamente a los asistentes cambiar de lugar, pero sí que observarán un vacío en el patio de butacas que era notable –casi chirriante– desde los primeros anfiteatros y los bancos del coro.

Le dedicaron muchas horas a planear un sistema de marketing que no obtuvo el resultado que se podría esperar de tal despliegue de medios. Dicen que lo que no se anuncia no se vende, y el hecho de que no consiguiesen llenar la sala sinfónica del Auditorio Nacional pone de manifiesto el problema que comentábamos al principio. A estas alturas ya habrán descubierto que todas estas estratagemas publicitarias están orientadas hacía un target juvenil porque los veteranos no necesitan tantos estímulos para acudir a un encuentro sinfónico y la mitad de estas medidas seguramente ni les interesan. Entonces ¿qué está pasando?, ¿qué posibilidades tenían de llamar la atención de la juventud? Si el sistema educativo no ha hecho su trabajo –y no parece que vaya a hacerlo– no se puede esperar que sólo por el hecho de oír que se tocaba la Séptima de Beethoven vayan corriendo a comprar su entrada. Si supieran que es una de las experiencias más completas y emocionantes, si alguien les hubiera dicho algo…

Y para colmo, los que se suponen que deben hacer de puente entre la cultura y el público se han puesto de acuerdo para conseguir todo lo contrario. Es inverosímil. La mayoría de medios está divulgando un mensaje completamente equivocado, y no me gustaría afirmar que se están copiando unos a otros o que se han dejado llevar por la campaña publicitaria y no han ido a ver el directo. Todos coinciden en atribuir a este evento el concepto de revolución. ¿No se están tomando esta palabra demasiado a la ligera? Aquí no hay revolución ninguna, lo que está pasando es que una orquesta, en pos de la propia supervivencia, está buscando caminos alternativos, lo que inevitablemente desencadena en una evolución natural progresiva derivada de una situación política y social. Una revolución cambiaría todo el pensamiento de un pueblo de la noche a la mañana, generando debate en el ambiente musical académico y estableciendo un nuevo camino por el que todos han de transcurrir; y, que yo sepa, eso no ha pasado.

Tampoco se trata de quitarle méritos a la orquesta de Enrique García Asensio –director honorífico–, ni mucho menos. Pero hay que entender que las palabras tienen un valor y algunas de doble filo. Cuando se le atribuye el concepto “revolución” a tocar con tablets y pantalones vaqueros parte del posible nuevo público está entendiendo que si eso supone un cambio tan drástico es que lo que hay actualmente debe ser una especie de círculo recalcitrantemente cerrado, cuyos líderes son unos ancianos súper conservadores cabezas de chorlito reacios a los cambios y la gente no quiere formar parte de algo así. Precisamente la clave es hacer partícipe al público: tienen que querer estar ahí. Sin ir más lejos fíjense en la televisión, cada vez se lleva más el concepto de “televisión social”. Si nos paramos a mirar cuántos programas tienen una sección dedicada solamente a Twitter se sorprenderían, y además coincide con que son los que tienen los índices de audiencia más altos.

El amor brujo y la Sinfonía nº 7 son dos piezas archiconocidas que siempre gustan, mientras que el Triple concierto ha sido mucho menos interpretado a lo largo de la historia. Normalmente esto significa correr un riesgo mayor de cara al espectador. Cuando uno quiere ofrecer una experiencia plena suele caer en los tópicos musicales que más agradan, pero con la calidad de los músicos y los solistas de los que dispone la HSO no tienen nada que temer. Tanto el violinista Jesús Reina como el chelista Alberto Martos o el pianista Ambrosio Valero tienen un impresionante currículum a sus espaldas que les avala, al igual que sus excelentes demostraciones como intérpretes en la ejecución de algunos pasajes de carácter virtuoso con los que atrapaban toda la atención de los asistentes. Yo sólo diré que he visto al gran Fabio Biondi fallar notas como un loco tocando a Vivaldi –con todo mi respeto–, mientras que el señor Reina, además de precisión, conseguía un sonido lleno y con cuerpo en los pasajes más rápidos de su intervención. Todos tenemos un día malo y nadie duda de la calidad del italiano, por supuesto. Además las comparaciones siempre son odiosas, pero me he servido de ésta para intentar transmitir el nivel musical del que dispone la HSO.

He visto en directo El amor brujo muchas veces y creo que es la primera que consigo escuchar algo a la cantaora. Es una obra a la que es difícil hacerle justicia, ya que el sonido de la orquesta sobrepasa las voces que no están entrenadas para conseguir esos formantes que hacen que la frecuencia del sonido se distinga entre los demás instrumentos. De hecho hacía poco que la había visto de mano de la agrupación del Real Conservatorio Superior de Madrid, que utilizó una instrumentación puramente de viento, un craso error, porque una voz no puede competir con el viento metal y veía a la chica mover la boca, pero ni rastro de sonido. No obstante ese fue otro concierto. Ginesa Ortega supo transmitir la carga emocional que vive intrínseca en las melodías tradicionales que constituyen las raíces más profundas del folclore español. Encajó muy bien en la escena dejándose aconsejar en ocasiones por el director; y no me refiero sólo a sonido, si no a carácter y gestualidad. Si tuviera que poner una pega sería el volumen: hizo lo que pudo pero yo hubiera buscado otra solución a la hora de realizar el microfoneado.

Desde la posición más humilde y en pos de continuar con la tarea de renovación del público sinfónico me gustaría aconsejar a la organización de la HSO que intente, de alguna manera, habilitar las entradas de última hora, ya que es a lo que recurre el público más joven y de manera frecuente. Sería un acierto teniendo en cuenta que desean ese acercamiento. Es un sistema que ha funcionado siempre con todas las orquestas. No habría incurrido en este hecho si no fuera porque vi un par de jóvenes que preguntaban en taquilla cómo conseguir este tipo de boletos, y la contestación fue que no estaban contemplados al ser una organización privada. Se quedaron fuera.

 

Daniel Rojas Gallardo

Imagen: tomada del Facebook oficial

Publicado en verano de 2015″ id=”mes” border=”none”/>

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