Ensayo
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Cuando el baile se hizo plaga

El baile de San Vito entre los siglos XIV y XVII

De danzas y contagios

Hace ya años, una noche, pude ver cómo un hombre, atado a una silla, se movía sin control. Esa silla se encontraba dentro de una jaula de barrotes oxidados que, a su vez, pendía de un mecanismo de poleas que chillaban al moverse las cadenas arriba y abajo. Las fuertes ascensiones y caídas dejaban al hombre sin aliento, y el que controlaba el mecanismo, desde fuera y como un loco, solo gritaba: “Dance, little Johnny, dance!”.

Lo cierto es que la noche que soñé con aquella dichosa y perturbadora “danza” aún no sabía de la existencia de otra danza igualmente inquietante. Como un ataque, se apoderaba de mujeres y hombres que podían bailar sin control durante horas, semanas e incluso meses antes de caer exhaustos, con las costillas rotas o los pies destrozados. La diferencia es que este baile no era ninguna pesadilla, sino una realidad documentada: se trataba del llamado baile de San Vito. La coreomanía y sus brotes se difundieron por Europa como prenden las cerillas entre los siglos XIV y XVII.

El esquema solía repetirse: en un momento de dificultades económicas alguien empieza a moverse. Sus movimientos son continuos y aquellos que lo ven no dudan en describirlo como un frenético baile. Este primer bailarín atrae a un segundo, y el segundo a un tercero… y así, individuos y familias enteras acaban sucumbiendo a un ataque irracional que en ocasiones podía llegar a unir a miles de personas en una danza sin sentido. Muchos llegaban a las poblaciones desde otros lugares, en comitivas, vistiendo colores extraños o con guirnaldas en el pelo, algunos cargaban palos de madera, otros iban desnudos y lanzaban improperios.

Aunque existen documentos acerca de estas “plagas” desde prácticamente el siglo VII, se ha conservado más información de brotes posteriores: incidentes como la peregrinación de niños danzantes de Erfurt a Arnstadt, en 1238; el brote de 1278 sobre el puente del río Mosa, también en Alemania, en el que 200 personas bailaron hasta que el puente cedió, o el de Aachen, en el día de San Juan de 1374, desde donde se expandió a lugares como Colonia, Flandes, Hainaut y Metz.

Hombres, mujeres, laicos y monjes de cualquier lugar parecían ser susceptibles de sucumbir a estos extraños ataques, pero una ciudad aparece en repetidas ocasiones al leer estas listas de sucesos. Se trata de Estrasburgo y precisamente en ella ocurrió uno de los episodios mejor documentados de esta locura colectiva.

1518: La plaga de baile de Estrasburgo

Era de día y en pleno mes de julio Frau Troffea salió a la calle. La mujer empezó, sin más, a moverse de forma descontrolada, en una suerte de baile de música silenciosa. Así pasó un día, y otro, y otro más. Hasta seis días duró este baile apenas interrumpido. Pero al finalizar la semana, Troffea ya no era la única: más de treinta personas llenaban la calle de gritos, lloros, risas y algunos cantos ante las miradas curiosas y expectantes de los vecinos. Llegó a cumplirse el mes, y los documentos abandonan a Troffea: el fenómeno superaba lo imaginable y a finales de agosto ya eran más de 400 las personas que se agolpaban en un baile enfermizo.

Las autoridades de la ciudad se vieron en la obligación de tomar algún tipo de decisión. En ocasiones anteriores, algunos de los casos habían sido tratados con penitencias a San Vito o San Juan, a quienes el culto popular consideraba emisores de esta maldición.

Pero en este caso, se optó por otra solución distinta: el baile se curaría con más baile. Se instalaron unas tarimas en la plaza de la localidad y se contrató a músicos para que acompañaran aquel sinsentido, esperando darle algo de equilibrio. Pero no fue así: los afectados por la plaga parecían encenderse más aún y algunos, con fuertes dolores en el pecho, empezaban a caer al suelo, muertos, debido al cansancio y los fallos cardíacos. El fin de la plaga llegó en septiembre, cuando los supervivientes de aquellos ataques fueron llevados a un hospital montados en carretas.

Explicaciones y desafíos

Ergotismo. Corea de Sydenham. Histeria colectiva. Ritual de un culto desconocido. Desde un hongo presente en el centeno en una época de malas cosechas a la extrañeza y contagio social de un ritual orgiástico pagano, todas estas expresiones y muchas más han entrado en juego a la hora de explicar este fenómeno. Ciertamente, algunas con más fortuna que otras se han acercado al fondo del asunto.

John Waller ha sido uno de los investigadores que han abordado este “baile de San Vito” en los últimos años y ha descartado muchas de las hipótesis más populares. Por una parte, la ingesta de un hongo alucinógeno a través del centeno parece incompleta: ciertamente puede originar espasmos y alucinaciones, pero a la vez suele dificultar el riego sanguíneo de las extremidades, así que coordinar el movimiento se antoja, por lo menos, complicado. De manera semejante, la conocida como Corea de Sydenham, una complicación de la fiebre reumática, quedaría descartada por no poder completar todo el cuadro sintomático, aunque popularmente sea conocida hoy día como el “baile de San Vito”. 

Respecto a la idea de un culto herético, Waller también se posiciona de forma clara: los documentos manifiestan que los afectados no bailaban de forma voluntaria y que en los pocos momentos de tregua que parecía darles el ataque expresaban su sufrimiento y pedían ayuda. Igualmente, nunca se les trató como herejes. Y en relación a una posible histeria colectiva debido a las duras situaciones socioeconómicas que rodeaban a los estallidos de la plaga, aunque plausible, no era válida como explicación única. Waller opta pues por una solución intermedia: un estado de trance alimentado por creencias en lo sobrenatural, como manifiesta la supuesta maldición de San Vito, y acuciado por el estrés que suponían el hambre y la enfermedad reinantes.1

En cualquier caso, las plagas de coreomanía desaparecieron totalmente a partir del siglo XVII. Quizás el desarrollo de una mentalidad ilustrada tuviese algo que ver, quizás el caldo de cultivo de aquellos brotes se diluyó del todo. Lo que, sin duda, aún se mantiene es nuestra curiosidad ante este fenómeno: quizás porque nos fascina su imagen, quizás porque sigue desafiando nuestro aún pobre conocimiento del funcionamiento de la mente humana.

María Montes

1 Waller, John. Dancing Death. BBC, 12 Sept. 2008. Disponible en http://news.bbc.co.uk/today/hi/today/newsid_7608000/7608874.stm. Última consulta: 27 de enero de 2014.

Imagen tomada de: Grabado de Pieter Brueghel el Viejo, Die Wallfahrt der Fallsuechtigen nach Meulebeeck.

Publicado en febrero 2014

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