Crítica
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Tostadas con mantequilla y concierto

Cuarteto de cuerda en un domingo soleado

Fundación Juan March. Cuarteto en sol menor op. 2 nº 6 de Carlos de Ordóñez, el cuarteto en Fa mayor L 186 de G. Brunetti y el cuarteto en La mayor op.32 nº 6, G 206. Cuarteto de cuerda Francisco de Goya. Ciclo “Música en Domingo. Jóvenes intérpretes”. Domingo, 22 de febrero de 2015.

Un domingo de febrero. Sol radiante y brisa invernal. Madrid se despierta. Muchas de sus gentes desayunarán café con tostadas para celebrar que es fin de semana, algunas harán la grasse matinée, como dicen los franceses, otras optarán por un paseo en bicicleta… Pero quién iba a imaginar, en el mundo en que vivimos, que cerca de 300 personas iban a invertir su mañana dominical en acudir a un concierto.

Así ha sucedido hoy 22 de febrero. La fundación Juan March, en su ciclo de conciertos “Música en Domingo”, demostró una vez más que este evento tiene pleno sentido. El auditorio principal contó con un aforo completo y los rezagados llegaron casi a llenar el Salón Azul. El cuarteto Francisco de Goya fue el encargado de recibir esta cálida acogida del público madrileño. Tres obras de Ordóñez, Brunetti y Boccherini fueron las elegidas.

La obra de Ordóñez, compositor vienés de ascendencia española y contemporáneo de los grandes pesos pesados de siglo XVIII –es decir, Mozart y Haydn– no es muy conocida ni fuera ni dentro de nuestras fronteras. Nada más sorprendente teniendo en cuenta su vasta producción (73 sinfonías, 27 cuartetos o un singspiel entre otras) y cómo la compuso. Era músico aficionado, su actividad profesional residía en las cortes austriacas, una razón más para valorar la extensión y calidad de sus creaciones.

Gaetano Brunetti, el gran italiano olvidado, estuvo en Madrid como miembro de la Real Capilla al violín en 1767 y, lo que es más importante, al servicio personal de Carlos IV. Fue su profesor desde 1770, cuando aún era Príncipe de Asturias, hasta su fallecimiento. Sin embargo no sólo en la docencia residía su responsabilidad, sino también en ocupar el puesto de compositor de cámara del rey. Además, ejerció el control sobre la vida musical del Palacio Real y los Reales Sitios. Para un músico de aquel siglo esto suponía alcanzar el éxito absoluto. Trabajar al servicio de un monarca y como pluriempleado era todo un honor además de una garantía de estabilidad vital. No obstante, era una moneda de doble cara y conllevaba el monopolio por parte de Carlos IV de todo aquello que Brunetti creara. Por ello, probablemente sus obras pasaron desapercibidas más allá de las paredes de palacio.

En los dos compositores citados encontramos un estilo de escritura temprana para cuarteto de cuerda. El violín primero adquiere total protagonismo, mientras que el violín segundo, viola y cello acompañan pacientemente. Se reserva alguna intervención en la que el foco de atención cambia, pero es algo ocasional.

Boccherini, archiconocido músico, estuvo al servicio de la familia real, pero también al de la casa de Osuna, donde desempeñó el cargo de director de orquesta y compositor por el que percibía el altísimo salario de 1000 reales al mes. Su música desprende vivacidad, dinamismo y está plagada de ritmos ágiles.

Estas tres figuras, que coincidieron en tiempo e incluso lugar, exigen unos requisitos muy claros al cuarteto que proceda a ejecutar sus creaciones. Prácticamente en todo momento el foco de atención reside en el violín primero, por tanto, el intérprete que se encargue de este papel ha de brillar considerablemente. Desafortunadamente, no fue el caso del cuarteto Francisco de Goya, cuyo violinista principal tenía una sonoridad y disposición que no encajaban todo lo deseable en el rol que tenía asignado. Sí que supo asumir su papel de liderazgo comunicativo y coordinó muy bien a sus colegas, sin embargo, no supo quizás sacar el máximo partido a sus continuadas intervenciones.

Otro reto que planteaban estas obras, sobre todo en el caso de los dos italianos, era la mesura. A juzgar por los instrumentos conservados del siglo XVIII, y la mentalidad estética que conocemos, la interpretación debía ser muy comedida, ajustada a la visión preponderante de la música. Como señala Enrico Fubini, la música instrumental de la corte no pasaba de acariciar los sentidos y su función era la de acompañar los actos. Esto legitimaba que su estructura fuera sencilla, que no reclamara la atención del intelecto pues no procedía que realizara tal cosa siendo un mero ornamento. En este sentido, el cuarteto Francisco de Goya estuvo francamente acertado. No hubo un vibrato de más, siquiera un exceso en el fraseo. Su interpretación fue muy correcta, aunque, quizás pecaron por defecto. En ciertos momentos la música necesitaba cierto impulso que no terminaban de proporcionar, como si se quedaran a medio camino entre la compostura clásica y lo anodino.

Las dinámicas eran un auténtico filón en las tres obras. En este ámbito sobresalieron por su magistral dominio del piano. Increíble cómo consiguieron que ciertos pasajes se oyeran casi en la lejanía sin perder por ello exactitud. Fue maravilloso, hacía tanto tiempo que no escuchaba cuerda frotada respetando un pianíssimo…

La articulación fue otra cuestión muy plausible. Cada stacatto, cada legato estuvo en el lugar que le correspondía y esto favoreció que sonara más grazioso cuando la música así lo requería. Sin embargo, en ciertas ocasiones el ataque fue demasiado duro, y se podía incluso oír el chirrido del arco al comenzar la frotación de las cuerdas

Por todo ello y apelando a la bondad, el joven cuarteto, en conjunto, estuvo muy acertado. Además, al final del concierto realizaron toda una declaración de intenciones que sumó puntos a su favor. Defendieron la importancia de la conservación del patrimonio musical –tan relevante como el mantenimiento de una catedral– y la apreciación del repertorio nacional. No pude estar más de acuerdo en esto, pues a menudo quedamos eclipsados por lo que sucedió o sucede más allá de nuestras fronteras, sin percatarnos de que ante nosotros tenemos muchísimo que merece nuestra atención. Aún somos demasiado herederos de aquel pesimismo literario-intelectual del 98, que si cierto en parte, no es hoy una realidad.

Afirmaron que, si la labor que realizan se enmarcara en los límites de un país como Austria o Alemania, el cuarteto pertenecería a otra liga. Es evidente, por cuestiones de educación cultural, que se valoraría mucho más, pero no creo que estuvieran situados en otra posición mejor. Aquí entra en juego la humildad de aceptar que, no siempre la circunstancia determina nuestro éxito o fracaso, sino la calidad de lo que hacemos. En este caso creo que sucede así. Les queda mucho por recorrer musicalmente, mucho que madurar, empero, no podemos más que animarles a seguir por ese camino, porque acaso algún día les veremos en otro estadio bien distinto. Será otro domingo luminoso, con magdalenas en vez de tostadas y con concierto en vez de quedarnos enredados entre las sábanas.

 

Zoila Martínez Beltrán

Fotografía: Zoila Martínez Beltrán.

Publicado en marzo2015.gif” id=”mes” border=”none”/>

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