Crítica
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Destino y celebración

Pero cuando al destino no se le antoja una celebración…

Obertura festiva, Dimitri Shostakóvich; Concierto para trompeta, Alexander Arutiunian; Concierto para trompeta y orquesta en Mi b mayor, Joseph Haydn; Sinfonía número 4, Piotr Ilich Chaikovski. Philippe Schartz (trompetista). BBC National Orchestra of Wales. Dir.: Ben Gernon. Sala Prichard-Jones Hall, Bangor University. 27 de marzo de 2015.

El pasado mes de marzo la Universidad de Bangor anunciaba el inicio de las vacaciones de Semana Santa con un original concierto bajo el emblema “Destino y celebración”. Se trataba un programa que a priori albergaba más expectativas que muchos otros celebrados anteriormente por el simple hecho de que las obras para trompeta como instrumento solista no ocupan un lugar frecuente en los repertorios de actualidad. “Celebración” era la temática encargada de descorrer el telón con la alegría rebosante y despreocupada de la Obertura festiva de Shostakóvich, y “Destino” claudicaba la sesión, representado por el contenido extramusical de la Sinfonía número 4 de Chaikovski. La trompeta era el instrumento responsable de la sección central con dos de las composiciones más populares creadas para dicho instrumento, de la mano de Arutiunian y Haydn. Todo esto, ante una sala provista con un tercio de ocupación, formada por una proporción mínima de estudiantes internacionales recluidos en la ciudad y un grupo numeroso de personas que rondaban la tercera edad.

La BBC National Orchestra de Gales tiene muy bien acostumbrado a su público, pues consigue una claridad, precisión, afinación y brillo –entre otras características– que son avalados por el aforo completo en cada uno de sus conciertos, exceptuando esta ocasión. Coordinados por su director Ben Gernon, los acordes enérgicos de los metales marcaban el pistoletazo de salida de lo que iba a ser tal espectáculo. La obertura, claro ejemplo de realismo socialista en la música, resultó lustrosa y potente, puesto que el rigor de la ejecución por parte de la afamada orquesta se unió a una expresividad exquisita. De este modo, los oyentes pudimos escuchar a un Shostakóvich triunfal celebrando uno de los aniversarios de la Revolución de Octubre.

A continuación, el solista salió a escena y, ante una audiencia expectante, comenzaron a fluir los sonidos del Concierto para trompeta de Alexander Arutiunian. Esta obra, aunque desconocida para la gran mayoría de los asistentes, constituye uno de los pilares del repertorio de los trompetistas a nivel internacional. Está dotada de un lenguaje musical evocador, ingenioso y atractivo, con gran predominio de pasajes de carácter lírico alternados con ritmos folclóricos armenios. En ella se explora al máximo las posibilidades técnicas del instrumento, tales como el registro, la sonoridad y la articulación, pero estos particulares se vieron truncados por un solista que empezaba a hacer estragos ya desde los inicios de la pieza. Consecuentemente, el estilo popular y enérgico de la composición se convirtió en algo que recordaba a una interpretación callejera. Tras la cadenza de modestas dimensiones, se ponía fin a este concierto de un único movimiento, concluyendo de este modo la primera parte de la velada.

Tras el habitual receso, el público allí presente parecía viajar dos siglos atrás en el tiempo para escuchar, esta vez, a un maduro Haydn. El Concierto para trompeta y orquesta en Mi b mayor, compuesto en 1796, es la última de las obras que el compositor austríaco creó para las fuerzas puramente orquestales, valiosísima por lo audaz de su concepción: se trata del primer concierto creado para la presentación en público de una nueva trompeta capaz de superar la serie armónica natural. El primer movimiento se abría con una introducción elegantemente realizada por parte del conjunto que presentaba los temas principales del mismo, y es que, aunque fuera creado para instrumento solista, todo el número se construye sobre principios sinfónicos. En el segundo se ponía de manifiesto la capacidad melódica de la novedosa trompeta de llaves, recurriendo a líneas líricas salpicadas de cromatismos y modulaciones. El final está lleno de sorpresas dramáticas, a menudo con efecto humorístico, y desvíos armónicos. La audiencia en Bangor se maravillaba ante la manera de Haydn de convertir una simple melodía en desarrollos complejos, cualidad ya admirada en aquel entonces por sus contemporáneos. Un espléndido resultado para una labor pionera que supone un trabajo bárbaro para el trompetista, aunque en esta ocasión nos dimos de bruces con una interpretación veleidosa de quien parecía hacer eses ebrio de su propio individualismo.

El postre fue servido de la mano de Chaikovski, con su potencia rítmica y colorista. Ya en solitario, la orquesta marchaba musicalmente a paso seguro y con gracia. Estuvo magnífica en el tratamiento de los metales, si bien la cuerda también desempeñó su papel relevante con una compenetración y empaste dignos de señalar. De este modo, lograba recuperar la chispa y el buen hacer que habitualmente la acompañan, intentando dejar gran sabor de boca en los asistentes.

Aplausos, sonrisas, pero no satisfacción. Tampoco bis. Ni celebración. Ese día fueron pocos quienes posteriormente debatieron entre vinos la apreciación del concierto con los miembros de la orquesta y el intérprete solista en el catering. No obstante, un mes más tarde, esperamos con ilusión el próximo acontecimiento organizado por dicha institución, la cual apuesta con asiduidad por la difusión del repertorio del siglo XX, encontrando numerosos adeptos que acuden religiosamente a estos eventos.

Tamara Valverde Flores

Publicado en mayo 2015″ alt=”Noviembre

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