Crítica
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El Stradivarius de Sarasate vuelve a cantar

en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid

Presentación del libro – Concierto. Sarasate. El violín de Europa. María Nagore Ferrer. Ana María Valderrama (violín); Luis del Valle (piano); Magdalena Llamas (mezzosoprano). Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Sala Manuel de Falla, 29 de abril de 2014.

Día: 29 de abril. Lugar: Sala Manuel de Falla del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. ¿Quién? Sarasate visto por la Dra. María Nagore. ¿Cómo? Con su trabajo de investigación. ¿Cómo? sí, sí, otra vez, con la exquisita sonoridad del Stradivarius “Boissier-Sarasate” que el propio maestro donó a esa institución y que permanece allí desde 1909. Pablo Sarasate, con su concepción de la perfección interpretativa, buscó instrumentos del reputado facedor de violines y adquirió éste, como nos contó María Nagore, “al precio de coste” de 20.000 francos, que no deja de ser una considerable suma a finales del siglo XIX. Su peculiar barniz amarillo/anaranjado lo convierte en especial entre los especiales. Lo más sorprendente es lo indómito que el violín resultó un auténtico pura sangre de las cuerdas. Pablo Sarasate reconoció públicamente haber sido incapaz de domarlo –“igual que las mujeres que se saben bellas y hermosas, se deja adorar pero no se entrega… permanece insensible a mis caricias. En fin, terminará quizá por dejarse enternecer. En cualquier caso, lo adoro por su belleza”–. Más de cien años después podemos seguir asegurando su bravura. La joven violinista, Ana María Valderrama, la vivió en sus doloridos brazos y muñecas.

En la presentación de su libro María Nagore nos contagió la pasión que el personaje había conseguido provocarle desde que le fuera encargada esta investigación hace ya cinco años. El rigor, investigador y documental, está asegurado por la trayectoria profesional de su autora. Pero lograr que eso se palpara entre el público asistente no es ni fácil ni usual. Vimos y escuchamos sintiendo con ella lo que había supuesto descubrir al hombre, su perfil humano y psicológico; al músico, por su obra, la conocida y la no conocida. En el programa se incluía el regalo de algunas piezas por ella descubiertas.

El retrato que James Whistler hizo de Pablo Sarasate, un óleo de gran tamaño que esboza la fisonomía del artista, estaba también presente. El cuadro fue duramente criticado por la negritud que envuelve la escena. Lo cierto es que la languidez en las formas, la fuerza de líneas y el color permiten que sea algo más que el reflejo físico del modelo. Del mismo modo, en lo musical fue inspirador de diversas creaciones que viajaron con nosotros durante la velada.

La Introducción y Rondó Caprichoso, Op. 28 de Saint-Saëns requiere un buen aprendizaje técnico. Al igual que Sarasate, Saint-Saëns fue un niño prodigio y en ambos podemos ver esa madurez extra que da llevar en la música toda una vida. En la introducción el violín y el piano se acompasan de un modo tan especial que la música se hace muy descriptiva, muy emotiva. Después, todo es juego técnico, capricho musical y despliegue interpretativo. Ana María Valderrama consiguió domeñar al instrumento y le dio a la interpretación un tono muy personal. Los agudos, los pizzicatos, el arco sobre dos cuerdas… todo tiene una proyección física que hace de la audición del Stradivarius rojo algo muy corpóreo y convierte la recepción musical en algo a recordar.

Lalo dejó patente su agradecimiento en sus cartas, como leyó María Nagore: “tu aparición en mi vida ha sido mi mayor fortuna como artista. Mira el encadenamiento: sin ti yo habría continuado escribiendo migajas insignificantes para Armingaud, Jacquard y otros timoratos; contigo nació el concierto; yo dormía, tú me despertaste”. Todo ello se puede entrever en las emociones musicales de las obras que le dedicó. Así, en la Romanza del Concierto Op. 20 de Lalo se aprecia tanto lo francés de su autor como lo orquestal del original. En la reducción para piano y violín no se resta esa visión de gran conjunto musical. Los matices del piano acompañan con fuerza y amplitud al violín y dan a la romanza una dimensión diferente a la de un dúo. El pianista Luis del Valle supo interpretar la idea grupal de la pieza y respondió con adecuada energía. La parte del violín tiene una clara dirección musical hacia la interpretación virtuosa, pero ni se busca el exceso ni la contorsión circense. Los solos del violín inspiran vivencias y recuerdos potenciando lo que de evocación tiene la música.

Y es ese poder evocador, de referencias étnicas, el que escuchamos en la pieza del Sarasate compositor, Aires bohemios. El viaje que hizo por Hungría fue fructífero, entre otras cosas, porque allí conoció a Franz Liszt. No puedo dejar de imaginarme un encuentro entre ambos músicos. Con esa presencia física cuidada, coqueta, estudiado el peinado y el atuendo. Ambos inmensamente conocedores de la música en general y de la técnica en particular. ¿Imaginan un café en la sobremesa con ambos? delicioso ¿verdad? El aire de marcado carácter racial de la pieza viene dado por los acordes, por el estudio de las armonías y de las canciones gitanas que tanto impresionaron a Pablo Sarasate. Sus músicas, los sonidos, el címbalo, las voces y canciones zíngaras; todo se escucha con gran claridad.

La siguiente composición de Sarasate que sonó fue el arreglo que hizo del Nocturno de Chopin. Que la música para piano tiene una cualidad armónica y orquestal que facilita su percepción integral es sabido; ahora bien, conseguir lo mismo de un violín es algo destacable como compositor. La obra del polaco tiene acordes que parecen bailar sobre las teclas del piano y la Sarasate trascribe los rubatos pianísticos de tal modo que la melodía resulta cristalina. Con este adjetivo se definió el sonido de Sarasate no sólo por la transparencia interpretativa de sus pasajes virtuosos, sino por la cadencia que salía de las cuerdas y los dedos en arreglos como éste.

Por último, escuchamos la Fantasía sobre Don Juan,inspirada en la obra de Mozart, el Preludio para violín solo, y la Romanza andaluza. En las dos primeras disfrutamos de la primicia, ya queMaría Nagore aclaró que hasta el día del concierto/presentación no habían sido tocadas en un concierto público, aunque debieron ser interpretadas por el propio Sarasate. La Romanza andaluza dio cuenta de ese interés por España y lo español que siempre acompañó a Sarasate. Basada en las canciones de Isidoro Hernández, se muestran de forma evidente melodías y los tópicos exóticos que tanto gustaban en Europa. Y en manos del violín de Sarasate aún más.

Como era de esperar tuvimos el delicatesen que el festín musical merecía. Un bombón que endulzó aún más la velada musical: la canción interpretada por la mezzosoprano Magdalena Llamas, de vigorosa voz, que supo darle el aire de habanera a la obra que Sarasate regaló a la mujer de su gran amigo Lalo. Una pieza también (re)estrenada, que hacía las referencias sonoras del objeto femenino, el abanico, dando nombre a la obra, El abanico negro, y que aportó el toque vocal a un concierto del que gozamos, sin duda, todos los asistentes.

Conciertos como este deberían producirse más a menudo y, aunque hemos ganado mucho en el estudio de los nuestros, aún queda mucho camino por recorrer, quitándonos ese(os) complejo(s) del que no adolecen en otros países con sus compositores. Sarasate veía cómo sus giras en Londres, Paris, Berlín o de gira por los EE.UU eran acontecimientos musicales y sociales, congregando hasta seis mil personas enfebrecidas por su sonido, su técnica y su virtuosismo, a sus seguidores eran incondicionales. Sin embargo, aunque queda dicho y demostrado de qué manera adoraba España y lo español, no fue ni seguido ni reconocido aquí como se mereció.

Eloísa Zamorano Rodríguez

Fotografía: J. Whistler, Retrato de Pablo Sarasate.

Publicado en verano del 2014

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