Crítica
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Fiesta y lección venecianas

Galanteos en el Teatro de la Zarzuela

Galanteos en Venecia, Francisco Asenjo Barbieri con libreto de Luis Olona. Sonia de Munk, Fernando Latorre, José Antonio López, Juan Manuel Padrón, Cristina Faus […]. Orquesta de la Comunidad de Madrid, dir.: José Sanchís; Coro del Teatro de la Zarzuela, dir.: Antonio Fauró. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela de Madrid, dir. de escena: Paco Mir. Teatro de la Zarzuela, 21 de octubre de 2015.

Para el individuo culto occidental y con posibles, Venecia es un destino imprescindible. Allí encontrará legiones de turistas y no pocos viajeros. Unos, como el aceite, resbalan pesados y muy impermeables por las vías principales; otros, como agua salada que se salpica de los canales a las callejas, se pierden y sueñan con disolverse en los laberintos de la ciudad. Venecia –tierra, agua y luz–, como concepto, está por encima de todos. Como su emblemático León de San Marcos, vigilante estilita que preside y sobrevuela con indiferencia una gran plaza que suena cada vez más a Piazzolla y menos a barcarola. Venecia solo necesita flotar. Yo nunca pensé que los venecianos se preocuparan de otra cosa sino de permanecer a flote en sus guerras perdidas contra el mar, las hordas turísticas y la guerrilla viajera. Pero el último director del Teatro de la Zarzuela, Paolo Pinamonti, veneciano de pro, se esfuerza también por perpetuar y aumentar el nombre y la fama de su hermosa tierra anegada. Y las curiosas implicaciones que tal cosa ha tenido en estos otros lares, manchegos, interiores y secos, son dignas de consideración: gracias al enamoramiento que Pinamonti exhibe por su ciudad, en la temporada pasada pudimos ver La dogaresa, que no estuvo mal; y esta temporada se nos ha descubierto una nueva zarzuela grande de Barbieri. Se trata de Galanteos en Venecia que, si Barbieri y su denostado libretista Luis Olona los hubieran situado en Leganés –como El marqués de Caravaca–, todavía estarían mordiendo el polvo de los archivos a la espera de que un director pepinero viniera a resucitarlos.

Uno no diría, en principio, que la pasión veneciana pudiera ser argumento suficiente para poner en marcha la maquinaria y comprometer los presupuestos que supone subir a la escena de hoy una nueva zarzuela grande, cuando, además, títulos ya prudentemente probados al final de la temporada 2013-2014, como los de la “Trilogía de los fundadores” –Catalina de Gaztambide, El dominó azul de Arrieta y El diablo en el poder de Barbieri–, debieran estar en cola con cierta preferencia. Pero ahí nos sorprendió la formación y la necesaria intuición musical de Pinamonti, que acertó de pleno: suponemos que lo primero que le llamó la atención fue el argumento, pero inmediatamente vería detrás de esa excusa las posibilidades teatrales y musicales de una obra inédita que, en su día, fue recibida con división y tibieza. Un lince de entonces, como el editor francés afincado en Madrid, Casimiro Martín, que se acababa de ver en los tribunales con Barbieri por haberle birlado con total descaro (y no menos habilidad) Jugar con fuego, le escribió sobre la posibilidad de editar Galanteos en Venecia: “Estuve el sábado, después de haberle escrito a usted en el Teatro del Circo y he vuelto otra vez ayer lunes y he quedado convencido, después de esta segunda audición, de que no podría sacar partido de esta obra, y por consiguiente no sería ventajoso para mis intereses adquirir su propiedad”. Ahí terminó el recorrido de esta zarzuela, que solo se reanudó más de un siglo y medio después con esta inesperada apuesta de Pinamonti por recuperarla. Y hoy no le ha hecho falta a nadie ir dos veces al teatro para entender que la obra merece mucho la pena porque, a falta del respaldo de una tradición interpretativa inexistente, tiene los dos ingredientes que debe tener: sustancia dramática y buena música. Aunque de su sustancia dramática ha quedado poco en esta producción, con respecto a la bondad de la música hay un consenso unánime. Gran Barbieri, como siempre. Reflejo puro de la maestría que alcanzó en su primera madurez.

Grata sorpresa para el público más exigente del Teatro de La Zarzuela, estos Galanteos en Venecia con música de Barbieri se encontraron por obra de Pinamonti con el buen hacer teatral de Paco Mir. Aunque este vistió el telón de boca del teatro con un precioso cielo azul estrellado presidido por un León de San Marcos con su garra sobre el evangelio abierto, lo cierto es que el único texto que prevaleció en la representación fue la música de Barbieri, porque del libreto de Olona –bastante criticado en el estreno– quedó bien poco. Mir recurrió al socorrido artificio de insertar la obra en una fingida producción cinematográfica moderna y así poder cortar y llevar el argumento con su propio ritmo con un Pepín Tre en su salsa –con cosas más suyas que de Mir– como protagonista del nivel teatral superpuesto al libro de Olona. El zarzuelón se hizo así divertido y liviano dentro de su extensa duración y, al respecto, solo nos cabe observar una cosa: los números musicales, en muchos casos, se embutían uno al lado del otro y eso, que es una tendencia muy habitual en las producciones modernas de zarzuelas grandes, deja la música sin la respiración necesaria, sin la cadencia con la que fue creada y dispuesta dentro del argumento original. Por lo demás, el montaje teatral fue todo un acierto y la escenografía, pese a que echamos un poco en falta la luz veneciana, supo captar la atmósfera del amanecer en los canales en una mañana brumosa y los tópicos más representativos de la ciudad.

Por lo que respecta a la interpretación musical, destacó el coro y, entre los solistas, en un papel nada fácil, Sonia de Munck como Laura. Del resto se hubiera agradecido algo de despliegue en las cadencias, por ejemplo en la “Canción de la borrachera” de Pablo (Juan Manuel Padrón) donde una buena cadencia hubiera dado un juego muy gracioso a su ebrio desplome. El miércoles 21 debutó como director en el foso de La Zarzuela José Sanchís y eso se notó desde el primer número cuando el coro encontró problemas para plegarse al tempo de una tarantela que tiraba hacia abajo. Y así siguió la cosa: con falta del punto de levedad y gracia necesario en una música que no puede ser pesante. Faltó también, si acaso, una caracterización más neta de los números italianos y los españoles que, según los estudiosos de Galanteos en Venecia es una de las señas de identidad de la obra, pero quizá en este Barbieri de los primeros años 50 esa diferencia entre un estilo y otro aún no estaba suficientemente definida, ni supo aprovecharla en el número de la ronda simultánea del don Juan español y el italiano conde Grimani, que se quedó sobre la partitura en poco más que un confuso quodlibet.

En fin, Pinamonti se dio con esta obra un gran homenaje veneciano y dio una buena lección de hasta qué punto un gestor bien preparado, al margen de su nacionalidad, puede tener un papel determinante en la recuperación de valores positivos de nuestro patrimonio musical. Con esto y con el anhelado estreno escénico del Juan José de Pablo Sorozábal que tendrá lugar el 5 de febrero, Pinamonti ha terminado en punta su segundo paso por La Zarzuela. Gloria al dux y suerte en su nueva empresa como director del San Carlo de Nápoles donde no dejará de llevar los rayos de su luz veneciana y el ingenio práctico de hombre del norte que tanto se agradece en el sur.

 

Javier Suárez Pajares

Publicado en octubre 2015″ id=”mes” border=”none”/>

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